Qué Culpa Tiene el Niño es una terrible película y nadie está hablando de cómo normaliza la cultura de la violación.

Holi a todos. Escribo esto asqueada, triste, enfadada. Con la esperanza de que algún día el mundo deje de ser así de horrible. Gracias por leerme, no se olviden de comentar 😪💔


Por Linette Cozaya Otto

Qué Culpa Tiene el Niño es una terrible película y nadie está hablando de cómo normaliza la cultura de la violación. Ya. Lo dije. De por sí todos tenemos clarísimo que no se puede esperar mucho del cine mexicano, simplemente no lo hacemos. Vamos a ver una película sabiendo que muy probablemente nos va a decepcionar. Pero ésta no nada más me ha decepcionado: también me hizo enfadar.

Para empezar tenemos a la talentosa Karla Souza como protagonista. La hemos visto en proyectos padrísimos como How To Get Away With Murder. No entiendo cómo caramba salta de buenos guiones a (léase con voz burlona y asqueada) “qué culpa tiene el niño”. ¿En qué momento se le ocurrió, siendo una persona que ha, valientemente, levantado la voz sobre el abuso del que fue víctima, aceptar un guion que trata un tema tan delicado como si fuera nada? Espero se hagan la misma pregunta al terminar de leer esto, y que no gasten su valioso tiempo dando regalías a ese filme.

La película empieza con una chica en una fiesta donde se pone lo que le sigue de borracha. Tan ebria está, que queda inconsciente en su habitación del hotel donde fue la celebración. INCONSCIENTE. Bueno, tomen nota de eso, vean cómo ya empezó terrible esta historia. Meses después, resulta que no le ha venido la regla (hahaha suena horrible decirlo así), se hace una prueba de embarazo y, por supuesto, sale positiva. Se pone a hacer cuentas y descubre que la fecha en que el feto fue concebido coincide con la noche aquella de la fiesta. Nuestro protagonista asume entonces, que, en su peda, tuvo relaciones sexuales con el chico con el que había bailado y coqueteado. Procede a buscarlo para informarle que será padre porque, obviamente, en esta sociedad mexicana súper mocha, sería impensable que la chica decidiera simplemente abortarlo. (Ustedes no saben, pero escribo esto como si lo estuviera gritando, del enfado que traigo atorado desde que la vi.) Encuentra al tipo, le informa, descubre que el tipo es un bueno para nada, que no hace nada con su vida y que además, le parece desagradable su sola existencia. Aun así, se casará con él porque #PELÍCULA y comienzan una absurda, forzada y totalmente irreal historia de amor: “oh, queremos que nuestro bebé se sienta esperado y amado, finjamos que somos una pareja feliz y grabemos tonterías para mostrárselas cuando sea mayor”, dijo NADIE, NUNCA. Bueno, los personajes ultra mensos de este triste guion.

Total que obvio se enamoran y se súper aman para el tercer acto, después de chistes nefastos y la peor boda de la vida. Tienen al bebé y (además racistas…) descubren que es del asiático y no del tipo con el que ya se había casado. Entonces, dejemos de lado el hecho de que NO LA DEJARON ABORTAR, y también el de que LA OBLIGARON A CASARSE CON UN TIPO AL QUE NI CONOCÍA. Oh no. Desde el principio pecaron de imbéciles los escritores: LA CHICA FUE VIOLADA. ¡Coño! VIOLADA. Estaba inconsciente de tanto alcohol que había ingerido, el idiota ese entró en su habitación, LA VIOLÓ, sin protección además, y se largó para siempre. SIN CONSECUENCIA ALGUNA. Y no importa si el papá sí hubiera sido el morrito con el que se terminó casando, lo que importa es que no hubo consentimiento. ¿Y saben si a la película le importa hablar de eso? ¡NO! Porque está tan normalizado que a cualquier chica la utilicen cuando no puede ni mantenerse en pie. No saben la furia que sentí, y estoy sintiendo al escribir esto, la furia que tengo al ver que NADIE, NUNCA, ha hablado este tema. El asco hacia nuestra sociedad, que es incapaz de algo tan simple como RESPETAR al prójimo. ¿Cómo es posible que nadie lo note? ¿Cómo es posible que le dieran luz verde a un proyecto así? ¿Qué sea la tercera cinta mexicana más taquillera? De todo lo que está mal con esta porquería de película, me enoja que no sea un tema, de tan normalizado que es. ¿Cuántas niñas no son violadas de la misma forma? ¿Cuántos chicos? ¿Cuándo vamos a entender lo que significa consentimiento? SI UNA PERSONA ESTÁ INCONSIENTE, NO HAY CONSENTIMIENTO, FIN. No lo hay. Y no debe uno intentar absolutamente nada con esa persona.

Así que no. No vean esa película. Es tonta, es horrible y es completa y tristemente apegada a la asquerosa realidad en la que vivimos. Espero que algún día aprendamos, entendamos y sepamos diferenciar lo que sí es consentimiento de lo que no. Ya luego hablaremos sobre el aborto y las bodas obligadas, por ahora, aprendamos a respetar, aprendamos que si no hay un “no quiero”, no significa “sí”. Les dejo a continuación una imagen que lo explica clarísimo, para que no quepa duda y no sigamos teniendo gente despreciable como el violador de “qué culpa tiene el niño”. Ugh.

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Seguiré llorando del enfado en mi habitación. Gracias por leerme.

xx linette

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Él

¡Holi a todos! Traigo un nuevo cuento: una historia de amor, porque #febrero. Espero les guste, lo compartan y comenten mucho ☺️ ¡gracias por leerme! 🙊💙✨

Él

Por Linette Cozaya Otto

Me gustaba verlo sonreír. Su sonrisa era especial porque estaba chueca, como si un hilo la jalara más de un lado que del otro. Además, un hoyuelo aparecía cuando lo hacía, pero sólo uno: del lado izquierdo. Y si se reía, abría la boca como si fuera a dejar caer la quijada, echando la cabeza para atrás. Reía con ganas, reía feliz. Al cantar se esforzaba, aunque tenía una linda voz, para poder llegar a notas difíciles, sin dejar de jugar a que daba un concierto. Las ventanas abajo, el viento jugando con nuestro cabello, la música a tope y nosotros cantando. Fueron los mejores días de mi vida.

La vida su lado era fantástica al principio: escucharlo hablar de lo que le apasionaba era el cielo. Podíamos pasar horas escuchando álbum por álbum de sus bandas preferidas y me contaba detalles que no entiendo dónde se guardaba: cómo se había formado la banda, cómo habían hecho ese álbum, si tal o cuál canción había sido dedicada o escrita específicamente para algo o alguien. Nunca dejaré de admirar la gran memoria que tenía. Si no estábamos en eso, nos encantaba jugar videojuegos, representaban: horas y horas de nervios y asombro. Mirarlo de reojo mientras peleaba, era un deleite, ¡se concentraba tanto! También nos gustaba salir a comer. Íbamos por la vida buscando las mejores malteadas, la mejor cerveza y la mejor hamburguesa. Aunque tenía sus preferidas, y las visitábamos cada que podíamos.

No sé en qué momento dejó de ser el hombre fantástico que amaba y admiraba. Un día, de la nada, empezaron las peleas. Peleas que subían cada vez más de tono, que me dejaban con la sensación de ser el peor ser humano del mundo. De ser una pareja feliz, pasamos a ser una pareja que nada más fingía: en cualquier evento social, se comportaba como el caballero del que me había enamorado, fuera del evento, volvíamos a que me odiara por no cooperar, por no ser lo que él quería, por no poder tener el tiempo del mundo y por no haber salido con él antes en nuestras vidas. Absolutamente todo era problema, si no había problema, se lo inventaba. Había veces que no quería contestar a sus mensajes de la ansiedad que me provocaba. Me amenazaba entonces porque, ¿dónde iba yo a conseguir a alguien que me quisiera como él lo hacía? Debía estar agradecido por tenerlo, por verlo cada vez menos y que hiciera espacio en su apretada agenda para vernos. Debía cumplirle cada capricho porque él hacía todo por nosotros. Nunca supe a qué se refería con “todo”. Me dolían sus palabras, me dolían sus mentiras.

¿En qué momento dejó de quererme? ¿Qué fue lo que hice mal? Uno da todo de sí: tiempo, amor, confianza… Y termina pisoteado, con el corazón en la mano y planes rotos. Solíamos ser de las parejas felices en redes sociales y la vida real. Ya no éramos felices en ninguna. Si lo etiquetaba en algo, en alguna red social, jamás me contestaba, era más fácil imaginarme que lo había visto cuando compartía contenidos aún sin contestarme. De hablar todo el día, pasamos a cinco mensajes: los “ya salí” y “ya llegué”, los “te amo”, “te extraño”, que ya tampoco contestaba, y los “¿te voy a ver mañana… o algún día?” que enviaba cuando me armaba de mucho, muchísimo valor. Todo para recibir un “sí”, sin hora, lugar, ni plan. A veces me animaba a pedir esa información: resultaba en pelea. Cuando no lo hacía, ¿qué pasaba? Pelea también. No había forma de ganar con él.

El momento del fin fue inesperado, jamás pensé que sería la última vez. Quedamos de vernos en el café de siempre. Nos gustaba beber la mitad sentados y la otra mitad caminando en el parque que se encontraba justo enfrente. Llevábamos semanas peleando, sabía que algo no andaba bien. Aun así me arreglé para él: zapatos bonitos, cera en el cabello, suéter lindo y loción. Llegó tarde, una hora tarde, no hubo ni disculpa ni pretexto. Se sentó frente a mi sonriendo mientras preguntaba cómo estaba. Enfadado, por supuesto. ¿Le costaba mucho enviar un mensaje para avisar que venía retrasado? Al parecer sí. Y, como siempre, era culpa mía por no ser lo suficientemente comprensivo. Me tomó de la mano y pidió que pasáramos un buen rato. Honestamente no creo que a nadie en el mundo se le pase rápido un enojo de ese tamaño, así que dije que lo intentaría: mala respuesta. ¿Para qué quería verlo si íbamos a estar de mal humor? Supuse que tenía razón y entonces pregunté, con afán de charlar, cómo había ido su día y por qué había llegado tarde. Acto seguido, reclamaba de nuevo lo mal que manejo mis emociones. Estaba a punto de llorar, de rabia y tristeza. Perdí el piso en algún punto de la relación y creía todo lo que él decía. Entonces sí, estaba arruinando la cita.

Se levantó abruptamente y amenazó con irse. Mi corazón saltó como nunca antes. Rogué que no se fuera. Dejó que lo hiciera, preguntaba por qué debía quedarse, humillándome todavía más. Y, pendejo yo, le seguía contestando, le seguía implorando. Decidió que nada de lo que dijera lo haría quedarse ni un minuto más conmigo. Cogió su chaqueta y dijo adiós. No supe qué hacer. Me quedé ahí sentado mientras la gente a mi alrededor iba y venía. ¿Era un sueño acaso? Me sentí mareado. Después de un rato logré reunir la fuerza para levantarme y caminé a casa. Miré el teléfono en mi mano: cero mensajes, cero llamadas. ¿Qué estaba pasando? ¿Quería decir esto que jamás lo volvería a ver? Llegué a casa y me tiré en la cama. Encendí la televisión y lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté al otro día tenía, por fin, un mensaje suyo. Un mensaje como cuando nos escribíamos los buenos días: como si nada hubiera pasado el día anterior. No era la primera vez que pasaba esto. Contesté desconcertado si todo estaba bien. Y sí, según él, todo en orden. Esto no podía ser. Después de todo lo que había pasado, después de ayer, que me escribiera de esta forma, no estaba bien. Se lo dije, con miedo, con duda. Por supuesto yo estaba en un error y yo tenía que ofrecerle disculpas por el trato horrible que le había dado. No quise. No era justo. Compuse el mensaje más largo que he enviado en WhatsApp, tenía mucho que decir, desde lo que sentía que había estado mal, hasta lo mucho que lo amaba. Le deseé bonita vida, salud y felicidad, a él, a su familia amigos. Envié el mensaje y lo bloqueé. Jamás tendría de nuevo sus labios, su piel, sus abrazos, jamás sentiría sus dedos entre los míos, no jugaría ya con su cabello, ni robaría besos a su nariz, no cantaríamos ni viajaríamos, no veríamos todas las películas que existen, pero tampoco me sentiría usado, triste, ansioso y enfadado con cosas que no había hecho yo. Aprendí que nadie tiene por qué hacerme sentir mal, y que quien me ame, estará feliz y agradecido de estar conmigo. Quien me ame, lo va a decir con hechos, estará presente, estará feliz. Quien me ame no me dejará esperando, no me dejará llorando. Y mientras eso pasa, me dedicaré a reconstruirme, a buscar los pedazos de mí que me obligó a dejar tirados, a invitarme a mí mismo al cine y sacarme a bailar al ritmo de los muchos álbumes que descubrí con él.

xx linette

The Last Showdown

El siguiente es un texto que escribí hace cinco meses, espero no lo odien. No se olviden de comentar 😌💙✨


The Last Showdown

You are not fair. Not one bit. I am crying my eyes out since you left. Don’t you dare telling me you love me. Cause you don’t. I don’t believe a word you say. When you love someone, you take care of them, you hug them and kiss them and you tell them everything will be alright. When you love someone you try everything to be ok with that person, and if you see him/her trying, you try with them, you don’t leave!! When you love someone, you make the most of EVERY SECOND. If that someone is apologizing, you stay, you accept the apology and work it out, if that someone is begging you to stay, to hug them, to be there for them, YOU FUCKING DO, BECAUSE THAT’S WHAT LOVE IS ABOUT. About giving everything. About caring for each other. About working out every fight. About forgiving. About SHOWING YOU LOVE THEM. Not about leaving. Not about making the “loved one” cry. You don’t leave. You stay. You WORK IT OUT. Because if it really is love, you cherish every moment, if it really is love, you give everything, to be happy with that person, to see her/him smile. To feel him/her near to you, to feel her/his touch.

Tonight you broke my heart. Again. And I hate myself for letting you do this to me. And sometimes I wish I had closed that door, I wouldn’t be crying right now, I wouldn’t be hurting. I really think I don’t deserve to be treated this way. Yes, I was angry when you got here, yes, i told you about it. But I thought I was being mature by speaking out, by telling you what was bothering me. And I wasn’t? Am I a bitch for wanting to be with you ? For expecting you earlier because YOU said we were going to have dinner???? Am I a bitch for wanting a simple two second “let’s reschedule” text??!!!?!?!? Am I crazy for thinking that my time is equally important and that is rude to make someone wait?????????????????? AGAIN??!!!? Please, if someone thinks I’m being irrational, i beg, let me know, because as far as I know, making someone wait on you, just cause, is rude.

Anyway. I didn’t think you’d leave. I even hurt my arm trying to keep you here… ugh. Sorry for that. I’ll never ever do that to anyone, I just thought we could talk about it, or kiss and fix it… but you didn’t even touch me. Once again you proved me that I can’t make you want me, I can’t make you love me, I can’t make you want to stay, I can’t force anyone, for that matter. And I shouldn’t even try. But the saddest part here, is that you wanted to leave, that you don’t want me, you don’t want to hold me or be anywhere near me, and that any excuse will work for you. You don’t love me, and I can’t make you love me… I was so excited about today. I was happy about dinner with you… I was expecting it, with my heart full of joy and wishing lots of pictures and maybe a little bit of wine… I was wishing for laughs and kisses… and all I have now is swollen eyes, a broken heart, fucking cramps and my arm that hurts… I can’t stop crying. I can’t believe you left. You ever threaten me… Holy fuck….. I don’t know what to think about that…

You broke me. Yet again… Stupid me. Stupid, stupid, stupid me. But I tried. I tried to fix it. I tried to be ok and have a nice time, I offered an apology and I kissed you goodbye. I tried. Because I do love you, because I do care, about this, about you… I would never put you at the bottom of my list, and I would never leave if you asked me to stay… I’ve done everything I can to show you I’m here for you, that I care, that I love you to the moon and back… And all I get is… This. A non-relationship where I can’t even talk about the things I want nor the things that bother me… Because then I’m a bitch and I’m ungrateful… Right? And that’s not fair. I’ll stop crying, because this too shall pass, I’ll be ok, and you don’t deserve my tears. You left. I didn’t. I’m still here and I’m not afraid to say I love you… But I ain’t got no more tears for you. I’m done.

xx linette

Lena

¡Holi a todos! Antes que nada, necesito que sepan que con este cuento no pretendo promover nada, sólo necesitaba escribirlo. Es algo que he cargado por muchos años ya y que a veces aún siento que me persigue. No se olviden de comentar. Gracias por leerme 💙🌙💫


Lena

Por Linette Cozaya Otto

Era muy fácil engañarlos a todos, aparentemente nadie se daba cuenta de lo que pasaba en la vida de Lena. ¿El motivo? Se odiaba. Se detestaba y se daba asco. Mirarse en el espejo era la peor parte del día, aunque luego buscara desesperada su reflejo para revisar qué tan mal se veía, porque nunca se veía bien. ¿Cómo podía verse bien alguien con su peso? ¿Con toda esa grasa asquerosa encima? Vestirse también era complicado: siempre mangas largas, si no hallaba una blusa con esas condiciones estaba condenada a no sacarse el suéter en todo el día. No importaba mucho, casi siempre tenía frío, así que funcionaba. Jeans, por supuesto, se había rendido con las medias, eso de andarse por la vida con las piernas temblando como gelatina no era opción. No le gustaba amarrarse el cabello, se le vería la cara y eso la hacía sentir desprotegida. La mochila era siempre la misma y la elección de zapatos era fácil también: cómodos, para poder andar sin problema.

La acababan de cambiar de escuela. Una compañera del anterior colegio había informado a la prefecta lo que Lena hacía con el desayuno al llegar a clase. La prefecta había llamado a la madre y todo se había ido a la mierda. Ahora Lena tenía que comer frente a su madre y tenía prohibido utilizar el baño después de terminados los alimentos. ¡Qué putada! ¿Así cómo llegaría a su peso ideal? Era una vaca, una asquerosa vaca grande y fea. Y así la querían seguir manteniendo: como pinche vaca. Se rehusaba a ser esa vaca, así que comía lo menos posible, de todos modos le entraba poco. Era bastante cómodo que pasaba muchas horas en la escuela, cosa que facilitaba gastarse el dinero en cigarros y café. Lo difícil eran los fines de semana. Siempre juntos todos, siempre en reuniones familiares, siempre comiendo. Por más pendeja que se hiciera Lena, terminaba rebasando su límite de calorías. El horror.

Las consecuencias de pasar esa línea no eran bonitas, de hecho, eran hasta peligrosas: alguien podía cacharla. Lena esperaba a que todos en casa durmieran. No era difícil esperar ese momento, ya que en cuanto llegaba la noche, la invadía una ansiedad que le hacía temblar, sudar frío y lagrimar. Una vez que el silencio inundaba la casa, sacaba a sus filosas amigas, sus manchados pañuelos desechables y hacía llorar a su piel. Su lugar favorito y más cómodo era el brazo izquierdo, ya que Lena era diestra, pero era incómodo para cualquier cosa que requiriera sacarse las mangas, así que a veces optaba por el muslo, la cintura o la pierna. Bajaba su pantalón, seguido de su ropa interior y empujaba la navaja contra su piel hasta que se separaba un lado del otro y brotaba suavemente el líquido que nos corre a todos por el cuerpo. Tenía que acomodar el pañuelo estratégicamente debajo de donde caerían las gotas para no manchar sus sábanas. Castigar esa área era más sencillo cuando lo hacía levantada, así atoraba el pañuelo en la ropa interior y pantalón que no bajaba completos. Entonces cortaba más veces, repasaba para que se hicieran más profundas las tajaduras. Se sentía bien. La sangre, al bajar hasta el pañuelo era fría, el aire que le entraba en los cortes parecía acariciarlos, queriéndolos sanar.

¿Cuántas veces había hecho esto antes? Al principio no era tan sencillo: los cortes eran delgados, breves, tímidos; sanaban pronto y traían poca satisfacción. Mientras más penetraba las grietas que se hacía, más placer sentía, más perdonaba por haber tragado como hipopótamo, por haberse comportado como cerdo famélico. Conforme pasaban los días, crecían las cicatrices en tamaño y cantidad. A veces ni siquiera era necesario el pretexto de las calorías. Después de hallar el consuelo en su sangre, limpiaba las heridas con el mismo pañuelo húmedo, que luego dejaba como barrera entre su cuerpo y la ropa, escondía las navajas y podía dormir por fin. Era inexplicable el placer que le causaba despertar y tener que despegar el pañuelo ya seco que se aferraba a su piel. Reabría las llagas, escondía el pañuelo ensangrentado y se metía a bañar. Pasaban los días, se repetía la secuencia, a nadie le importaba.

La sensación de satisfacción duraba lo que duraban sus sueños. Una vez limpia, en su habitación, se sentía más sucia que nunca. Avergonzada, patética. No nada más era una bola gigante de grasa, también estaba llena de marcas. Por más meticulosa que fuera con la comida, siempre quería más. Si comía, se arrepentía y se obligaba a vomitar. El deleite de devolver lo comido nunca era suficiente, era más grande la repulsión por haber comido en primer lugar. ¿No tenía control acaso? ¿No era fuerte como las niñas magníficas que veía en todos lados? ¿Por qué Lena no había nacido bendecida con un cuerpo delgado y perfecto? Caminaba todo lo que podía caminar aunque le faltara el aire o se sintiera desmayar. Ejercitaba en su habitación, en silencio, buscando quemar las pocas calorías que ingería en el día. ¿Chocolate? Se compraba uno al día, lo guardaba en la mochila y lo cargaba todo el día hasta esconderlo en su cajón de tesoros. Cada chocolate guardado representaba todo un logro. La hacía sentir orgullosa ver cómo se iba llenando el cajón de comida que jamás se comería.

Tenía muy bien trabajado el asunto de la devolución de comida. Era bastante sencillo, de hecho, una vez que lo dominabas. Lo que más facilitaba a Lena el trabajo es que había aprendido a hacerlo en silencio. Podía entonces provocárselo en cualquier baño sin temor a que alguien preguntara si se encontraba bien. La preparación venía desde la ingesta: al comer debía beber cuánta agua pudiera. Mientras menos agua intercalara con sus alimentos, más rasparía su garganta. En cuclillas frente al inodoro, se olvidaba de todo el asco que pudiera provocar estar tan cerca del sitio donde otros mean y defecan: era más grande el asco que sentía por ella misma y por todo lo que traía en la barriga. Inhalar, meterse el dedo y sentir las contracciones en el estómago que comenzaba a mandar todo para arriba. Nunca encontró un método que no le ensuciara la mano utilizada, así que estaba acostumbrada a sentir el vómito tibio al salir. Quitaba la mano y lanzaba todo lo que traía la primera arcada. La clave era meterse el dedo de nuevo justo al final, para poder seguir sin que la tráquea bajara todo el esfuerzo logrado. Lena sabía identificar cuando no había más comida ya. Cogía papel para limpiarse la mano, la cara, las lágrimas. Era preciso bajar la palanca y esperar a que se llenara de agua para hacerlo una segunda o tercera vez, no podía dejar evidencia. Lavarse la cara y enjuagarse la boca para luego saborear una Halls de miel y poder volver a la vida como si nada hubiera pasado.

La manera de comer también ayudaba a vomitar fácilmente y controlar las cantidades. Lena tenía todo un sistema: además de tomar agua entre cada bocado, la comida tenía que ser partida y repartida en partes iguales. Si el plato constaba de tres cosas distintas (pollo, arroz y ensalada, por ejemplo), no podía terminarse una antes que otra. Lena cortaba todo lo que había en el plato y comía en orden: un bocado de pollo, una cucharadita de arroz, un poquito de ensalada. Así sucesivamente hasta dejar mínimo un cuarto del total. No debía haber tortilla, pan y, mucho menos, postre. El agua tenía que ser simple. Algunas niñas, en los blogs que leía, utilizaban Coca Zero o de dieta, a Lena le parecía que era una tontería y prefería beber café, sin azúcar, sin leche, por supuesto. Tenía una lista larga de comidas prohibidas, que incluía desde las papitas Sabritas hasta la pizza y los condimentos. Lo que más le daba asco en la vida, además de su cuerpo, era la mayonesa, al grado que le provocaba arcadas si le llegaba el olor.

Nadie te cuenta en ningún lado lo asqueroso que puede ser guardar secretos así. Nadie habla sobre el lanugo, sobre la amenorrea, sobre el olor ácido en la boca, sobre los dientes astillados. No vemos a las niñas bonitas de revistas, televisión, Tumblr e Instagram llorando todas las noches, odiando sus cuerpos, desgarrando su piel. ¿Por qué ellas eran perfectas y Lena no podía lograrlo? Cuidaba su piel, su cabello, sus uñas, sus calificaciones, pero no dejaba de ser un fracaso. No dejaba de ser una maldita vaca. ¿Cuánto tenía que dejar de comer para poder verse linda en un suéter holgado? ¿Para poder sentirse segura con el tamaño de sus brazos? ¿Para que sus piernas no rebotaran a cada paso? Cada día estaba más cansada. Cada día menos cerca de su meta, que se alejaba conforme ella avanzaba.

Su peso más bajo fueron los 45kg. Pa-té-ti-ca. Ni siquiera pudo llegar a los 42 que esperaba ese mes. Lena nunca se vio como quiso. Estaba tan obesa que sus esfuerzos no dieron frutos. Ningún “oye, has bajado de peso” ni “¿estás comiendo bien?”. Tampoco tuvo desmayos (salvo una vez que casi le pasa después de una presentación de porras, pero he ahí el detalle: casi). No estuvo jamás debajo de su peso, ni tan pálida ni frágil que parecía que se rompería. La ropa XS le quedaba bien, no aguada, como debería ser y la barriga no se le inflamaba por tan solo haber bebido agua. Nació siendo una vaca y murió siendo una vaca. Tan triste su situación que ni siquiera murió a causa de lo que ella misma se hacía. Una decepción total para todas las Ana y Mía. Lo único positivo fue que Lena quería morir y por fin lo consiguió. Su sueño había sido que le quedara grande el ataúd, y no lo logró. Tirada en el asfalto, con el conductor gritando escandalizado y la gente reuniéndose al rededor del accidente, derramó su última lágrima de odio a ella misma y dejó que sus heridas sangraran sin cesar. Pensó en el chocolate de ese día, que jamás llegaría a su cajón. Pensó en su mamá, que seguro no pararía de llorar. Nada había valido la pena. Nadie la podía salvar ya.

xx linette

El camino a la luna

Quería un cuento que no tuviera final feo. No se olviden de comentar. 🌙☄️💫✨
Sugerencia de lectura: escuchar Lunar Sea de Camel:


El Camino a la Luna

Por Linette Cozaya Otto

Fetia miraba las estrellas antes de irse a dormir. Su madre la dejaba admirarlas con la ventana abierta, siempre que no lloviera. Le gustaba que el cálido aire acariciara su cara y despeinara su castaño cabello. Tenía los ojos grises, grandes, brillantes, reflejaban toda la inocencia que una niña de cinco años puede tener. De piel suave y mejillas rosas, tenía el cuerpo menudo e inagotable energía. Apagaba la luz para encontrarse de frente con la luna, su habitación se sumía en una oscuridad interrumpida solamente por las estrellas fluorescentes que tenía pegadas en el techo. Hablaba con las estrellas, mandaba besos a la luna y se marchaba a dormir.

Vivía en un apartamento amplio, al que le entraba mucha luz de día y nada de noche. Tenían dos gatos traviesos con los que jugaba por las tardes: Inti y Lúa, el primero blanco con la nariz rosa, un ojo verde y uno azul; la segunda, negra con las patitas blancas, como si trajera botines. Fetia también hablaba con ellos, le contaban historias de todo tipo: dónde vivían las brujas, por qué no les agradaban los perros, el origen de la vida o de qué trataban las canciones de los grillos. La historia que más le gustaba escuchar era la del camino a la luna.

Para llegar a la luna, lo que una tenía que hacer era charlar con las estrellas, hacerse su amiga, contarles chistes y secretos. Una vez que consiguieras la amistad de ocho estrellas, podías pedirles que se alinearan para usarlas de escalera y, entonces, llegar a la luna. A Fetia le emocionaba mucho la idea, es por eso que cada noche se acercaba a ellas y les contaba sobre el camino de piedritas que había acomodado en la maceta del balcón para llevar a las hormigas a las migas de pan que les dejaba cada mañana; les contaba sobre el rincón en el armario de mamá donde se escondía para ver brillar el reloj que le había regalado abuelita Aurora; también sobre los amigos que hacía cuando jugaba en el parque, y de las veces que daba las sobras de comida a Inti y Lúa, sin que la viera mamá.

¿Cuánto tiempo era necesario para entablar una buena amistad con una estrella? No importaba, en realidad, lo hacía con gusto, no conocía a nadie más que tuviera amigas estrellas… No conocía a nadie más que hablara con ella. En el colegio, las niñas eran malas con Fetia, no la invitaban a jugar y le enseñaban la lengua; los niños, en cambio, la empujaban, le hacían caras y le cantaban “qué fea que es Fetia, qué fea que es Fetia”. No importaba, era feliz quedándose en el salón con Miss Lulú, la ayudaba a repartir los materiales que utilizarían al terminar el recreo y se sentaba a dibujar a sus amigas estrellas.

No había momento en el día que le gustara más a Fetia que la hora de ir a dormir. Su mamá cepillaba sus largos bucles mientras cantaban alguna canción de cuna y, por fin, la dejaba sola para que pudiera poner al tanto a sus estrellas de lo que había aprendido en la escuela. Cada vez las veía y sentía más cerca, la luna más grande, las estrellas más brillantes. ¿Sería que se acercaba el momento de visitar a la luna? Inti y Lúa venían a acurrucarse con ella. “Casi es hora, Fetia”, le decían, y su corazón se llenaba de luz y calor, electricidad corría por su cuerpo y saltaba a la cama para arrullarse con la luna mirándola desde su sitio.

Los viernes eran los días que hacían manualidades en el colegio. Cosas sencillas como pintar una cartulina o más elaboradas como adornos para la casa. Fetia pensó en hacer un regalo para sus amigas las estrellas, ese día trabajan con cartón y pinturas, una gran estrella con diamantina dorada sería un gran detalle para ellas. Trabajaba con ahínco en la hazaña pensada cuando alguien la tomó del cabello, que ese día alzaba en una coleta. En un segundo lo sintió liberado, puso la mano en la nuca, ya no estaba el gran moño que la había adornado. Al voltear, Sebastián, sonriendo victorioso agitaba el gran mechón de cabello en la mano. Gotas gordas rodaron por las mejillas de Fetia. Miss Lulú los llevó a ambos fuera del salón, llamaron a ambos padres y decidieron un castigo para Sebastián. El regalo a las estrellas se había arruinado con las lágrimas.

Estaba decidido, Fetia preguntaría a sus amigas estrellas si podía visitar ya a la luna. No quería mirarse al espejo, mamá había llorado al verla después de la escuela, seguro que se veía horrible. Quería irse a casa, tardaron en salir, tuvo que escuchar los muchos gritos de su madre a Miss Lulú. Después de jugar y leer cuentos, por fin era la hora de dormir. Dientes lavados, cabello cepillado (lo poco que quedaba), beso de mamá y persiana abierta: estaba lista. Inti y Lúa vinieron a acompañarla, saludaron a las estrellas y Fetia pidió que se alinearan para ella. ¡Lo hicieron! Su sonrisa era gigante, sus ojos brillaban más que nunca. Abrió la ventana, la noche era cálida. Extendió el presente que había hecho para ellas, las estrellas brillaron con más intensidad.

“Muchas gracias por el hermoso regalo que nos has traído”, dijo la estrella que más se acercó. Se acomodó debajo de la ventana para que Fetia pudiera salir y pararse sobre ella. Inti y Lúa la siguieron. Los tres en la estrella se elevaron. Veían cómo las casas se alejaban, cómo ondeaban las cortinas de la vecina de enfrente y a Sansón ladrándoles desde el jardín de doña Julia. El aire era tibio y acariciaba con amor las mejillas de Fetia. Llegaron a donde se encontraba la segunda estrella, “buenas noches”, saludaron todos. Agradecieron a la primera y pasaron a la siguiente. La segunda estrella era todavía más brillante, les habló sobre lo bello y cálido que era el sol y sobre los planetas que a veces visitaba, Saturno con sus anillos, bailaba como loco cuando iba a verlo, en cambio Plutón era frío y se la pasaba ofreciendo té calientísimo y disculpas por el clima.

La tercera estrella se llamaba Ti, le gustaba el olor del chocolate y el pan recién horneado. Confesó que era una espía secreta de los humanos: fan de mirarlos cuando más lo hacía, cuando se relajaban y se rascaban la nariz, dejaban inflar la barriga y se miraban en el espejo para hacer caras graciosas o tener conversaciones que con nadie más tenían. Los humanos eran algo extraño y fascinante para Ti, apuntaba todo en un diario y luego le contaba a sus amigas estrellas, que la escuchaban atentamente. Estrellina era la cuarta, ¡sí, como la famosa del cuento! Y el nombre le quedaba perfecto, era igual de intensa y traviesa. La diferencia es que Estrellina jamás se había extraviado, era muy apegada a su familia, rara vez se separaba de su hermana: la quinta estrella con ella conversaron sobre el horrible día que había tenido Fetia. Inti y Lúa estaban enfadados con el niño que le había hecho daño, pero sabían que Fetia era muy fuerte y que ese niño no merecía ocupar ni un segundo de rencor en sus corazones.

La sexta y séptima estrella venían tomadas de la mano. Eran estrellas fugaces: viajeras por excelencia, las hadas madrinas del cielo. Fetia les pidió sólo un deseo: que mamá y papá estuvieran bien y no se preocuparan por su ausencia. Ellas podían con cualquier deseo. La octava estrella, Fi, era la menos platicadora, así que Fetia se puso a cantar con ella hasta que subieron tan alto que la octava estrella los dejó justo encima de la luna, que esa noche era cuarto creciente.

Saludaron a la luna con una reverencia, ella batió sus pestañas y saludó insinuando una sonrisa. Su voz era profunda, sensual y suave a la vez. Era enorme, brillante, elegante, preciosa. Inti y Lúa no paraban de embarrarse contra ella y ronronear. Fetia no podía creer que la tuviera tan cerca, podría hablar con ella toda la noche. Hablaron sobre la escuela, Fetia era una excelente estudiante, sacaba diez en todas sus planas y dibujos. Sus maestras la querían mucho, la dejaban comer junto a ellas cuando las niñas de la clase le cerraban el círculo. Fetia le contó el vacío que sintió gracias al nuevo corte de cabello, cómo le había dolido como si hubiera sido un brazo o una pierna. Explicó cómo se había echado a perder el regalo que había hecho a las estrellas, que aún así ellas habían amado. Le dijo sobre su abuelita, que silbaba mientras cocinaba, sobre cómo reía su mamá y cómo roncaba su papá. Después de horas y horas de charla, se acomodaron en la luna como si fuera una cuna, y ella los meció hasta que se quedaron dormidos. Fetia se sentía por fin en casa.

xx linette

El escritor

Esto no tiene ni pies ni cabeza. Es un monólogo que me pidieron para clase de cuento, donde tenía que presentar al protagonista de la historia que escribiría. Se los dejo acá porque es un personaje que me cae bien. (Insertar meme de “qué agradable sujeto”.) ☺️📚✨


Soy un escritor, o al menos eso pretendo. Trabajo en una librería que se encuentra, literalmente, dos pisos debajo del mío, y cualquier espacio libre que encuentro en mi tiempo, lo uso para escribir. Vivo en un apartamento con mi gato, Gato. No estamos atrasados con la renta y nos acoplamos bastante bien, es un gato casero y encimoso.

Me gusta escuchar música, desde clásicos como Mozart, Bach, Paganini y Chopin hasta “los clásicos”, como Pink Floyd, Queen y The Beatles, además de darle siempre la bienvenida a todo lo nuevo que descubro. También disfruto del cine, desde el más comercial hasta el menos. Me encanta ir al cine, o sentarme en casa con café a descubrir directores, músicos, actores. Visitar galerías de arte, exposiciones, salir al teatro o ver un ballet, cada forma de arte es para mí una explosión de emociones y colores, de lágrimas y latidos acelerados, momentos de felicidad total que me hacen sentir que la humanidad no es tan mala como la pintan las noticias y redes sociales.

Pero lo que más me gusta es leer, invitar a personajes a viajar conmigo en el tren, a beber café conmigo, a sentarse en mi balcón, y conocerlos, lo más que se pueda, lo más que nos deje su creador. Me parece magnífico la idea de compartir historias, de crear vidas, con pasados, presentes y futuros, por eso escribo, aunque a veces no vaya a ningún lado, cada cuento, ensayo, intento de novela, guion, es un cacho de mí que voy dejando. Aunque nadie lo lea. Aunque a nadie le importe.

No tengo muchos amigos. Los pocos que tengo, son parecidos a mí, llenos de ansiedad social y compromisos consigo mismos para ver series en Netflix, así que nos vemos escasamente dos veces al año. Aun así sé que cuento con ellos, y ellos saben que es recíproco. Mi familia en cambio, es muy social, muy “unida”, diría mamá. Tienen la mala costumbre de reunirse por lo menos una vez al mes, siempre con el pretexto de algún cumpleaños: sacan el café, los chilaquiles y el pastel que le guste al festejado. Aquí debo hablar un poco sobre la obsesión que tenemos en la familia con el café: todos, absolutamente todos lo bebemos, y aparentemente lo necesitamos para poder iniciar nuestros días. Casi todos lo tomamos negro, “como debe ser, si no, no es café”, opina mi abuelita. En fin, a la familia sí la veo, y hasta paso un buen rato cuando lo hago.

Todos los martes y jueves doy una vuelta a la cuadra antes de abrir la librería. Me da la impresión de que despeja mi mente y me ayuda a relajarme, aunque me consta que debería ejercitar más. Lunes, miércoles y jueves salgo a pasear por la tarde, camino por horas y visito otras librerías a ver cómo andan. Hago esto sobre todo cuando tengo bloqueo mental, últimamente es muy seguido. Me intrigan el cielo y el mar, aunque sólo he escrito sobre el primero. No sé qué quiero lograr con lo que hago, con mi rutina o con lo que escribo y no publico. Pero sé que quiero estar tranquilo, en paz.

xx linette

Otoño

Empecé este cuento para un concurso, sin saber a dónde iba. Me encantó a dónde llegó. Espero que también a ustedes. No se olviden de comentar 💙🍂🍁


Otoño

Por Linette Cozaya

Sofía despertó sobresaltada. Se incorporó y bajó los pies de la cama, quedando frente al espejo que tenían para el tocador. Miró sobre su hombro: Tamara dormía tranquilamente, su largo cabello castaño se arremolinaba sobre la almohada, dibujando un mar turbulento. La amaba, profundamente. Se sentía feliz de la vida que llevaban y no quería que eso terminara. Pero sabía que había llegado el fin. En unas horas acompañaría a Tamara al aeropuerto, para verla, para besarla por última vez. Bajó por un vaso de agua y lo bebió mirando la ventana. Fuera, el viento soplaba suavemente. Las hojas anaranjadas y cafés danzaban, disfrutando su camino al suelo. Inhaló profundamente, dejó el vaso en la encimera de la cocina y corrió escaleras arriba. Su pareja se encontraba ahora panza abajo, con la cabeza volteada hacia la orilla de la cama, el poco sol que entraba le besaba la frente. Era la posición perfecta para acurrucarse a su lado y pasarle el brazo por la cintura.

Le encantaba despertar con el canto de Tamara. Tarareaba inconscientemente, mientras se duchaba, mientras leía, mientras lo que fuera. Se daba cuenta solamente cuando Sofía la miraba y escuchaba atenta, entonces se sonrojaba, sonreía, se escondía entre su cabello y proseguía lo que había pausado. Así despertó ese día, el último. Decidió quedarse en la cama para no interrumpir el canto de Tamara. Cuando ésta salió del baño sonriente, la apresuró para que se arreglara y buscaran algo para desayunar. – Andá, que es mi último día, Sof. – Como si necesitara mencionarlo. Se miró en el espejo del baño mientras se desvestía: pálida, pecosa, el cabello entre rojo, anaranjado y castaño claro, chino, tapaba su no muy pronunciado pecho; tenía ojos cafés, grandes, contrastaban con la pequeña nariz y boca, que además era de labios delgados, el de arriba más que el de abajo; era alta y delgada, con los dedos de manos y pies un poco chuecos, cosa que la avergonzaba, pero que Tamara adoraba.

Ambas se pusieron vestido, era una ocasión especial y el día prometía ser cálido. No solían arreglarse demasiado, a Tamara le gustaba llevar algún moño o diadema en el cabello; Sofía acostumbraba llevarlo suelto. No se maquillaban y no usaban tacones. Tamara prefería el rosa, Sofía el verde, y de ese color eran sus atuendos aquel día. Salieron y montaron sus bicicletas. – Te sigo. – Dijo Tamara, como cada mañana. Se pusieron en marcha. Sofía miraba para atrás cada dos o tres minutos, sentía que de esa forma la cuidaba. El viento soplaba, levantaba un poco el cabello y falda de la pareja. El sol se asomaba entre las hojas, dando un brillo especial a la piel bronceada de Tamara, a sus ojos verdes, a sus labios hinchados. Para Sofía, no había nada más lindo que la forma en que Tamara mordía su labio inferior cuando intentaba recordar cualquier cosa, y es justo lo que hacía también al andar en bicicleta.

Llegaron a su restaurante favorito, donde las saludaron meseros y el dueño. Nada más con verlas, sabían qué debían cocinar: para Tamara un huevo estrellado, volteado, con dos rebanadas de tocino, un plato de fruta, jugo, café y probablemente una dona de chocolate al final; para Sofía chilaquiles verdes con frijoles y aguacate, melón con granola y café. Era un lugar pequeño, quince mesas a lo mucho, dos meseros para las horas pico. Tenían una mesa preferida, por supuesto, la que estaba entrando a la derecha, en la parte de la terraza, justo donde estaba una pequeña fuente y florecía eternamente un rosal. Tamara adoraba las rosas, le gustaba hablarles, así que Sofía le dejaba siempre la silla que estaba justo al lado. Podían desayunar con calma, las maletas de Tamara estaban listas desde el día anterior. Disfrutaron cada bocado, no paraban de mirarse, rozar las manos y sonreírse. Siempre habían sido así de cursis, siempre igual de enamoradas. Cada que Sofía estaba a punto de llorar, Tamara tomaba su mano para besarla, acomodaba su cabello detrás de la oreja o besaba su nariz y decía: – No temas, Sof. Te amaré por siempre -. Ya lo sabía. Lo tenía más que claro. Pero por más que se lo dijera, por más que le constara que así sería, la invadía una nube gris, que le subía por los tobillos, le quitaba el aire como cuando te golpean en el estómago y la ahorcaba como si quisieran asfixiarla. Se iba el color del cielo, de las hojas, de las paredes rosa pastel del restaurante, y volvía al escuchar la voz de Tamara.

Al terminar el desayuno decidieron caminar por el parque, alimentar a los patos del lago y leer un rato en el prado. No había mucha gente en el parque, una joven pareja que caminaba como ellas: tomados de la mano; un par de viejitos que reía como en secreto y andaban abrazados; una madre deportiva que trotaba empujando una carriola. Habían encargado las bicicletas en el restaurante, ya que estaba a una cuadra del parque. El lago brillaba con el reflejo del sol. Los patos se acercaron en cuanto las vieron llegar, acostumbrados a la gente que los alimentaba. No tardaron en terminarse el pan que llevaban así que escogieron un sitio donde sentarse a leer. Como siempre, empezó el tarareo de Tamara, y fue cuando Sofía no pudo más. Su llanto fue silencioso al principio, una lágrima seguida de otra, cada vez más gordas, hasta que empezó a faltarle el aire y comenzó a sollozar. Tamara la escuchó por fin y se acercó a abrazarla. Sofía rompió en llanto, gimiendo, casi gritando. – No mides lo que me harás falta. -, repetía. Tamara acariciaba el cabello de Sofía, dejándola llorar, contestando con amor y paciencia lo que lograba entender en las balbuceos de Sofía.

Por fin se tranquilizó Sofía, tenía los ojos hinchados y la nariz de Rodolfo. Tamara la miraba preocupada. – No quiero dejarte así, Sof. Necesito que estés bien. – Llenó de besos las mejillas húmedas de Sofía. – Extrañaré cada una de tus pecas, y tus dedos. – Dijo tomando una de sus manos entre las suyas. Sofía sonrió. – Estoy bien. Estaré bien. Sólo… No me olvides. – Tamara besó la mano de Sofía que tenía entrelazada. – Jamás. – Ambas sonrieron. Tamara se acurrucó en los brazos de Sofía y reanudó el tarareo. El sol comenzaba a esconderse, cogieron sus cosas y fueron a buscar las bicicletas. No había nada más bonito que caminar de la mano de Tamara, darle una vuelta como si estuvieran bailando y admirar el vestido esponjado, el cabello volando, sus ojos cerrados. Al llegar a casa revisaron de nuevo la lista de cosas que Tamara debía llevarse, bajaron las maletas, eran tres y la bolsa que llevaría con ella en el avión. Ya en la camioneta pusieron su álbum favorito, que además era placer culposo por tratarse de Taylor Swift. Cantaron y rieron, Sofía no soltó la mano de Tamara en todo el trayecto.

El aeropuerto estaba como siempre: bullicioso, pero para Sofía no había ruido, ni gente, ni nada, más que Tamara. Avanzaron entre la gente, documentaron las maletas y buscaron un café para pasar los últimos momentos juntas. No se sentía real. Tamara sonreía, pero se veía en su mirar que no estaba feliz. Bebieron su último café hablando sobre los mejores momentos, los más graciosos y los más románticos, charlaron sobre sus primeras veces: su primero beso, la primera vez que hicieron el amor, la primera vez que durmieron toda una noche juntas, la primera vez que se cuidaron enfermas; cuando se mudaron juntas, cuando murió la abuelita de una. No había nada ni nadie en el mundo, más que ellas dos sentadas en ese café, hasta que una voz lejana, robótica, llamó al abordaje. De nuevo todo perdió color, de nuevo se ahogaba y algo dentro de Sofía gritaba y la rasgaba por dentro. Caminaron hasta la puerta donde se despedirían. No podían soltarse, se abrazaron tan fuerte como dos gotas de agua haciéndose una. Llamaron de nuevo, Tamara dejó ir a Sofía, le dio un último beso en la mejilla. – Te amo, por siempre y para siempre. – Murmuró. Y se fue. Sofía quería gritar, quería correr. No podía mover ni un solo músculo. La vio alejarse como había visto las hojas caer esa mañana, como si estuviera detrás de una ventana.

No supo cuánto tiempo pasó ahí parada, al salir del aeropuerto había anochecido ya. Condujo a casa sin música, casi estrellándose dos veces por no poder ver los semáforos a través de las lágrimas. Llegó en modo automático a su cama, donde se hizo bolita, abrazando sus piernas. Todo olía a Tamara, todo tenía a Tamara. Sofía la llamaba entre los sollozos, como si fuera a escucharla, como si fuera a volver. El mar de lágrimas parecía no tener fin. Sofía lloró y lloró hasta que se hizo agua, dejando la cama y el colchón empapados, escurriendo hacia la alfombra donde Tamara ponía los pies al levantarse de la cama. Llegando al baño, donde Tamara tarareaba cuando se arreglaba. Alcanzó las escaleras, avanzando con cada vez menos cuerpo. Llegó a la cocina, donde solían bailar a la luz del refrigerador, estaba hecha gotas. Y ahí, por fin cesó el llanto.

xx linette