El sueño

Holi a todos, Linette aquí, hoy les traigo un cuento que escribí el año pasado. ¡Espero les guste! 🙂


El sueño.

Por Linette Cozaya Otto

Estaba sentada en el balcón, el viento soplaba suavemente, frío, agitaba su cabello. Lágrimas rodaban por sus mejillas. Pronto comenzaría a llover. Otra vez no había comido, no porque no quisiera, no, había dejado esos días atrás; simplemente no entraba el alimento, su garganta y estómago se resistían. Tampoco sentía hambre, sólo un vacío enorme, desolador vacío. Sabía que se veía mal: pálida, despeinada, metida en la sudadera más grande y calientita que poseía, usando el pantalón a cuadros con el que dormía.

Todo había pasado muy rápido, no podía explicarse el por qué ni el cómo, por más vueltas que le daba, por más que repetía cada escena en su cabeza. ¿Era cierto que habían terminado? ¿Era cierto que no volvería a verlo, a sentir sus manos entre las suyas, a jugar con su cabello? ¿Por qué dolía tanto? A todos les ha pasado alguna vez, todos han tenido que vivir eso, trabajar, salir, vivir con el corazón roto… ¿Por qué resultaba tan difícil para ella entonces?

Habían tenido un romance de película: él la visitaba, le llevaba flores, salían, a comer, al cine, a cenar, reían, jugaban en el parque, se robaban besos y caminaban tomados de la mano. Todo mundo solía comentar “¿para cuándo la boda?”, “no se olviden de invitarme”, “¡se ven tan lindos juntos!”, y era cierto, se veían lindos juntos y pensaban que llegarían a eso, casarse, envejecer uno al lado del otro. No era posible ahora. Habían terminado, había terminado. No habría más besos, no habría más noches viendo películas, escuchando música, no habría más planes, ni viajes, no habría bailes, no habría sexo, no habría fotos, ni chistes locales, no habría tampoco discusiones. No habría nada ya.

Las pesadillas eran comunes, llevaba mucho sin dormir bien, una hora, quizá dos por noche. Llegaban en cuanto se quedaba dormida. Eran largas, dolorosas, despertaba llorando, algunas veces hasta gritaba un poco. Los días, entonces, eran largos y cansados, bebía más café que antes y aun así no podía mantenerse alerta. Soñaba todo el día, flotaba, nada se sentía real, ni el paso del tiempo, ni lo que tocaba, lo que veía, olía ni escuchaba. Era todo detrás de un velo, como niebla, que no la dejaba apreciarlo, que no la llenaba y que la hacía sentir más sola todavía. Cuando por fin se volvía real todo, era cuando llegaba a casa, cuando se le hacía un nudo en la garganta y se llenaban de lágrimas sus ojos. La mayoría de las veces se dejaba caer justo después de cerrar la puerta, y lloraba ahí por horas hasta que encontraba la fuerza para levantarse y dejar su bolso en la mesa del recibidor.

Esa tarde había ido al doctor, decidió que era necesario, no podía seguir así. El médico le mandó pastillas para dormir, “son muy fuertes, no tomes más de una, ¿de acuerdo?”. De acuerdo. Se sintió mejor, por lo menos no tendría pesadillas esa noche. Comenzó a llover, decidió que era hora de entrar a casa, beber el último café del día, leer, intentar dormir. Preparó su bebida, cogió el libro en turno, sus pastillas y fue a su habitación. Estaba lista para regresar a la vida de las Romanov y descubrir lo que les había ocurrido. Quizá esta vez sí podría concentrarse, quizá esta vez, sí podría dormir.

La luz entraba por debajo de las cortinas. Despertó en el sillón, ¿qué hacía ahí? Había tenido el sueño más extraño, pero por fin había dormido, así que el sueño era lo de menos. De nuevo el plan del día era hacer nada, podía llorar y ver películas, no tenía nada que hacer, nadie a quien ver. Se acomodó en el sillón y encendió la televisión, era lo mejor para intentar distraer su mente, para no volver a llorar. Al final resultaba inútil, terminaba viendo menos de media película y llorando todo lo demás. A veces se le escapan aullidos al llorar, otras solamente lágrimas silenciosas. El dolor no cesaba, ni por un segundo, odiaba estar sola.

Sonó el teléfono, ¿quién podría ser? Su teléfono se encontraba en la habitación principal, no podía tenerlo cerca, no le gustaba, no podía con la tentación de buscarlo en redes sociales, de querer escribirle, de llamarle. Era más fácil así, fingiendo que no tenía, olvidándolo en su dormitorio. Sonó de nuevo, ¿por qué tanta insistencia? Se levantó entonces, por lo menos revisaría quién estaba llamando. Abrió la puerta, encendió la luz y se detuvo en seco antes de entrar en la habitación, no podía creer lo que veía. ¿Estaba soñando de nuevo? ¿Era esto una broma? ¿De quién? ¿Cómo?

Al otro lado de la habitación, se encontraba ella misma en la cama. Se acercó para inspeccionar la escena y descubrió que, en efecto, era ella, quieta, no respirando, pacífica, en la cama. ¿Cómo había pasado esto? Recordó entonces el sueño de la noche anterior: había sido desesperante, horrible. No podía dormir, como siempre, le dolía todo, sentía que se ahogaba, el dolor en el estómago, en el pecho, la obligaba a seguir llorando. Tenía los ojos tan hinchados como cualquier otra noche de aquel horrible mes, pañuelos regados a su alrededor, nada nuevo. Todo dolía, respirar, recordar, moverse. No podía explicar el sentimiento del vacío que la llenaba, ni siquiera hacía sentido. Se sentía mal, y quería que parara. Temblaba. Jamás sería suficiente. Cogió las pastillas que le habían recetado. No había sido un sueño.

xx linette

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