No entiendes nada

Holi a todos, Linette aquí. Escribí un cuento ayer, acá se los dejo 🙂


No entiendes nada.

Por Linette Cozaya Otto

Cada mañana, al salir el sol, corro a despertarla, es arduo trabajo, pero con unos cuantos besos logro hacer que salga de la cama. La espero mientras me arreglo para salir con ella, le gusta que nos veamos presentables, me repite siempre lo guapo que soy. Cuando por fin se alista, coge las llaves y vamos fuera. Nos encanta saludar a todos, somos amables y sonreímos cuando cruzamos camino con los vecinos. Corremos un rato en el parque que está cerca de casa, soy mucho más rápido que ella, pero la espero para no perderla de vista. Luego volvemos y me siento a su lado mientras desayuna, mientras trabaja. Más tarde, damos otro paseo, conseguimos algo de comer y lo comemos en el apartamento. Tenemos una buena vida, me ama y la amo, nos conocemos hace muchos años y hacemos buen equipo.

Un día salió sin mí, por varias horas, no suele hacer eso. No me preocupé porque sabía que estaría pensando en mí, donde quiera que estuviera. Cuando por fin volvió me abrazó muy fuerte, me dijo, llorando, lo mucho que me había extrañado. No me gustaba verla llorar, así que la llené de besos para que no dudara en que yo también la había echado de menos. Desde ese día nada fue lo mismo: al ir a despertarla, no importa los besos que le diera, me abrazaba y me pedía que me quedara ahí con ella, así que el horario para salir se recorría. Jugaba con mis chinos mientras veíamos cómo entraba cada vez más la luz del sol a través de la persiana y dibujaba con colores más brillantes las fotos, las flores que tenía en el buró, las torres de libros y su bello rostro. No tenía yo ningún problema con esta nueva rutina, lo único que quería, era estar a su lado.

Dejamos de correr, ahora hacíamos caminatas largas, y no conseguíamos comida fuera tampoco, la traían desconocidos. Aunque sus pedidos se veían y olían delicioso, nunca se terminaba lo que había ordenado, lo dejaba a la mitad y nos íbamos a acostar temprano. Le había dado por ponerse mucha ropa encima, calcetines, sudadera y pantalón para meterse en la cama y encender el televisor. Solíamos tener visitas muy seguido, últimamente, nadie venía ya, hasta que una mañana sonó el timbre: era su madre. La adoraba, era una persona encantadora, se nota que de ahí sacó la sonrisa, el cabello negro y los ojos brillantes. Después de saludar, me retiré a acostarme para darles privacidad, podía escuchar sus risas y charla animada, que comenzaban a arrullarme: su voz cuando tenía visitas, era la más dulce. Dormité un poco pero desperté al escuchar que lloraban en la sala, corrí a ver qué es lo que estaba ocurriendo, ¿ambas llorando? Intenté distraerlas, traje su libro favorito, quizá eso las haría sentir mejor. Lo agradecieron pero no pararon el torrente de lágrimas que habían dejando correr. Oficialmente, estaba preocupado.

No logré hacerlas sonreír, tenían los ojos hinchados y usaron muchos pañuelos. Después de mil abrazos, se marchó su madre y pude quedarme solo con ella, sabía que me tocaba una noche de consolarla. Me encantaba cuando me decía “no entiendes nada” y sonreía para luego besarme, tenía razón esta vez, no entendía nada, pero quería estar para ella, era lo más importante en mi vida. Pasaron muchos días, en los que cada vez salíamos menos, en los que cada vez pasábamos más tiempo acurrucados en su cama. Algunos vecinos comentaban que se veía pálida, que había bajado de peso, para mí, se seguía viendo espectacular, se lo hacía saber al mirarla fijamente para luego besar su nariz, eso nunca fallaba en hacerla sonreír. Era medio día cuando pasó lo que más temía en la vida. Nos preparamos para salir y bajamos las escaleras. Se derrumbó sin previo aviso, la vi caer lentamente ante mí, ojos cerrados, el cabello enmarcando su cara, la cabeza rebotó en el suelo. Me quedé congelado, había gente corriendo, gritando a mi alrededor. Mi corazón latía tan fuerte que no me dejaba escuchar lo que pasaba, todo era confuso y borroso. Llegaron señores vestidos de azul y la acomodaron en una camilla, abrió los ojos, me miró, gritó mi nombre, extendiendo la mano. Esa fue la última vez que la vi.

Me quedé sentado en el recibidor del edificio, no tenía a dónde ir, no sabía a dónde se la habían llevado. Me dolía todo, quería encontrarla, quería estar con ella. El portero me repetía a cada rato que todo estaría bien y que no tenía que preocuparme. Pasaron horas, que sentí eternas hasta que llegó su madre. Corrí a saludarla, seguro ella sabía a dónde se la habían llevado. Se veía terrible, tenía la cara hinchada y roja. En cuanto me miró, se soltó a llorar, el portero tuvo que acercarle una silla. Cuando recuperó un poco de compostura, dijo entre lágrimas y suspiros que ahora iría a vivir con ella, que seríamos compañeros y que juntos nos ayudaríamos en estos tiempos difíciles. Besé su mano y me pegué lo más que pude a ella. “No entiendes nada”, me dijo, ambos sonreímos sin dejar de llorar.

xx linette

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