Perdida.

Un cuento más. No lo odien, sí comenten. Gracias por leer 💙


Perdida

Por Linette Cozaya Otto

No sé cómo empezar esto. Pensé que los muertos no hablaban. Yo sí hablo. Y bueno, ¡quién iba a pensar en un muerto escribiendo! Pero heme aquí, lista para contar lo que pasó, aunque nadie en el mundo lo lea. Tengo, bueno, tenía doce años cuando empezó todo. Era una niña feliz: tenía muchas amigas en el cole, con las que salía al cine, a la plaza y a pijamadas. Era parte del equipo de volibol y del grupo de coro. Me gustaba la escuela: tenía mucho sol y plantas, risas y juegos. El uniforme era lindo: una falda verde que repetíamos tres veces a la semana, con medias azules, zapatos negros, una playera blanca súper casual y suéter azul oscuro. Los dos días restantes usábamos pants azul marino con la misma playera.

Solía ser bonita, o así me consideraba yo. Tenía pálida piel con lunares, facciones finas, cabello oscuro y abundante, ojos grandes, dientes también, que a veces amaba y a veces odiaba: podía ser una conejita bonita e interesante o una ñoña y fea. Me gustaba peinarme de mil formas distintas, a veces me hacía coletas, luego lo llevaba suelto; el peinado preferido era trenzado. Sí, solía ser bonita. Ahora soy una piltrafa. Mi piel se cae a pedazos, mi cabello está seco. Me desmorono y lo odio. Estoy sola en un sitio tan frío como me figuro que es la Antártida. Escucho y siento roedores y gusanos y no puedo hacer nada para sacármelos. Seguro se preguntan cómo he llegado aquí. Se lo preguntarán aun cuando termine de contar la historia.

Todo comenzó con mi tío. Sí, leyeron bien. Mi tío. Era un hombre alto, guapo, gracioso y divertido. No había persona que no lo adorara. Cuando llegaba a visitarnos, me lanzaba a sus brazos para que me diera vueltas hasta casi vomitar. Vivía fuera de la ciudad, sus visitas eran de varios días, en los que nos desvelábamos todos jugando dominó y póker. Lo consideraba mi mejor amigo, le contaba mis sueños y pesadillas, mis juegos favoritos y lo que quería ser de grande. Él era lindo conmigo, me escuchaba con atención. Siempre fue tan cariñoso que no supe en qué momento dejó de ser el cariño de un tío. ¿Y cuál es el cariño de un tío? No lo sé, no sé ni entiendo nada ya.

Lo corrieron de su trabajo, cuando yo tenía, como les platicaba, doce. Vino a la ciudad y mamá le dijo que se hospedara en casa el tiempo que necesitara. Estábamos todos muy felices, imagínense, tener a un mejor amigo como roomie, nada más mágico que eso. ¿Verdad? Pues no. La primera vez que sentí que algo no andaba bien fue extraña y fugaz. Me alistaba para ir al colegio, era día de falda. Cogí una rebanada de pan y me paré al lado de mi tío, que estaba sentado a la mesa bebiendo café y mirando cosas en el móvil. O eso pensé yo. Me miraba a mí. E hizo más que mirar: puso la mano en mi pierna y la subió hasta rozar mi ropa interior. No dejó de sonreír mientras me deseaba un buen día en la escuela. Estaba congelada, confundida. ¿Por qué sonreía de esa forma si sabía que eso no estaba bien? ¿Papá no veía lo que estaba pasando? Y si lo veía, ¿no me iría peor a mí? Mamá gritó desde la puerta que era hora de irnos y salí volando como corredor que escucha el disparo. No miré atrás e intenté no pensar más en lo que había sucedido. Ese día no comí. No estaba segura de lo que había pasado, si había sido bueno o malo. Si yo había sido buena o mala. No llegué a ninguna conclusión.

Llegar a casa iba a ser difícil: quería que mamá o papá estuvieran presentes. Sabía que las probabilidades de que eso pasara eran pocas. Me quedé charlando un rato más con mis amigas después del entrenamiento, quizá si tardaba, llegarían antes que yo a casa. Y no. Sonó mi teléfono. Que si ya había salido de clase, mi tío podía darme un aventón. Había ido a una entrevista cerca del cole y el acomodo de tiempos no podía haber sido más perfecto. Según él. Descubrí que estaba nerviosa, así que intenté calmarme pensando que había sido un malentendido. Él estaba como si nada, y así nos fuimos todo el rato: como antes, como si lo de en la mañana jamás hubiese pasado. En casa también estuvo normal, pasado un rato, me tranquilicé y fue como cualquier otro día: vimos pelis, comimos galletas y luego me fui a dormir.

Todo anduvo normal después de ese día. Me convencí de que había sido un error y que no volvería a pasar. No lo hablé con nadie, ni siquiera con él. Lo “normal” se fue al caño una semana después, cuando tocó mi espalda mientras leía en la sala. Se erizó mi piel y levanté la mirada bruscamente, para encontrarme con que se había puesto en cuclillas frente a mí, de manera que sus ojos quedaban al nivel de los míos. Preguntó si había besado a algún chico ya, me sonrojé y negué. ¿Cómo se atrevía a preguntarme esas cosas? Dijo que ya era edad para que habláramos de chicos y de las cosas que hacen. Quería levantarme y esconderme en mi habitación. Se rio echando la cabeza hacia atrás, se levantó y me dejó ahí. Como siempre, sin entender nada.

Pregunté a mis amigas, al otro día, si habían besado chicos ya. Algunas sí, otras no. Dijeron que no era la gran cosa y dejamos el tema de chicos a un lado. Esa tarde estuve muy distraída. Ahora que puedo analizarlo, me doy cuenta que fallé en notar cómo me miraba mi tío, cómo me seguía por la casa. Entró a mi habitación y se acostó a mi lado. No pude concentrarme más en el libro que tenía que terminar para el siguiente día. Tocó mi pierna, y como aquella mañana, intentó subir la mano. Lo detuve y pedí que se marchara. Sonrió y dijo que era sólo un juego, que me enseñaría cómo besar chicos para que no hiciera el ridículo. No quería y aun así me besó. Me tocó e hizo que lo tocara. Se fue después de un rato, recordándome que si decía una sola palabra, me iría terrible: papá sentiría asco de mí, mamá estaría tan decepcionada. No abrí la boca. Lloré en silencio hasta que me quedé dormida.

La siguiente tarde pasó por mí. Otra entrevista cerca. Ya no le creía. Me hizo cosas horribles. Estaba adolorida y triste. Me daba asco mi propia piel, y por más que apretara mis uñas contra ella, no podía arrancármela. Jamás había tardado tanto en un baño, no quería cerrar el grifo, no dejaba de estar sucia. Y era todo mi culpa, por ponerme falda para el cole, dijo mi tío. Yo lo había provocado con todas las sonrisas, por treparme en él y pedir que me cargara. El tiempo ya no pasaba. Dejé de entrenar. La comida ya no me importaba. Mi tío pasaba por mí justo después de clases y me hacía lo que quería. ¿Qué pensaría papá de todo esto? Seguro me desheredaba. Mi tío decía que me amaba, que era lo más importante en su vida y que entonces no podía dejarlo nunca. ¿Y qué pasaba si lo dejaba? Tenía miedo. Mamá y papá me odiarían por hacer tan infeliz al tío, y no quería que me odiaran.

Un día en clase decidí que ya no aceptaría más. Llevaba noches pensando que no quería seguir con esto. Pensé en lo mucho que me odiarían papá y mamá, pero no podía con el asco de mirarme al espejo antes de ir a dormir. Temblaban mis manos cuando mi tío pasó por mí. Le pedí en el carro que no me tocara más. Una bofetada fue la respuesta. ¿Cómo se me ocurría semejante tontería? ¿No sabía cómo me iría si mis padres se enteraban? La amenaza era clara: les diría en el segundo que yo no quisiera más estar con él. El camino a casa era sinuoso: justo después del último semáforo, pasábamos al lado de barrancas con frondosos árboles. Llegamos al último cruce, estaba en rojo. Bajé del auto y corrí.

Corrí como jamás lo había hecho. Me dolían las piernas y pensé que me explotarían del esfuerzo. No veía bien, las lágrimas nublaban el camino. Tropecé y caí. Sentí que fueron horas. Golpeándome aquí y allá, la rodilla, el antebrazo. Luego, el golpe mortal en la cabeza. Seguí rodando abajo, ya sin aire en los pulmones, sin pulso en la muñeca, ni señales en el cerebro. Y quedé escondida entre la naturaleza, disfrazada por el lodo y la sangre, la tierra y las lágrimas. No sé si mamá y papá me buscaron. No sé si alguna vez se enteraron. Los extraño y quiero volver a casa. Llegamos al principio: yo escribiendo esta historia para ustedes. ¿Aprendieron algo? Y si yo lo hice, ¿me sirve de algo? No hay nada ya que pueda hacer. Gracias por leerme. No sé tampoco cómo terminar.

xx linette

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