La Bestia

Cuento con muchos fragmentos de mi niñez 😌🍃 No se olviden de comentar 💙✨


La Bestia

Por Linette Cozaya Otto

Jugaba con mi hermana todo el tiempo. Éramos las mejores amigas. Tenía dos años menos que yo. Era bonita, de largo cabello lacio y negro, llena de lunares por aquí y por allá. De brazos frágiles, pero piernas fuertes. Era una niña feliz. Corría a lo largo de la cancha, el sitio donde solíamos jugar cuando nuestra abuelita nos cuidaba por las tardes, y por los pasillos enmarcados de árboles, que hacían del sitio un húmedo, frío y misterioso bosque. Nos trepábamos en las paredes inclinadas de piedra que separaban cada bloque de edificios y ella lloraba cuando le daba miedo bajar. A veces la molestaba, pero siempre la cuidaba.

Muchas batallas se libraron en esos sitios. Muchas aventuras, que luchamos también dentro del apartamento de abuelita. Mis primos también venían a jugar entre semana: otro par de hermanos, otros dos años de diferencia entre uno y otro. Carla y Bruno, ella, la mayor. Podría decirse que estábamos siempre juntos. Comíamos, hacíamos la tarea y jugábamos horas y horas. A veces dentro de casa, a veces fuera. Luego veíamos caricaturas mientras esperábamos que nuestros padres nos recogieran para ir a casa. Comprábamos a la señora que gritaba “¡el paaaaaaan duuuuuuuuuul-ceeeeeeee a peso!” y cenábamos con chocolate del que compraba abuelita y no era Chocomilk.

A veces nos dejaban solos, era divertido y terrorífico a la vez. Abuelita no podría llevarnos a todos a la tienda, era un desorden, así que nos encerraba y confiaba en que no destruiríamos la casa. Era cuando comenzaban los gritos: sin falta, en cuanto abuelita cerraba la puerta, se escuchaba a una persona gritar nuestros nombres. Tenía la voz de mi tía, la mamá de Carla y Bruno, y gritaba como si estuviera enfadada, primero uno, luego otro, y así hasta gritar los cuatro y volver a empezar. Nos daba tanto miedo que nos encerrábamos en la habitación de abuelita y nos subíamos a la cama. Si a alguno le daban ganas de hacer pipí, íbamos todos al baño, nos metíamos en la regadera los tres que no usaríamos la taza y así podía proceder el del problema.

Los gritos no eran lo único que nos espantaba. Del piso de arriba escuchábamos canicas caer, pasos de niños corriendo, que no sabíamos si eran niños, pero eso nos imaginábamos. Todo el día, todos los días. El departamento de donde provenían los sonidos, estaba deshabitado, así que un día decidimos visitarlo. Carla y yo éramos las más grandes, y, por lo tanto, las más valientes, así que entramos primero. Era un sitio húmedo y frío, descuidado, se notaba en las paredes la marca de muebles que habían permanecido por mucho tiempo en su lugar. Dibujaban una mesa, un sillón, un librero. Se escuchaba agua corriendo y música de esas de cajita musical, que puede servir para arrullarte o asustarte. Avanzamos hacia las habitaciones, en la primera encontramos una bolsa cerrada de canicas. En la segunda una caja musical abierta con una bailarina rota que ya no bailaba. El baño tenía la llave del lavabo abierta, así que la cerramos. Todo estaba sucio, desolado, triste. Cerramos el grifo, la cajita de música y pusimos las canicas de la primera habitación en una esquina.

Carla y yo salimos a avisar que no había nada, que podían entrar y ver por ellos mismos. Anna y Bruno no quisieron entrar solos, así que los acompañamos. Escalofríos me recorrieron al entrar, se escuchaba la cajita musical y el agua corriendo. Miré a Carla, estaba blanca y rígida, no dijo nada, pero entendí que estábamos pensando y sintiendo lo mismo. Avanzamos con nuestros hermanos, descubrimos en la primera habitación que las canicas se encontraban justo en medio de la pieza. En la segunda, la caja de música. En el baño el grifo abierto. Carla y yo gritamos y salimos corriendo, nuestros hermanos nos siguieron sin entender, pero probablemente más espantados que nosotras. Cuando recuperamos el aliento, explicamos lo sucedido y decidimos no volver ahí jamás.

Los fines de semana eran feos cuando no veíamos a nuestros primos, así que a veces los invitábamos a dormir. Jugábamos todo el día en la habitación que compartía con Anna y aun así no se acababa nuestra batería. Mamá se enfadaba y se paraba en el marco de la puerta con los brazos cruzados y nos vigilaba hasta que nos quedábamos dormidos aguantando la risa. Cuando nuestros primos no venían a pasar la noche, a Anna y a mí nos costaba trabajo conciliar el sueño. Teníamos un vecino que, estábamos seguras, no era humano, sino, una bestia come niños. Por las noches podíamos escuchar sus aullidos y rugidos, nos escondíamos bajo las cobijas y deseábamos que no nos llevara.

En el invierno las noches se hacían más largas, eternas. La bestia no paraba de aullar y moríamos de miedo al escuchar cómo rasgaba las paredes del edificio intentando subir a nuestra ventana. Anna se acurrucaba en mi cama y pedía que le contara historias para poder dormir. Una mañana, Anna no despertaba, por más que le insistía yo que jugaríamos a lo que ella quisiera, no importaba que fueran las Barbies yendo de día de campo otra vez. Papá entró a la habitación y pidió que llamara a mamá. Un rato después, papá se la llevó, dijo que irían al hospital. Mamá lloraba en el sillón, la tomé de la mano y lloré con ella. Había sido la bestia, estaba segura. Le expliqué a mamá mi teoría y me abrazó.

Mi mejor amiga no volvió y yo jamás perdoné a la bestia. Nada fue igual después. Ningún juego con Carla y Bruno era divertido ya. La cancha era muy corta, los pasillos con árboles muy normales. Ningún grito de tía enojada me asustaba, ni las canicas del piso de arriba. Me sentaba a la mesa a ver cómo cosía abuelita, o cómo hacía sus cuadros de repujado.

Me prometí buscarla y traerla de vuelta, pero no he sabido por dónde empezar. Busqué en pasillos oscuros y en los baños de la escuela, porque todos decían que ahí habitaba una niña fantasma, quizá ella sabía algo de la bestia. Algunas veces intenté volver al apartamento embrujado, pero siempre estaba cerrado. ¿Dónde más podía buscar? Mamá decía que la podíamos visitar en la iglesia, pero no creí que estuviera ahí, no la sentía y a ella tampoco le gustaba ese lugar.

Abuelita me llevaba a pasear cuando no venían Carla y Bruno. Caminábamos entre pasto recién cortado y árboles que hacen mucha sombra. Es el tipo de lugar que le gustaba a Anna. Le cantaba, esperando me escuchara, para que volviera, y abuelita silbaba para acompañarme. En la escuela no vi a la niña del baño, pero siempre preguntaba en voz alta si había visto a Anna, por si me estaba escuchando. Pasaron los días y me aplastaba el peso de su ausencia. ¿Por qué no quiso llevarme a mí la bestia? Mis muñecas estaban tristes, nadie las había cepillado, el juego de té y la comida, se empezaban a llenar de polvo. Me dolía el pecho y no tenía ganas de comer, no tenía ganas de jugar, de correr.

Una noche escuché de nuevo el rugido de la bestia: había despertado. Mi corazón latió más fuerte que nunca, guardé silencio, cerré los ojos y esperé. Cuando los abrí de nuevo, Anna estaba ahí, sonriéndome, me había estado esperando. Nos abrazamos y corrimos en el gran sitio en el que nos encontrábamos, era justo como a Anna le gustaba: verde, con muchos árboles, el cielo claro y las nubes gordas. Le conté todo lo que había pasado en su ausencia, le dije lo mucho que la había extrañado. Papá y mamá no estaban ahí, pero sí nuestros juguetes, nuestra habitación y la cocina, repleta de comida. Peluches y muñecas perfectamente peinados nos saludaron con sus sonrisas permanentes y los sentamos a todos a beber el té que Anna ya había preparado. No volví a llorar jamás.

xx linette

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