Otoño

Empecé este cuento para un concurso, sin saber a dónde iba. Me encantó a dónde llegó. Espero que también a ustedes. No se olviden de comentar 💙🍂🍁


Otoño

Por Linette Cozaya

Sofía despertó sobresaltada. Se incorporó y bajó los pies de la cama, quedando frente al espejo que tenían para el tocador. Miró sobre su hombro: Tamara dormía tranquilamente, su largo cabello castaño se arremolinaba sobre la almohada, dibujando un mar turbulento. La amaba, profundamente. Se sentía feliz de la vida que llevaban y no quería que eso terminara. Pero sabía que había llegado el fin. En unas horas acompañaría a Tamara al aeropuerto, para verla, para besarla por última vez. Bajó por un vaso de agua y lo bebió mirando la ventana. Fuera, el viento soplaba suavemente. Las hojas anaranjadas y cafés danzaban, disfrutando su camino al suelo. Inhaló profundamente, dejó el vaso en la encimera de la cocina y corrió escaleras arriba. Su pareja se encontraba ahora panza abajo, con la cabeza volteada hacia la orilla de la cama, el poco sol que entraba le besaba la frente. Era la posición perfecta para acurrucarse a su lado y pasarle el brazo por la cintura.

Le encantaba despertar con el canto de Tamara. Tarareaba inconscientemente, mientras se duchaba, mientras leía, mientras lo que fuera. Se daba cuenta solamente cuando Sofía la miraba y escuchaba atenta, entonces se sonrojaba, sonreía, se escondía entre su cabello y proseguía lo que había pausado. Así despertó ese día, el último. Decidió quedarse en la cama para no interrumpir el canto de Tamara. Cuando ésta salió del baño sonriente, la apresuró para que se arreglara y buscaran algo para desayunar. – Andá, que es mi último día, Sof. – Como si necesitara mencionarlo. Se miró en el espejo del baño mientras se desvestía: pálida, pecosa, el cabello entre rojo, anaranjado y castaño claro, chino, tapaba su no muy pronunciado pecho; tenía ojos cafés, grandes, contrastaban con la pequeña nariz y boca, que además era de labios delgados, el de arriba más que el de abajo; era alta y delgada, con los dedos de manos y pies un poco chuecos, cosa que la avergonzaba, pero que Tamara adoraba.

Ambas se pusieron vestido, era una ocasión especial y el día prometía ser cálido. No solían arreglarse demasiado, a Tamara le gustaba llevar algún moño o diadema en el cabello; Sofía acostumbraba llevarlo suelto. No se maquillaban y no usaban tacones. Tamara prefería el rosa, Sofía el verde, y de ese color eran sus atuendos aquel día. Salieron y montaron sus bicicletas. – Te sigo. – Dijo Tamara, como cada mañana. Se pusieron en marcha. Sofía miraba para atrás cada dos o tres minutos, sentía que de esa forma la cuidaba. El viento soplaba, levantaba un poco el cabello y falda de la pareja. El sol se asomaba entre las hojas, dando un brillo especial a la piel bronceada de Tamara, a sus ojos verdes, a sus labios hinchados. Para Sofía, no había nada más lindo que la forma en que Tamara mordía su labio inferior cuando intentaba recordar cualquier cosa, y es justo lo que hacía también al andar en bicicleta.

Llegaron a su restaurante favorito, donde las saludaron meseros y el dueño. Nada más con verlas, sabían qué debían cocinar: para Tamara un huevo estrellado, volteado, con dos rebanadas de tocino, un plato de fruta, jugo, café y probablemente una dona de chocolate al final; para Sofía chilaquiles verdes con frijoles y aguacate, melón con granola y café. Era un lugar pequeño, quince mesas a lo mucho, dos meseros para las horas pico. Tenían una mesa preferida, por supuesto, la que estaba entrando a la derecha, en la parte de la terraza, justo donde estaba una pequeña fuente y florecía eternamente un rosal. Tamara adoraba las rosas, le gustaba hablarles, así que Sofía le dejaba siempre la silla que estaba justo al lado. Podían desayunar con calma, las maletas de Tamara estaban listas desde el día anterior. Disfrutaron cada bocado, no paraban de mirarse, rozar las manos y sonreírse. Siempre habían sido así de cursis, siempre igual de enamoradas. Cada que Sofía estaba a punto de llorar, Tamara tomaba su mano para besarla, acomodaba su cabello detrás de la oreja o besaba su nariz y decía: – No temas, Sof. Te amaré por siempre -. Ya lo sabía. Lo tenía más que claro. Pero por más que se lo dijera, por más que le constara que así sería, la invadía una nube gris, que le subía por los tobillos, le quitaba el aire como cuando te golpean en el estómago y la ahorcaba como si quisieran asfixiarla. Se iba el color del cielo, de las hojas, de las paredes rosa pastel del restaurante, y volvía al escuchar la voz de Tamara.

Al terminar el desayuno decidieron caminar por el parque, alimentar a los patos del lago y leer un rato en el prado. No había mucha gente en el parque, una joven pareja que caminaba como ellas: tomados de la mano; un par de viejitos que reía como en secreto y andaban abrazados; una madre deportiva que trotaba empujando una carriola. Habían encargado las bicicletas en el restaurante, ya que estaba a una cuadra del parque. El lago brillaba con el reflejo del sol. Los patos se acercaron en cuanto las vieron llegar, acostumbrados a la gente que los alimentaba. No tardaron en terminarse el pan que llevaban así que escogieron un sitio donde sentarse a leer. Como siempre, empezó el tarareo de Tamara, y fue cuando Sofía no pudo más. Su llanto fue silencioso al principio, una lágrima seguida de otra, cada vez más gordas, hasta que empezó a faltarle el aire y comenzó a sollozar. Tamara la escuchó por fin y se acercó a abrazarla. Sofía rompió en llanto, gimiendo, casi gritando. – No mides lo que me harás falta. -, repetía. Tamara acariciaba el cabello de Sofía, dejándola llorar, contestando con amor y paciencia lo que lograba entender en las balbuceos de Sofía.

Por fin se tranquilizó Sofía, tenía los ojos hinchados y la nariz de Rodolfo. Tamara la miraba preocupada. – No quiero dejarte así, Sof. Necesito que estés bien. – Llenó de besos las mejillas húmedas de Sofía. – Extrañaré cada una de tus pecas, y tus dedos. – Dijo tomando una de sus manos entre las suyas. Sofía sonrió. – Estoy bien. Estaré bien. Sólo… No me olvides. – Tamara besó la mano de Sofía que tenía entrelazada. – Jamás. – Ambas sonrieron. Tamara se acurrucó en los brazos de Sofía y reanudó el tarareo. El sol comenzaba a esconderse, cogieron sus cosas y fueron a buscar las bicicletas. No había nada más bonito que caminar de la mano de Tamara, darle una vuelta como si estuvieran bailando y admirar el vestido esponjado, el cabello volando, sus ojos cerrados. Al llegar a casa revisaron de nuevo la lista de cosas que Tamara debía llevarse, bajaron las maletas, eran tres y la bolsa que llevaría con ella en el avión. Ya en la camioneta pusieron su álbum favorito, que además era placer culposo por tratarse de Taylor Swift. Cantaron y rieron, Sofía no soltó la mano de Tamara en todo el trayecto.

El aeropuerto estaba como siempre: bullicioso, pero para Sofía no había ruido, ni gente, ni nada, más que Tamara. Avanzaron entre la gente, documentaron las maletas y buscaron un café para pasar los últimos momentos juntas. No se sentía real. Tamara sonreía, pero se veía en su mirar que no estaba feliz. Bebieron su último café hablando sobre los mejores momentos, los más graciosos y los más románticos, charlaron sobre sus primeras veces: su primero beso, la primera vez que hicieron el amor, la primera vez que durmieron toda una noche juntas, la primera vez que se cuidaron enfermas; cuando se mudaron juntas, cuando murió la abuelita de una. No había nada ni nadie en el mundo, más que ellas dos sentadas en ese café, hasta que una voz lejana, robótica, llamó al abordaje. De nuevo todo perdió color, de nuevo se ahogaba y algo dentro de Sofía gritaba y la rasgaba por dentro. Caminaron hasta la puerta donde se despedirían. No podían soltarse, se abrazaron tan fuerte como dos gotas de agua haciéndose una. Llamaron de nuevo, Tamara dejó ir a Sofía, le dio un último beso en la mejilla. – Te amo, por siempre y para siempre. – Murmuró. Y se fue. Sofía quería gritar, quería correr. No podía mover ni un solo músculo. La vio alejarse como había visto las hojas caer esa mañana, como si estuviera detrás de una ventana.

No supo cuánto tiempo pasó ahí parada, al salir del aeropuerto había anochecido ya. Condujo a casa sin música, casi estrellándose dos veces por no poder ver los semáforos a través de las lágrimas. Llegó en modo automático a su cama, donde se hizo bolita, abrazando sus piernas. Todo olía a Tamara, todo tenía a Tamara. Sofía la llamaba entre los sollozos, como si fuera a escucharla, como si fuera a volver. El mar de lágrimas parecía no tener fin. Sofía lloró y lloró hasta que se hizo agua, dejando la cama y el colchón empapados, escurriendo hacia la alfombra donde Tamara ponía los pies al levantarse de la cama. Llegando al baño, donde Tamara tarareaba cuando se arreglaba. Alcanzó las escaleras, avanzando con cada vez menos cuerpo. Llegó a la cocina, donde solían bailar a la luz del refrigerador, estaba hecha gotas. Y ahí, por fin cesó el llanto.

xx linette

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