El camino a la luna

Quería un cuento que no tuviera final feo. No se olviden de comentar. 🌙☄️💫✨
Sugerencia de lectura: escuchar Lunar Sea de Camel:


El Camino a la Luna

Por Linette Cozaya Otto

Fetia miraba las estrellas antes de irse a dormir. Su madre la dejaba admirarlas con la ventana abierta, siempre que no lloviera. Le gustaba que el cálido aire acariciara su cara y despeinara su castaño cabello. Tenía los ojos grises, grandes, brillantes, reflejaban toda la inocencia que una niña de cinco años puede tener. De piel suave y mejillas rosas, tenía el cuerpo menudo e inagotable energía. Apagaba la luz para encontrarse de frente con la luna, su habitación se sumía en una oscuridad interrumpida solamente por las estrellas fluorescentes que tenía pegadas en el techo. Hablaba con las estrellas, mandaba besos a la luna y se marchaba a dormir.

Vivía en un apartamento amplio, al que le entraba mucha luz de día y nada de noche. Tenían dos gatos traviesos con los que jugaba por las tardes: Inti y Lúa, el primero blanco con la nariz rosa, un ojo verde y uno azul; la segunda, negra con las patitas blancas, como si trajera botines. Fetia también hablaba con ellos, le contaban historias de todo tipo: dónde vivían las brujas, por qué no les agradaban los perros, el origen de la vida o de qué trataban las canciones de los grillos. La historia que más le gustaba escuchar era la del camino a la luna.

Para llegar a la luna, lo que una tenía que hacer era charlar con las estrellas, hacerse su amiga, contarles chistes y secretos. Una vez que consiguieras la amistad de ocho estrellas, podías pedirles que se alinearan para usarlas de escalera y, entonces, llegar a la luna. A Fetia le emocionaba mucho la idea, es por eso que cada noche se acercaba a ellas y les contaba sobre el camino de piedritas que había acomodado en la maceta del balcón para llevar a las hormigas a las migas de pan que les dejaba cada mañana; les contaba sobre el rincón en el armario de mamá donde se escondía para ver brillar el reloj que le había regalado abuelita Aurora; también sobre los amigos que hacía cuando jugaba en el parque, y de las veces que daba las sobras de comida a Inti y Lúa, sin que la viera mamá.

¿Cuánto tiempo era necesario para entablar una buena amistad con una estrella? No importaba, en realidad, lo hacía con gusto, no conocía a nadie más que tuviera amigas estrellas… No conocía a nadie más que hablara con ella. En el colegio, las niñas eran malas con Fetia, no la invitaban a jugar y le enseñaban la lengua; los niños, en cambio, la empujaban, le hacían caras y le cantaban “qué fea que es Fetia, qué fea que es Fetia”. No importaba, era feliz quedándose en el salón con Miss Lulú, la ayudaba a repartir los materiales que utilizarían al terminar el recreo y se sentaba a dibujar a sus amigas estrellas.

No había momento en el día que le gustara más a Fetia que la hora de ir a dormir. Su mamá cepillaba sus largos bucles mientras cantaban alguna canción de cuna y, por fin, la dejaba sola para que pudiera poner al tanto a sus estrellas de lo que había aprendido en la escuela. Cada vez las veía y sentía más cerca, la luna más grande, las estrellas más brillantes. ¿Sería que se acercaba el momento de visitar a la luna? Inti y Lúa venían a acurrucarse con ella. “Casi es hora, Fetia”, le decían, y su corazón se llenaba de luz y calor, electricidad corría por su cuerpo y saltaba a la cama para arrullarse con la luna mirándola desde su sitio.

Los viernes eran los días que hacían manualidades en el colegio. Cosas sencillas como pintar una cartulina o más elaboradas como adornos para la casa. Fetia pensó en hacer un regalo para sus amigas las estrellas, ese día trabajan con cartón y pinturas, una gran estrella con diamantina dorada sería un gran detalle para ellas. Trabajaba con ahínco en la hazaña pensada cuando alguien la tomó del cabello, que ese día alzaba en una coleta. En un segundo lo sintió liberado, puso la mano en la nuca, ya no estaba el gran moño que la había adornado. Al voltear, Sebastián, sonriendo victorioso agitaba el gran mechón de cabello en la mano. Gotas gordas rodaron por las mejillas de Fetia. Miss Lulú los llevó a ambos fuera del salón, llamaron a ambos padres y decidieron un castigo para Sebastián. El regalo a las estrellas se había arruinado con las lágrimas.

Estaba decidido, Fetia preguntaría a sus amigas estrellas si podía visitar ya a la luna. No quería mirarse al espejo, mamá había llorado al verla después de la escuela, seguro que se veía horrible. Quería irse a casa, tardaron en salir, tuvo que escuchar los muchos gritos de su madre a Miss Lulú. Después de jugar y leer cuentos, por fin era la hora de dormir. Dientes lavados, cabello cepillado (lo poco que quedaba), beso de mamá y persiana abierta: estaba lista. Inti y Lúa vinieron a acompañarla, saludaron a las estrellas y Fetia pidió que se alinearan para ella. ¡Lo hicieron! Su sonrisa era gigante, sus ojos brillaban más que nunca. Abrió la ventana, la noche era cálida. Extendió el presente que había hecho para ellas, las estrellas brillaron con más intensidad.

“Muchas gracias por el hermoso regalo que nos has traído”, dijo la estrella que más se acercó. Se acomodó debajo de la ventana para que Fetia pudiera salir y pararse sobre ella. Inti y Lúa la siguieron. Los tres en la estrella se elevaron. Veían cómo las casas se alejaban, cómo ondeaban las cortinas de la vecina de enfrente y a Sansón ladrándoles desde el jardín de doña Julia. El aire era tibio y acariciaba con amor las mejillas de Fetia. Llegaron a donde se encontraba la segunda estrella, “buenas noches”, saludaron todos. Agradecieron a la primera y pasaron a la siguiente. La segunda estrella era todavía más brillante, les habló sobre lo bello y cálido que era el sol y sobre los planetas que a veces visitaba, Saturno con sus anillos, bailaba como loco cuando iba a verlo, en cambio Plutón era frío y se la pasaba ofreciendo té calientísimo y disculpas por el clima.

La tercera estrella se llamaba Ti, le gustaba el olor del chocolate y el pan recién horneado. Confesó que era una espía secreta de los humanos: fan de mirarlos cuando más lo hacía, cuando se relajaban y se rascaban la nariz, dejaban inflar la barriga y se miraban en el espejo para hacer caras graciosas o tener conversaciones que con nadie más tenían. Los humanos eran algo extraño y fascinante para Ti, apuntaba todo en un diario y luego le contaba a sus amigas estrellas, que la escuchaban atentamente. Estrellina era la cuarta, ¡sí, como la famosa del cuento! Y el nombre le quedaba perfecto, era igual de intensa y traviesa. La diferencia es que Estrellina jamás se había extraviado, era muy apegada a su familia, rara vez se separaba de su hermana: la quinta estrella con ella conversaron sobre el horrible día que había tenido Fetia. Inti y Lúa estaban enfadados con el niño que le había hecho daño, pero sabían que Fetia era muy fuerte y que ese niño no merecía ocupar ni un segundo de rencor en sus corazones.

La sexta y séptima estrella venían tomadas de la mano. Eran estrellas fugaces: viajeras por excelencia, las hadas madrinas del cielo. Fetia les pidió sólo un deseo: que mamá y papá estuvieran bien y no se preocuparan por su ausencia. Ellas podían con cualquier deseo. La octava estrella, Fi, era la menos platicadora, así que Fetia se puso a cantar con ella hasta que subieron tan alto que la octava estrella los dejó justo encima de la luna, que esa noche era cuarto creciente.

Saludaron a la luna con una reverencia, ella batió sus pestañas y saludó insinuando una sonrisa. Su voz era profunda, sensual y suave a la vez. Era enorme, brillante, elegante, preciosa. Inti y Lúa no paraban de embarrarse contra ella y ronronear. Fetia no podía creer que la tuviera tan cerca, podría hablar con ella toda la noche. Hablaron sobre la escuela, Fetia era una excelente estudiante, sacaba diez en todas sus planas y dibujos. Sus maestras la querían mucho, la dejaban comer junto a ellas cuando las niñas de la clase le cerraban el círculo. Fetia le contó el vacío que sintió gracias al nuevo corte de cabello, cómo le había dolido como si hubiera sido un brazo o una pierna. Explicó cómo se había echado a perder el regalo que había hecho a las estrellas, que aún así ellas habían amado. Le dijo sobre su abuelita, que silbaba mientras cocinaba, sobre cómo reía su mamá y cómo roncaba su papá. Después de horas y horas de charla, se acomodaron en la luna como si fuera una cuna, y ella los meció hasta que se quedaron dormidos. Fetia se sentía por fin en casa.

xx linette

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