Lena

¡Holi a todos! Antes que nada, necesito que sepan que con este cuento no pretendo promover nada, sólo necesitaba escribirlo. Es algo que he cargado por muchos años ya y que a veces aún siento que me persigue. No se olviden de comentar. Gracias por leerme 💙🌙💫


Lena

Por Linette Cozaya Otto

Era muy fácil engañarlos a todos, aparentemente nadie se daba cuenta de lo que pasaba en la vida de Lena. ¿El motivo? Se odiaba. Se detestaba y se daba asco. Mirarse en el espejo era la peor parte del día, aunque luego buscara desesperada su reflejo para revisar qué tan mal se veía, porque nunca se veía bien. ¿Cómo podía verse bien alguien con su peso? ¿Con toda esa grasa asquerosa encima? Vestirse también era complicado: siempre mangas largas, si no hallaba una blusa con esas condiciones estaba condenada a no sacarse el suéter en todo el día. No importaba mucho, casi siempre tenía frío, así que funcionaba. Jeans, por supuesto, se había rendido con las medias, eso de andarse por la vida con las piernas temblando como gelatina no era opción. No le gustaba amarrarse el cabello, se le vería la cara y eso la hacía sentir desprotegida. La mochila era siempre la misma y la elección de zapatos era fácil también: cómodos, para poder andar sin problema.

La acababan de cambiar de escuela. Una compañera del anterior colegio había informado a la prefecta lo que Lena hacía con el desayuno al llegar a clase. La prefecta había llamado a la madre y todo se había ido a la mierda. Ahora Lena tenía que comer frente a su madre y tenía prohibido utilizar el baño después de terminados los alimentos. ¡Qué putada! ¿Así cómo llegaría a su peso ideal? Era una vaca, una asquerosa vaca grande y fea. Y así la querían seguir manteniendo: como pinche vaca. Se rehusaba a ser esa vaca, así que comía lo menos posible, de todos modos le entraba poco. Era bastante cómodo que pasaba muchas horas en la escuela, cosa que facilitaba gastarse el dinero en cigarros y café. Lo difícil eran los fines de semana. Siempre juntos todos, siempre en reuniones familiares, siempre comiendo. Por más pendeja que se hiciera Lena, terminaba rebasando su límite de calorías. El horror.

Las consecuencias de pasar esa línea no eran bonitas, de hecho, eran hasta peligrosas: alguien podía cacharla. Lena esperaba a que todos en casa durmieran. No era difícil esperar ese momento, ya que en cuanto llegaba la noche, la invadía una ansiedad que le hacía temblar, sudar frío y lagrimar. Una vez que el silencio inundaba la casa, sacaba a sus filosas amigas, sus manchados pañuelos desechables y hacía llorar a su piel. Su lugar favorito y más cómodo era el brazo izquierdo, ya que Lena era diestra, pero era incómodo para cualquier cosa que requiriera sacarse las mangas, así que a veces optaba por el muslo, la cintura o la pierna. Bajaba su pantalón, seguido de su ropa interior y empujaba la navaja contra su piel hasta que se separaba un lado del otro y brotaba suavemente el líquido que nos corre a todos por el cuerpo. Tenía que acomodar el pañuelo estratégicamente debajo de donde caerían las gotas para no manchar sus sábanas. Castigar esa área era más sencillo cuando lo hacía levantada, así atoraba el pañuelo en la ropa interior y pantalón que no bajaba completos. Entonces cortaba más veces, repasaba para que se hicieran más profundas las tajaduras. Se sentía bien. La sangre, al bajar hasta el pañuelo era fría, el aire que le entraba en los cortes parecía acariciarlos, queriéndolos sanar.

¿Cuántas veces había hecho esto antes? Al principio no era tan sencillo: los cortes eran delgados, breves, tímidos; sanaban pronto y traían poca satisfacción. Mientras más penetraba las grietas que se hacía, más placer sentía, más perdonaba por haber tragado como hipopótamo, por haberse comportado como cerdo famélico. Conforme pasaban los días, crecían las cicatrices en tamaño y cantidad. A veces ni siquiera era necesario el pretexto de las calorías. Después de hallar el consuelo en su sangre, limpiaba las heridas con el mismo pañuelo húmedo, que luego dejaba como barrera entre su cuerpo y la ropa, escondía las navajas y podía dormir por fin. Era inexplicable el placer que le causaba despertar y tener que despegar el pañuelo ya seco que se aferraba a su piel. Reabría las llagas, escondía el pañuelo ensangrentado y se metía a bañar. Pasaban los días, se repetía la secuencia, a nadie le importaba.

La sensación de satisfacción duraba lo que duraban sus sueños. Una vez limpia, en su habitación, se sentía más sucia que nunca. Avergonzada, patética. No nada más era una bola gigante de grasa, también estaba llena de marcas. Por más meticulosa que fuera con la comida, siempre quería más. Si comía, se arrepentía y se obligaba a vomitar. El deleite de devolver lo comido nunca era suficiente, era más grande la repulsión por haber comido en primer lugar. ¿No tenía control acaso? ¿No era fuerte como las niñas magníficas que veía en todos lados? ¿Por qué Lena no había nacido bendecida con un cuerpo delgado y perfecto? Caminaba todo lo que podía caminar aunque le faltara el aire o se sintiera desmayar. Ejercitaba en su habitación, en silencio, buscando quemar las pocas calorías que ingería en el día. ¿Chocolate? Se compraba uno al día, lo guardaba en la mochila y lo cargaba todo el día hasta esconderlo en su cajón de tesoros. Cada chocolate guardado representaba todo un logro. La hacía sentir orgullosa ver cómo se iba llenando el cajón de comida que jamás se comería.

Tenía muy bien trabajado el asunto de la devolución de comida. Era bastante sencillo, de hecho, una vez que lo dominabas. Lo que más facilitaba a Lena el trabajo es que había aprendido a hacerlo en silencio. Podía entonces provocárselo en cualquier baño sin temor a que alguien preguntara si se encontraba bien. La preparación venía desde la ingesta: al comer debía beber cuánta agua pudiera. Mientras menos agua intercalara con sus alimentos, más rasparía su garganta. En cuclillas frente al inodoro, se olvidaba de todo el asco que pudiera provocar estar tan cerca del sitio donde otros mean y defecan: era más grande el asco que sentía por ella misma y por todo lo que traía en la barriga. Inhalar, meterse el dedo y sentir las contracciones en el estómago que comenzaba a mandar todo para arriba. Nunca encontró un método que no le ensuciara la mano utilizada, así que estaba acostumbrada a sentir el vómito tibio al salir. Quitaba la mano y lanzaba todo lo que traía la primera arcada. La clave era meterse el dedo de nuevo justo al final, para poder seguir sin que la tráquea bajara todo el esfuerzo logrado. Lena sabía identificar cuando no había más comida ya. Cogía papel para limpiarse la mano, la cara, las lágrimas. Era preciso bajar la palanca y esperar a que se llenara de agua para hacerlo una segunda o tercera vez, no podía dejar evidencia. Lavarse la cara y enjuagarse la boca para luego saborear una Halls de miel y poder volver a la vida como si nada hubiera pasado.

La manera de comer también ayudaba a vomitar fácilmente y controlar las cantidades. Lena tenía todo un sistema: además de tomar agua entre cada bocado, la comida tenía que ser partida y repartida en partes iguales. Si el plato constaba de tres cosas distintas (pollo, arroz y ensalada, por ejemplo), no podía terminarse una antes que otra. Lena cortaba todo lo que había en el plato y comía en orden: un bocado de pollo, una cucharadita de arroz, un poquito de ensalada. Así sucesivamente hasta dejar mínimo un cuarto del total. No debía haber tortilla, pan y, mucho menos, postre. El agua tenía que ser simple. Algunas niñas, en los blogs que leía, utilizaban Coca Zero o de dieta, a Lena le parecía que era una tontería y prefería beber café, sin azúcar, sin leche, por supuesto. Tenía una lista larga de comidas prohibidas, que incluía desde las papitas Sabritas hasta la pizza y los condimentos. Lo que más le daba asco en la vida, además de su cuerpo, era la mayonesa, al grado que le provocaba arcadas si le llegaba el olor.

Nadie te cuenta en ningún lado lo asqueroso que puede ser guardar secretos así. Nadie habla sobre el lanugo, sobre la amenorrea, sobre el olor ácido en la boca, sobre los dientes astillados. No vemos a las niñas bonitas de revistas, televisión, Tumblr e Instagram llorando todas las noches, odiando sus cuerpos, desgarrando su piel. ¿Por qué ellas eran perfectas y Lena no podía lograrlo? Cuidaba su piel, su cabello, sus uñas, sus calificaciones, pero no dejaba de ser un fracaso. No dejaba de ser una maldita vaca. ¿Cuánto tenía que dejar de comer para poder verse linda en un suéter holgado? ¿Para poder sentirse segura con el tamaño de sus brazos? ¿Para que sus piernas no rebotaran a cada paso? Cada día estaba más cansada. Cada día menos cerca de su meta, que se alejaba conforme ella avanzaba.

Su peso más bajo fueron los 45kg. Pa-té-ti-ca. Ni siquiera pudo llegar a los 42 que esperaba ese mes. Lena nunca se vio como quiso. Estaba tan obesa que sus esfuerzos no dieron frutos. Ningún “oye, has bajado de peso” ni “¿estás comiendo bien?”. Tampoco tuvo desmayos (salvo una vez que casi le pasa después de una presentación de porras, pero he ahí el detalle: casi). No estuvo jamás debajo de su peso, ni tan pálida ni frágil que parecía que se rompería. La ropa XS le quedaba bien, no aguada, como debería ser y la barriga no se le inflamaba por tan solo haber bebido agua. Nació siendo una vaca y murió siendo una vaca. Tan triste su situación que ni siquiera murió a causa de lo que ella misma se hacía. Una decepción total para todas las Ana y Mía. Lo único positivo fue que Lena quería morir y por fin lo consiguió. Su sueño había sido que le quedara grande el ataúd, y no lo logró. Tirada en el asfalto, con el conductor gritando escandalizado y la gente reuniéndose al rededor del accidente, derramó su última lágrima de odio a ella misma y dejó que sus heridas sangraran sin cesar. Pensó en el chocolate de ese día, que jamás llegaría a su cajón. Pensó en su mamá, que seguro no pararía de llorar. Nada había valido la pena. Nadie la podía salvar ya.

xx linette

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