Él

¡Holi a todos! Traigo un nuevo cuento: una historia de amor, porque #febrero. Espero les guste, lo compartan y comenten mucho ☺️ ¡gracias por leerme! 🙊💙✨

Él

Por Linette Cozaya Otto

Me gustaba verlo sonreír. Su sonrisa era especial porque estaba chueca, como si un hilo la jalara más de un lado que del otro. Además, un hoyuelo aparecía cuando lo hacía, pero sólo uno: del lado izquierdo. Y si se reía, abría la boca como si fuera a dejar caer la quijada, echando la cabeza para atrás. Reía con ganas, reía feliz. Al cantar se esforzaba, aunque tenía una linda voz, para poder llegar a notas difíciles, sin dejar de jugar a que daba un concierto. Las ventanas abajo, el viento jugando con nuestro cabello, la música a tope y nosotros cantando. Fueron los mejores días de mi vida.

La vida su lado era fantástica al principio: escucharlo hablar de lo que le apasionaba era el cielo. Podíamos pasar horas escuchando álbum por álbum de sus bandas preferidas y me contaba detalles que no entiendo dónde se guardaba: cómo se había formado la banda, cómo habían hecho ese álbum, si tal o cuál canción había sido dedicada o escrita específicamente para algo o alguien. Nunca dejaré de admirar la gran memoria que tenía. Si no estábamos en eso, nos encantaba jugar videojuegos, representaban: horas y horas de nervios y asombro. Mirarlo de reojo mientras peleaba, era un deleite, ¡se concentraba tanto! También nos gustaba salir a comer. Íbamos por la vida buscando las mejores malteadas, la mejor cerveza y la mejor hamburguesa. Aunque tenía sus preferidas, y las visitábamos cada que podíamos.

No sé en qué momento dejó de ser el hombre fantástico que amaba y admiraba. Un día, de la nada, empezaron las peleas. Peleas que subían cada vez más de tono, que me dejaban con la sensación de ser el peor ser humano del mundo. De ser una pareja feliz, pasamos a ser una pareja que nada más fingía: en cualquier evento social, se comportaba como el caballero del que me había enamorado, fuera del evento, volvíamos a que me odiara por no cooperar, por no ser lo que él quería, por no poder tener el tiempo del mundo y por no haber salido con él antes en nuestras vidas. Absolutamente todo era problema, si no había problema, se lo inventaba. Había veces que no quería contestar a sus mensajes de la ansiedad que me provocaba. Me amenazaba entonces porque, ¿dónde iba yo a conseguir a alguien que me quisiera como él lo hacía? Debía estar agradecido por tenerlo, por verlo cada vez menos y que hiciera espacio en su apretada agenda para vernos. Debía cumplirle cada capricho porque él hacía todo por nosotros. Nunca supe a qué se refería con “todo”. Me dolían sus palabras, me dolían sus mentiras.

¿En qué momento dejó de quererme? ¿Qué fue lo que hice mal? Uno da todo de sí: tiempo, amor, confianza… Y termina pisoteado, con el corazón en la mano y planes rotos. Solíamos ser de las parejas felices en redes sociales y la vida real. Ya no éramos felices en ninguna. Si lo etiquetaba en algo, en alguna red social, jamás me contestaba, era más fácil imaginarme que lo había visto cuando compartía contenidos aún sin contestarme. De hablar todo el día, pasamos a cinco mensajes: los “ya salí” y “ya llegué”, los “te amo”, “te extraño”, que ya tampoco contestaba, y los “¿te voy a ver mañana… o algún día?” que enviaba cuando me armaba de mucho, muchísimo valor. Todo para recibir un “sí”, sin hora, lugar, ni plan. A veces me animaba a pedir esa información: resultaba en pelea. Cuando no lo hacía, ¿qué pasaba? Pelea también. No había forma de ganar con él.

El momento del fin fue inesperado, jamás pensé que sería la última vez. Quedamos de vernos en el café de siempre. Nos gustaba beber la mitad sentados y la otra mitad caminando en el parque que se encontraba justo enfrente. Llevábamos semanas peleando, sabía que algo no andaba bien. Aun así me arreglé para él: zapatos bonitos, cera en el cabello, suéter lindo y loción. Llegó tarde, una hora tarde, no hubo ni disculpa ni pretexto. Se sentó frente a mi sonriendo mientras preguntaba cómo estaba. Enfadado, por supuesto. ¿Le costaba mucho enviar un mensaje para avisar que venía retrasado? Al parecer sí. Y, como siempre, era culpa mía por no ser lo suficientemente comprensivo. Me tomó de la mano y pidió que pasáramos un buen rato. Honestamente no creo que a nadie en el mundo se le pase rápido un enojo de ese tamaño, así que dije que lo intentaría: mala respuesta. ¿Para qué quería verlo si íbamos a estar de mal humor? Supuse que tenía razón y entonces pregunté, con afán de charlar, cómo había ido su día y por qué había llegado tarde. Acto seguido, reclamaba de nuevo lo mal que manejo mis emociones. Estaba a punto de llorar, de rabia y tristeza. Perdí el piso en algún punto de la relación y creía todo lo que él decía. Entonces sí, estaba arruinando la cita.

Se levantó abruptamente y amenazó con irse. Mi corazón saltó como nunca antes. Rogué que no se fuera. Dejó que lo hiciera, preguntaba por qué debía quedarse, humillándome todavía más. Y, pendejo yo, le seguía contestando, le seguía implorando. Decidió que nada de lo que dijera lo haría quedarse ni un minuto más conmigo. Cogió su chaqueta y dijo adiós. No supe qué hacer. Me quedé ahí sentado mientras la gente a mi alrededor iba y venía. ¿Era un sueño acaso? Me sentí mareado. Después de un rato logré reunir la fuerza para levantarme y caminé a casa. Miré el teléfono en mi mano: cero mensajes, cero llamadas. ¿Qué estaba pasando? ¿Quería decir esto que jamás lo volvería a ver? Llegué a casa y me tiré en la cama. Encendí la televisión y lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté al otro día tenía, por fin, un mensaje suyo. Un mensaje como cuando nos escribíamos los buenos días: como si nada hubiera pasado el día anterior. No era la primera vez que pasaba esto. Contesté desconcertado si todo estaba bien. Y sí, según él, todo en orden. Esto no podía ser. Después de todo lo que había pasado, después de ayer, que me escribiera de esta forma, no estaba bien. Se lo dije, con miedo, con duda. Por supuesto yo estaba en un error y yo tenía que ofrecerle disculpas por el trato horrible que le había dado. No quise. No era justo. Compuse el mensaje más largo que he enviado en WhatsApp, tenía mucho que decir, desde lo que sentía que había estado mal, hasta lo mucho que lo amaba. Le deseé bonita vida, salud y felicidad, a él, a su familia amigos. Envié el mensaje y lo bloqueé. Jamás tendría de nuevo sus labios, su piel, sus abrazos, jamás sentiría sus dedos entre los míos, no jugaría ya con su cabello, ni robaría besos a su nariz, no cantaríamos ni viajaríamos, no veríamos todas las películas que existen, pero tampoco me sentiría usado, triste, ansioso y enfadado con cosas que no había hecho yo. Aprendí que nadie tiene por qué hacerme sentir mal, y que quien me ame, estará feliz y agradecido de estar conmigo. Quien me ame, lo va a decir con hechos, estará presente, estará feliz. Quien me ame no me dejará esperando, no me dejará llorando. Y mientras eso pasa, me dedicaré a reconstruirme, a buscar los pedazos de mí que me obligó a dejar tirados, a invitarme a mí mismo al cine y sacarme a bailar al ritmo de los muchos álbumes que descubrí con él.

xx linette

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