Etiquetas

Las etiquetas son algo difícil de sacarse. Si no las quitas bien, desde la raíz, si nomás las cortas a lo menso, van a darte comezón y quizá te dejen roja la piel. Algo así pasa con las etiquetas metafóricas, las que te pone la gente en la vida: “el ñoño”, “la monja”, “la tijuanita”, “el teto”, “la nerd”. Lo peor de las etiquetas, es que una se la llega a creer de tanto que se la dicen, haciendo todavía más difícil que te la descosas. 

En la preparatoria, no sé cómo, ni por qué, conseguí una etiqueta que me seguiría por un largo rato de mi vida. La historia que dio lugar a que me la pusieran, era bastante endeble: resulta ser, que me gustaba un chico de sexto, yo estaba en cuarto. ¿Cómo lo conocí? En la banda de la escuela. No sólo era dos años mayor que yo, además era el líder de la banda y guitarra principal. Guapo, alto, ojos azules muy claros, cabello desordenado. Vaya, me traía loca. Lo malo: tenía novia. Lo peor: era amiga mía (supuestamente). Se me escapa en qué momento decidí que quería estar en la banda. Se me escapa también cómo logré quedar como su cantante, pero me encantaba. Conocí bandas que no me había dado el tiempo de escuchar y era un grupo nuevo de gente increíble y talentosa. Nos quedábamos hasta tarde ensayando o nos veíamos en casa de alguno en fin de semana. Una tarde, después de practicar por horas, acompañé al muchacho en cuestión a la tienda de la esquina. Nos sentamos a charlar en la banqueta y, de la nada, me besó. Me congelé. Era mi primer beso, no sabía cómo hacerlo y me había tomado por sorpresa. Después de dejar que él me besara unos minutos en los que yo ni siquiera me moví (labios y ojos apretados la eternidad que duró), me alejé y dije “no, Fulanita es mi amiga”. A lo que él contestó que no importaba y que no teníamos que debíamos guardar el secreto. Me sentí horrible, pero prometí no decir nada mientras él hablaba con su novia. Al otro día conté mi patética historia a mis amigos, la conclusión fue que me apendejé, que pude haber aprovechado la situación. Imagínense lo patética que me sentía: mi primer beso, con el chico que me gustaba, a quien para nada había correspondido y que además tenía novia. Fui emboscada, horas más tarde, por la novia y su grupo de amigas. Literalmente me acorralaron para reclamar que me había aventado al tipo, y amenazarme, para que jamás en la vida me acercara a ellos. Bueno, el personaje había cumplido su parte de la promesa de hablar con su novia, pero ¿qué coño le había dicho? Desde ahí fui la puta, la roba-novios. Todo quinto me miraba como si no me hubiera bañado en meses. Los de sexto cuchicheaban y reían en mi cara. No importó que me cambiara de escuela. De tanto que lo dijeron, yo me sabía puta. No duraba en la relaciones porque cualquiera que salía conmigo buscaba solamente jugar. Iba metiendo en mi bolsillo una lista de nombres, que cada vez era más larga.

Y se preguntarán, ¿cuándo terminó eso? ¿O sigues siendo una puta? Duró muchos años, en los que de verdad me sentía súper zorra. Y no porque serlo tenga algo de malo, que cada quien haga lo que le venga en gana con quien le venga en gana. La cosa aquí es que yo no había decidido ser eso. Me pusieron la etiqueta a los catorce años, cuando recibí mi primer beso, uno que ni siquiera supe responder. Descocí la etiqueta hace poco. Trece años después. La pude quitar, gracias a que mi última pareja me consideraba justo lo que la etiqueta decía, me atacaba con eso y me hacía sentir culpable de lo puta que había sido en la vida. Un buen día me puse a hacer cuentas: ¿qué tan puta soy en realidad?¿Con cuánta gente me he acostado?… ¿Creerán que la lista ni siquiera llegó a diez? Digo, no sé cuántos nombres se necesiten para ser o no ser puta, pero en mi cabeza me pareció que en realidad no eran tantos como pensaba. Y fue ahí cuando me pegó: por trece años me sentí y creí una puta porque así me etiquetaron, pero eso no me hacía una. Por trece años luché contra la etiqueta, que me hacía sentir culpable y sucia. Por trece años intenté hacerla mi bandera y ondearla con orgullo, con resultados (muy) dudosos. ¿Y para qué? Al final, ni me siento, ni me creo puta. Por años juré que eso era, ya que todos se habían puesto de acuerdo en dejarme la etiqueta, y era tan fácil como quitármela yo solita. Las etiquetas son algo difícil de sacarse. Puede que te tome uno, dos, trece años. Pero una vez que sabes de dónde descoserla, todo se vuelve más fácil. Cuando la quites, dejará de molestarte.

xx linette cozaya otto

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