Asiente y sonríe

Por recomendación de Sam, un texto que tiene que ver con maternidad y las cosas bellas que incluye. ☺️💙 Espero les guste, por favor comenten. ✨


Asiente y sonríe

Por Linette Cozaya Otto

A mi abuelita no le gustaba que tuviéramos visitas, ni tenerlas ella, a menos que fuera su familia. “Cada quién en su casa,” decía, “y Dios en la de todos.” Entonces crecí sin muchos invitados. En alguna que otra fiesta nos permitían hacer pijamadas para celebrar cumpleaños. De todos modos eran pocos los que se quedaban a realmente dormir luego de la fiesta.

Años después, me tocó a mí ser madre. El niño empezó a crecer, ¡y, vaya que suerte la mía: era el personaje más social que había conocido! Comenzó a querer invitar amigos a casa, yo le repetía la bella frase de mi abuelita y a él le importaba un pepino. Tarde tras tarde, luego de la escuela me salía con que había invitado a Leo, a José Carlos, a Sebastián o Daniel. Al principio me las ingeniaba con las respuestas para que no se llevara a cabo esa reunión: “claro, puede venir, pero, ¿ubica dónde vivimos?”, “por supuesto que los puedes invitar, ¿ya lo sabe su mamá?”. Más tarde memorizó la dirección de casa y la explicación de cómo llegar allí desde la escuela. Putamadre. Tuve que cambiar los pretextos: “bueno, sí, sí puede venir, pero ¿no tenía planes ya su mami?” o “es que normalmente los planes así se agendan desde antes, no el mero día.”. Tampoco duraron mucho. Ahora lo que el pibe pedía, era que le escribiera a la mamá del invitado para que nos pusiéramos de acuerdo. “Y entonces le mandas un mensaje y vienen luego de hacer la tarea…”, coño.

Le di las vueltas que pude hasta que me acorraló y no tuve de otra que organizar que vinieran dos de sus amigos a nadar. El día y hora acordados fueron un viernes a las 16 horas, así no tendría que encargarme de que comieran, ni nada. Llegaron primero Julio y su mamá, cuyo nombre no lograba recordar. Pasaron y saludaron al perro con entusiasmo. Cinco minutos más tarde, Victoria y Laura, la mamá. Nos alistamos todos, sin mucha charla, gracias al cielo, y bajamos a la piscina. Los tres niños se aventaron al agua sin importar profundidad ni temperatura. Comenzaron a jugar al tiburón, a los ahogados y Godzilla. Las mamás y yo nos miramos incómodamente. Laura nos contó que le parecía excesivo el nivel de perfección exigido en la escuela. La otra mamá, Lulú, estaba de acuerdo. ¿Cómo le enseñaban fracciones a niños de cinco y seis años? Y, ¿qué tal la lista de Spelling Bee? Setenta palabras es muchísimo. Yo sólo asentía. Sí, la escuela tenía un nivel cañón y la exigencia estaba a tope, pero, ¿no era eso lo que nos había gustado del colegio y por eso mismo los habíamos inscrito y los seguíamos llevando?

–      Es que yo no sé cómo le hacen, a nosotros apenas y nos da tiempo de hacer la tarea. Les dejan muchísima.

–      Es cierto, llevo a Victoria al ballet y luego tengo que andar corriendo para que me lea las cuatro páginas diarias. Luego ni juega, la pobre.

–      ¿Verdad? ¡Ay, qué bueno! Pensé que era a la única que no le daba tiempo. ¿Y cómo van con el poema? ¿Ya se lo aprendieron? Nosotros ahí vamos, pero es que escogimos uno bien facilito.

–      Nosotras ya tenemos el poema, lo escribí yo con ella, le dije: a ver Vic, ¿sobre qué quieres escribir el poema? Y dice que hay un monstruo en su habitación, así que escribimos el poema para él, para que se anime a salir porque, según Vic, el monstruo tiene miedo.

–      ¡Ay a poco! ¡Qué bonito! Mira, pero qué buena idea. Mejor eso vamos a hacer el próximo año, oye…

Asentir es lo que mejor me sale en la vida, aparentemente. Me miraban mientras sucedía el intercambio de vómito escolar y traumado, pero no esperaban una respuesta de mi parte. Y qué bueno, porque ni ganas tenía de contarles que también luego me volvía loquita llevando al niño al fútbol, que no nos habíamos aprendido el poema y que éramos un fracaso con el Spelling Bee.

Después de una hora de charla y natación, los niños decidieron que querían jugar con los dinosaurios. Subimos todos y ofrecí habitaciones para que se pusieran cómodos todos en ropa seca. Lo niños jugaban en la pieza del pibe mientras nosotras seguíamos “hablando”, ahora sobre el festival del día de la familia y la foto de generación. Bebieron café, comieron pan dulce y después de mucho, MUCHO asentir, decidieron que era hora de irse a casa. Cansada, desgastada y devastada por la tarde tan agotadora que había tenido, dije adiós a las mamás y sus hijos. Mi abuelita tenía razón.

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