De vuelta en casa

Holi, amigos. Bienvenidos al blog que no es blog. Les dejo un cuento nuevo, ustedes decidan si tiene final feliz o no (ya saben lo que yo pienso) y dejen su opinión en los comentarios. ☺️ ¡Muchas gracias por leer (también se vale compartir)! ☁️🍃✨

De vuelta en casa

Por Linette Cozaya Otto

Llegar a casa se siente bien. El aire es distinto, familiar y seguro. No hay nadie porque es miércoles y medio día: mi hermano, mamá y papá están trabajando, supongo. Dejo las maletas en el recibidor y subo a mi habitación. Todo está justo como lo dejé. Quizá un poco más limpio. La luz entra tímidamente, toca la mitad de mi cama, me acuesto en la parte que no está ocupando. 12:13, marca la pantalla de mi teléfono, y muchas notificaciones que no quiero leer. La mayoría, mensajes de Olivia. Ni siquiera le he avisado que aterricé. No me apetece.

Olivia se encuentra sentada en su silla, frente a la ventana. Está leyendo algo en inglés. Levanta la mirada y me sonríe. Me duele el estómago, me retuerzo y comprendo que estoy en mi cama a miles de kilómetros de Liv, de su mirada, de esa ventana. Mi teléfono se ha apagado, no sé qué hora es. Tengo una manta encima y se escucha barullo en la cocina. El sol no besa ya mi colcha. Bajo a encontrarme con Luis y mamá. El primero choca mi mano al decir “¿qué onda?”. Mamá me abraza y planta besos en mi frente. Ambos parecen listos para charlar, pero es lo último que quiero. Me uno a su plan de cena: quesadillas y café.

A la mañana siguiente, salgo a caminar al jardín. Mi teléfono sigue teniendo mensajes no leídos de Liv. Ha escrito de todo: ruegos, reclamos, consejos, refranes, pedazos de canciones. ¿Debería enviarle una nota de voz? No, se va a notar lo que me duele, quizá se truene mi voz. Le escribo un mensaje largo en mis “notas”, así no me ve “typing” mientras decido qué se queda y qué se va. Saludo, explico que estoy en casa, prometo pensar las cosas, repito lo mucho que la extraño. No puede ser que escribir un párrafo sea tan complicado. Copio, pego, envío. ¿Por qué coño lo mandé? De inmediato aparece Liv como “online”, “typing”, un emoji de corazón morado. Nuestro emoji. Cierro la app como si apagara un fósforo cercano a quemarme y miro el teléfono esperando que escriba más. No lo hace.

Toda la vida he tenido miedo de los zombies. De los personajes que más me han aterrorizado, ellos son mi número uno. Ahora, me he convertido en uno. Despierto tarde, cuando todos se han ido ya, ni siquiera he hablado bien con papá. Bajo a “desayunar”. Nadie considera una barrita y café como un desayuno válido, pero es para lo que me alcanza el cerebro. A veces me baño. Cuando lo hago, no me rasuro, ni las piernas, ni las axilas. ¿Para qué? No quiero salir, no quiero ver a nadie. Me acomodo en el sillón y veo Friends hasta que llega la hora de la comida, en la que, pongo pausa, me levanto por agua y un cereal, para luego seguir con mis amigos de Central Perk. Cuando llegan mamá y Luis es cuando mejor como, cuando más socializo y cuando menos pienso en Olivia.

Cada vez manda menos mensajes. ¿Será que ya es oficial con la otra niña? No me atrevo a preguntarle. Su mamá ha venido de visita dos veces. Ambas me ha traído pay, de ese de limón con galletas María. Era nuestro favorito, lo cocinábamos juntas casi cada semana. Nunca me dijo si eran de su parte o de Olivia. ¿Será que Liv le había llamado para acordar estas ofrendas? No me los comí. Uno fue a parar a la oficina de mamá. El otro, a la barriga de Luis.

Un mes. ¿Tan rápido ha pasado? Sigo sin saber la situación sentimental de Liv. No sube historias a Instagram, menos una foto o video. Twitter ha estado abandonado y Tumblr tiene sólo lo previamente programado. No me gusta acosarla, pero no me ha escrito en una semana. Y le tocaba a ella. El último mensaje fue mío, un claro y definitivo “yo a ti”. ¿Cómo no contestas un “yo a ti”? Solía decirme “pero yo más”. No puedo más que asumir que ya no es así y que seguro está en la casa de la otra, comiendo queso y bebiendo vino, haciéndose cosquillas y riéndose de mí. Pues que se quede allá. Así no me da tanto miedo de salir a la calle. O bueno, eso quisiera.

Mamá me obliga a salir. Luis tiene una reunión y seré su +1. Me ha pedido que me arregle aunque sea un poco. Mi reflejo es deplorable: pálida, un poco más flaca, pero, por supuesto, no he perdido la grasa que quisiera perder, como la de la barriga o debajo de los brazos. Mi cabello no brilla, uno pensaría que así de corto, sería más fácil de cuidar, resulta que no. Mis ojeras hacen que se hundan mis ojos y parezca personaje de Tim Burton. Decido que para esto sí voy a pasarme el rastillo y, por lo menos, usar un poco de rubor.

Llegamos a una casa enorme. Hay mucha gente y todos se han vestido como si fueran a un evento importantísimo. Niñas con vestidos y jumpers, tacones, peinadísimas y maquilladísimas. Niños con traje y corbata. Me siento en otra dimensión. No hay una sola persona sin trago en mano. No tardamos en unirnos y de pronto ya estoy bailando con mis nuevos mejores amigos. No veo a mi hermano por ningún lado, ¿debería ir a buscarlo? Seguro se está divirtiendo tanto como yo… Después de dos vueltas a la fiesta, me lo encuentro haciendo reversas en la cocina. Una chica presume que puede hacer una boa con esos vasos y se tira todo encima. Reímos, bailamos, alguien me está besando, no lo hace mal. Dejo que me lleve al jardín, donde hablamos un poco. No me cree que me gustan las niñas, me hace burla y me vuelve a besar. No sabe a Liv.

Amanece. Otra mañana. Otra vez sale el sol a recordarme que la piel bronceada de Liv no está ni cerca. Al terminar mi rutina matutina suena el timbre. ¿Acaso esperamos algo hoy? Una carta, seguro ha mandado una carta. Salgo de casa hacia la puerta de entrada y ahí está. Tan perfecta como siempre. Derechita, frente a mi porche, una diadema blanca en la cabeza, que combina con su vestido, tenis y chaqueta de mezclilla. Me mira y se iluminan sus mejillas y ojos. Mi corazón está tan pesado que no me atrevo a invitarla a pasar. Se me acerca con cautela y me besa cuando llega frente a mí. Respondo el beso mientras bajan las lágrimas a mi cuello. “Te amo, Astra.”, dice al abrazarme como si nunca me fuera a soltar.

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