El camino a la luna

Quería un cuento que no tuviera final feo. No se olviden de comentar. 🌙☄️💫✨
Sugerencia de lectura: escuchar Lunar Sea de Camel:


El Camino a la Luna

Por Linette Cozaya Otto

Fetia miraba las estrellas antes de irse a dormir. Su madre la dejaba admirarlas con la ventana abierta, siempre que no lloviera. Le gustaba que el cálido aire acariciara su cara y despeinara su castaño cabello. Tenía los ojos grises, grandes, brillantes, reflejaban toda la inocencia que una niña de cinco años puede tener. De piel suave y mejillas rosas, tenía el cuerpo menudo e inagotable energía. Apagaba la luz para encontrarse de frente con la luna, su habitación se sumía en una oscuridad interrumpida solamente por las estrellas fluorescentes que tenía pegadas en el techo. Hablaba con las estrellas, mandaba besos a la luna y se marchaba a dormir.

Vivía en un apartamento amplio, al que le entraba mucha luz de día y nada de noche. Tenían dos gatos traviesos con los que jugaba por las tardes: Inti y Lúa, el primero blanco con la nariz rosa, un ojo verde y uno azul; la segunda, negra con las patitas blancas, como si trajera botines. Fetia también hablaba con ellos, le contaban historias de todo tipo: dónde vivían las brujas, por qué no les agradaban los perros, el origen de la vida o de qué trataban las canciones de los grillos. La historia que más le gustaba escuchar era la del camino a la luna.

Para llegar a la luna, lo que una tenía que hacer era charlar con las estrellas, hacerse su amiga, contarles chistes y secretos. Una vez que consiguieras la amistad de ocho estrellas, podías pedirles que se alinearan para usarlas de escalera y, entonces, llegar a la luna. A Fetia le emocionaba mucho la idea, es por eso que cada noche se acercaba a ellas y les contaba sobre el camino de piedritas que había acomodado en la maceta del balcón para llevar a las hormigas a las migas de pan que les dejaba cada mañana; les contaba sobre el rincón en el armario de mamá donde se escondía para ver brillar el reloj que le había regalado abuelita Aurora; también sobre los amigos que hacía cuando jugaba en el parque, y de las veces que daba las sobras de comida a Inti y Lúa, sin que la viera mamá.

¿Cuánto tiempo era necesario para entablar una buena amistad con una estrella? No importaba, en realidad, lo hacía con gusto, no conocía a nadie más que tuviera amigas estrellas… No conocía a nadie más que hablara con ella. En el colegio, las niñas eran malas con Fetia, no la invitaban a jugar y le enseñaban la lengua; los niños, en cambio, la empujaban, le hacían caras y le cantaban “qué fea que es Fetia, qué fea que es Fetia”. No importaba, era feliz quedándose en el salón con Miss Lulú, la ayudaba a repartir los materiales que utilizarían al terminar el recreo y se sentaba a dibujar a sus amigas estrellas.

No había momento en el día que le gustara más a Fetia que la hora de ir a dormir. Su mamá cepillaba sus largos bucles mientras cantaban alguna canción de cuna y, por fin, la dejaba sola para que pudiera poner al tanto a sus estrellas de lo que había aprendido en la escuela. Cada vez las veía y sentía más cerca, la luna más grande, las estrellas más brillantes. ¿Sería que se acercaba el momento de visitar a la luna? Inti y Lúa venían a acurrucarse con ella. “Casi es hora, Fetia”, le decían, y su corazón se llenaba de luz y calor, electricidad corría por su cuerpo y saltaba a la cama para arrullarse con la luna mirándola desde su sitio.

Los viernes eran los días que hacían manualidades en el colegio. Cosas sencillas como pintar una cartulina o más elaboradas como adornos para la casa. Fetia pensó en hacer un regalo para sus amigas las estrellas, ese día trabajan con cartón y pinturas, una gran estrella con diamantina dorada sería un gran detalle para ellas. Trabajaba con ahínco en la hazaña pensada cuando alguien la tomó del cabello, que ese día alzaba en una coleta. En un segundo lo sintió liberado, puso la mano en la nuca, ya no estaba el gran moño que la había adornado. Al voltear, Sebastián, sonriendo victorioso agitaba el gran mechón de cabello en la mano. Gotas gordas rodaron por las mejillas de Fetia. Miss Lulú los llevó a ambos fuera del salón, llamaron a ambos padres y decidieron un castigo para Sebastián. El regalo a las estrellas se había arruinado con las lágrimas.

Estaba decidido, Fetia preguntaría a sus amigas estrellas si podía visitar ya a la luna. No quería mirarse al espejo, mamá había llorado al verla después de la escuela, seguro que se veía horrible. Quería irse a casa, tardaron en salir, tuvo que escuchar los muchos gritos de su madre a Miss Lulú. Después de jugar y leer cuentos, por fin era la hora de dormir. Dientes lavados, cabello cepillado (lo poco que quedaba), beso de mamá y persiana abierta: estaba lista. Inti y Lúa vinieron a acompañarla, saludaron a las estrellas y Fetia pidió que se alinearan para ella. ¡Lo hicieron! Su sonrisa era gigante, sus ojos brillaban más que nunca. Abrió la ventana, la noche era cálida. Extendió el presente que había hecho para ellas, las estrellas brillaron con más intensidad.

“Muchas gracias por el hermoso regalo que nos has traído”, dijo la estrella que más se acercó. Se acomodó debajo de la ventana para que Fetia pudiera salir y pararse sobre ella. Inti y Lúa la siguieron. Los tres en la estrella se elevaron. Veían cómo las casas se alejaban, cómo ondeaban las cortinas de la vecina de enfrente y a Sansón ladrándoles desde el jardín de doña Julia. El aire era tibio y acariciaba con amor las mejillas de Fetia. Llegaron a donde se encontraba la segunda estrella, “buenas noches”, saludaron todos. Agradecieron a la primera y pasaron a la siguiente. La segunda estrella era todavía más brillante, les habló sobre lo bello y cálido que era el sol y sobre los planetas que a veces visitaba, Saturno con sus anillos, bailaba como loco cuando iba a verlo, en cambio Plutón era frío y se la pasaba ofreciendo té calientísimo y disculpas por el clima.

La tercera estrella se llamaba Ti, le gustaba el olor del chocolate y el pan recién horneado. Confesó que era una espía secreta de los humanos: fan de mirarlos cuando más lo hacía, cuando se relajaban y se rascaban la nariz, dejaban inflar la barriga y se miraban en el espejo para hacer caras graciosas o tener conversaciones que con nadie más tenían. Los humanos eran algo extraño y fascinante para Ti, apuntaba todo en un diario y luego le contaba a sus amigas estrellas, que la escuchaban atentamente. Estrellina era la cuarta, ¡sí, como la famosa del cuento! Y el nombre le quedaba perfecto, era igual de intensa y traviesa. La diferencia es que Estrellina jamás se había extraviado, era muy apegada a su familia, rara vez se separaba de su hermana: la quinta estrella con ella conversaron sobre el horrible día que había tenido Fetia. Inti y Lúa estaban enfadados con el niño que le había hecho daño, pero sabían que Fetia era muy fuerte y que ese niño no merecía ocupar ni un segundo de rencor en sus corazones.

La sexta y séptima estrella venían tomadas de la mano. Eran estrellas fugaces: viajeras por excelencia, las hadas madrinas del cielo. Fetia les pidió sólo un deseo: que mamá y papá estuvieran bien y no se preocuparan por su ausencia. Ellas podían con cualquier deseo. La octava estrella, Fi, era la menos platicadora, así que Fetia se puso a cantar con ella hasta que subieron tan alto que la octava estrella los dejó justo encima de la luna, que esa noche era cuarto creciente.

Saludaron a la luna con una reverencia, ella batió sus pestañas y saludó insinuando una sonrisa. Su voz era profunda, sensual y suave a la vez. Era enorme, brillante, elegante, preciosa. Inti y Lúa no paraban de embarrarse contra ella y ronronear. Fetia no podía creer que la tuviera tan cerca, podría hablar con ella toda la noche. Hablaron sobre la escuela, Fetia era una excelente estudiante, sacaba diez en todas sus planas y dibujos. Sus maestras la querían mucho, la dejaban comer junto a ellas cuando las niñas de la clase le cerraban el círculo. Fetia le contó el vacío que sintió gracias al nuevo corte de cabello, cómo le había dolido como si hubiera sido un brazo o una pierna. Explicó cómo se había echado a perder el regalo que había hecho a las estrellas, que aún así ellas habían amado. Le dijo sobre su abuelita, que silbaba mientras cocinaba, sobre cómo reía su mamá y cómo roncaba su papá. Después de horas y horas de charla, se acomodaron en la luna como si fuera una cuna, y ella los meció hasta que se quedaron dormidos. Fetia se sentía por fin en casa.

xx linette

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El escritor

Esto no tiene ni pies ni cabeza. Es un monólogo que me pidieron para clase de cuento, donde tenía que presentar al protagonista de la historia que escribiría. Se los dejo acá porque es un personaje que me cae bien. (Insertar meme de “qué agradable sujeto”.) ☺️📚✨


Soy un escritor, o al menos eso pretendo. Trabajo en una librería que se encuentra, literalmente, dos pisos debajo del mío, y cualquier espacio libre que encuentro en mi tiempo, lo uso para escribir. Vivo en un apartamento con mi gato, Gato. No estamos atrasados con la renta y nos acoplamos bastante bien, es un gato casero y encimoso.

Me gusta escuchar música, desde clásicos como Mozart, Bach, Paganini y Chopin hasta “los clásicos”, como Pink Floyd, Queen y The Beatles, además de darle siempre la bienvenida a todo lo nuevo que descubro. También disfruto del cine, desde el más comercial hasta el menos. Me encanta ir al cine, o sentarme en casa con café a descubrir directores, músicos, actores. Visitar galerías de arte, exposiciones, salir al teatro o ver un ballet, cada forma de arte es para mí una explosión de emociones y colores, de lágrimas y latidos acelerados, momentos de felicidad total que me hacen sentir que la humanidad no es tan mala como la pintan las noticias y redes sociales.

Pero lo que más me gusta es leer, invitar a personajes a viajar conmigo en el tren, a beber café conmigo, a sentarse en mi balcón, y conocerlos, lo más que se pueda, lo más que nos deje su creador. Me parece magnífico la idea de compartir historias, de crear vidas, con pasados, presentes y futuros, por eso escribo, aunque a veces no vaya a ningún lado, cada cuento, ensayo, intento de novela, guion, es un cacho de mí que voy dejando. Aunque nadie lo lea. Aunque a nadie le importe.

No tengo muchos amigos. Los pocos que tengo, son parecidos a mí, llenos de ansiedad social y compromisos consigo mismos para ver series en Netflix, así que nos vemos escasamente dos veces al año. Aun así sé que cuento con ellos, y ellos saben que es recíproco. Mi familia en cambio, es muy social, muy “unida”, diría mamá. Tienen la mala costumbre de reunirse por lo menos una vez al mes, siempre con el pretexto de algún cumpleaños: sacan el café, los chilaquiles y el pastel que le guste al festejado. Aquí debo hablar un poco sobre la obsesión que tenemos en la familia con el café: todos, absolutamente todos lo bebemos, y aparentemente lo necesitamos para poder iniciar nuestros días. Casi todos lo tomamos negro, “como debe ser, si no, no es café”, opina mi abuelita. En fin, a la familia sí la veo, y hasta paso un buen rato cuando lo hago.

Todos los martes y jueves doy una vuelta a la cuadra antes de abrir la librería. Me da la impresión de que despeja mi mente y me ayuda a relajarme, aunque me consta que debería ejercitar más. Lunes, miércoles y jueves salgo a pasear por la tarde, camino por horas y visito otras librerías a ver cómo andan. Hago esto sobre todo cuando tengo bloqueo mental, últimamente es muy seguido. Me intrigan el cielo y el mar, aunque sólo he escrito sobre el primero. No sé qué quiero lograr con lo que hago, con mi rutina o con lo que escribo y no publico. Pero sé que quiero estar tranquilo, en paz.

xx linette

Otoño

Empecé este cuento para un concurso, sin saber a dónde iba. Me encantó a dónde llegó. Espero que también a ustedes. No se olviden de comentar 💙🍂🍁


Otoño

Por Linette Cozaya

Sofía despertó sobresaltada. Se incorporó y bajó los pies de la cama, quedando frente al espejo que tenían para el tocador. Miró sobre su hombro: Tamara dormía tranquilamente, su largo cabello castaño se arremolinaba sobre la almohada, dibujando un mar turbulento. La amaba, profundamente. Se sentía feliz de la vida que llevaban y no quería que eso terminara. Pero sabía que había llegado el fin. En unas horas acompañaría a Tamara al aeropuerto, para verla, para besarla por última vez. Bajó por un vaso de agua y lo bebió mirando la ventana. Fuera, el viento soplaba suavemente. Las hojas anaranjadas y cafés danzaban, disfrutando su camino al suelo. Inhaló profundamente, dejó el vaso en la encimera de la cocina y corrió escaleras arriba. Su pareja se encontraba ahora panza abajo, con la cabeza volteada hacia la orilla de la cama, el poco sol que entraba le besaba la frente. Era la posición perfecta para acurrucarse a su lado y pasarle el brazo por la cintura.

Le encantaba despertar con el canto de Tamara. Tarareaba inconscientemente, mientras se duchaba, mientras leía, mientras lo que fuera. Se daba cuenta solamente cuando Sofía la miraba y escuchaba atenta, entonces se sonrojaba, sonreía, se escondía entre su cabello y proseguía lo que había pausado. Así despertó ese día, el último. Decidió quedarse en la cama para no interrumpir el canto de Tamara. Cuando ésta salió del baño sonriente, la apresuró para que se arreglara y buscaran algo para desayunar. – Andá, que es mi último día, Sof. – Como si necesitara mencionarlo. Se miró en el espejo del baño mientras se desvestía: pálida, pecosa, el cabello entre rojo, anaranjado y castaño claro, chino, tapaba su no muy pronunciado pecho; tenía ojos cafés, grandes, contrastaban con la pequeña nariz y boca, que además era de labios delgados, el de arriba más que el de abajo; era alta y delgada, con los dedos de manos y pies un poco chuecos, cosa que la avergonzaba, pero que Tamara adoraba.

Ambas se pusieron vestido, era una ocasión especial y el día prometía ser cálido. No solían arreglarse demasiado, a Tamara le gustaba llevar algún moño o diadema en el cabello; Sofía acostumbraba llevarlo suelto. No se maquillaban y no usaban tacones. Tamara prefería el rosa, Sofía el verde, y de ese color eran sus atuendos aquel día. Salieron y montaron sus bicicletas. – Te sigo. – Dijo Tamara, como cada mañana. Se pusieron en marcha. Sofía miraba para atrás cada dos o tres minutos, sentía que de esa forma la cuidaba. El viento soplaba, levantaba un poco el cabello y falda de la pareja. El sol se asomaba entre las hojas, dando un brillo especial a la piel bronceada de Tamara, a sus ojos verdes, a sus labios hinchados. Para Sofía, no había nada más lindo que la forma en que Tamara mordía su labio inferior cuando intentaba recordar cualquier cosa, y es justo lo que hacía también al andar en bicicleta.

Llegaron a su restaurante favorito, donde las saludaron meseros y el dueño. Nada más con verlas, sabían qué debían cocinar: para Tamara un huevo estrellado, volteado, con dos rebanadas de tocino, un plato de fruta, jugo, café y probablemente una dona de chocolate al final; para Sofía chilaquiles verdes con frijoles y aguacate, melón con granola y café. Era un lugar pequeño, quince mesas a lo mucho, dos meseros para las horas pico. Tenían una mesa preferida, por supuesto, la que estaba entrando a la derecha, en la parte de la terraza, justo donde estaba una pequeña fuente y florecía eternamente un rosal. Tamara adoraba las rosas, le gustaba hablarles, así que Sofía le dejaba siempre la silla que estaba justo al lado. Podían desayunar con calma, las maletas de Tamara estaban listas desde el día anterior. Disfrutaron cada bocado, no paraban de mirarse, rozar las manos y sonreírse. Siempre habían sido así de cursis, siempre igual de enamoradas. Cada que Sofía estaba a punto de llorar, Tamara tomaba su mano para besarla, acomodaba su cabello detrás de la oreja o besaba su nariz y decía: – No temas, Sof. Te amaré por siempre -. Ya lo sabía. Lo tenía más que claro. Pero por más que se lo dijera, por más que le constara que así sería, la invadía una nube gris, que le subía por los tobillos, le quitaba el aire como cuando te golpean en el estómago y la ahorcaba como si quisieran asfixiarla. Se iba el color del cielo, de las hojas, de las paredes rosa pastel del restaurante, y volvía al escuchar la voz de Tamara.

Al terminar el desayuno decidieron caminar por el parque, alimentar a los patos del lago y leer un rato en el prado. No había mucha gente en el parque, una joven pareja que caminaba como ellas: tomados de la mano; un par de viejitos que reía como en secreto y andaban abrazados; una madre deportiva que trotaba empujando una carriola. Habían encargado las bicicletas en el restaurante, ya que estaba a una cuadra del parque. El lago brillaba con el reflejo del sol. Los patos se acercaron en cuanto las vieron llegar, acostumbrados a la gente que los alimentaba. No tardaron en terminarse el pan que llevaban así que escogieron un sitio donde sentarse a leer. Como siempre, empezó el tarareo de Tamara, y fue cuando Sofía no pudo más. Su llanto fue silencioso al principio, una lágrima seguida de otra, cada vez más gordas, hasta que empezó a faltarle el aire y comenzó a sollozar. Tamara la escuchó por fin y se acercó a abrazarla. Sofía rompió en llanto, gimiendo, casi gritando. – No mides lo que me harás falta. -, repetía. Tamara acariciaba el cabello de Sofía, dejándola llorar, contestando con amor y paciencia lo que lograba entender en las balbuceos de Sofía.

Por fin se tranquilizó Sofía, tenía los ojos hinchados y la nariz de Rodolfo. Tamara la miraba preocupada. – No quiero dejarte así, Sof. Necesito que estés bien. – Llenó de besos las mejillas húmedas de Sofía. – Extrañaré cada una de tus pecas, y tus dedos. – Dijo tomando una de sus manos entre las suyas. Sofía sonrió. – Estoy bien. Estaré bien. Sólo… No me olvides. – Tamara besó la mano de Sofía que tenía entrelazada. – Jamás. – Ambas sonrieron. Tamara se acurrucó en los brazos de Sofía y reanudó el tarareo. El sol comenzaba a esconderse, cogieron sus cosas y fueron a buscar las bicicletas. No había nada más bonito que caminar de la mano de Tamara, darle una vuelta como si estuvieran bailando y admirar el vestido esponjado, el cabello volando, sus ojos cerrados. Al llegar a casa revisaron de nuevo la lista de cosas que Tamara debía llevarse, bajaron las maletas, eran tres y la bolsa que llevaría con ella en el avión. Ya en la camioneta pusieron su álbum favorito, que además era placer culposo por tratarse de Taylor Swift. Cantaron y rieron, Sofía no soltó la mano de Tamara en todo el trayecto.

El aeropuerto estaba como siempre: bullicioso, pero para Sofía no había ruido, ni gente, ni nada, más que Tamara. Avanzaron entre la gente, documentaron las maletas y buscaron un café para pasar los últimos momentos juntas. No se sentía real. Tamara sonreía, pero se veía en su mirar que no estaba feliz. Bebieron su último café hablando sobre los mejores momentos, los más graciosos y los más románticos, charlaron sobre sus primeras veces: su primero beso, la primera vez que hicieron el amor, la primera vez que durmieron toda una noche juntas, la primera vez que se cuidaron enfermas; cuando se mudaron juntas, cuando murió la abuelita de una. No había nada ni nadie en el mundo, más que ellas dos sentadas en ese café, hasta que una voz lejana, robótica, llamó al abordaje. De nuevo todo perdió color, de nuevo se ahogaba y algo dentro de Sofía gritaba y la rasgaba por dentro. Caminaron hasta la puerta donde se despedirían. No podían soltarse, se abrazaron tan fuerte como dos gotas de agua haciéndose una. Llamaron de nuevo, Tamara dejó ir a Sofía, le dio un último beso en la mejilla. – Te amo, por siempre y para siempre. – Murmuró. Y se fue. Sofía quería gritar, quería correr. No podía mover ni un solo músculo. La vio alejarse como había visto las hojas caer esa mañana, como si estuviera detrás de una ventana.

No supo cuánto tiempo pasó ahí parada, al salir del aeropuerto había anochecido ya. Condujo a casa sin música, casi estrellándose dos veces por no poder ver los semáforos a través de las lágrimas. Llegó en modo automático a su cama, donde se hizo bolita, abrazando sus piernas. Todo olía a Tamara, todo tenía a Tamara. Sofía la llamaba entre los sollozos, como si fuera a escucharla, como si fuera a volver. El mar de lágrimas parecía no tener fin. Sofía lloró y lloró hasta que se hizo agua, dejando la cama y el colchón empapados, escurriendo hacia la alfombra donde Tamara ponía los pies al levantarse de la cama. Llegando al baño, donde Tamara tarareaba cuando se arreglaba. Alcanzó las escaleras, avanzando con cada vez menos cuerpo. Llegó a la cocina, donde solían bailar a la luz del refrigerador, estaba hecha gotas. Y ahí, por fin cesó el llanto.

xx linette

El Búho Sonriente: El Huésped

Por Linette Cozaya

¡Hola a todos! En esta ocasión traigo una reseña/opinión de un libro que, les aviso, detesté con todo mi ser. Hace algunos años escribía una columna de este estilo, sobre libros, para una renombrada revista: Pasando Lista. No se crean, era un proyecto de la universidad que todos pensamos que sobreviviría al finalizar la materia, pero no. Mi columna se llamaba El Búho Sonriente, en honor a mi abuelita paterna, y con ella pretendía despertar interés por los libros de los que escribía, por lo tanto, escogía siempre de mis favoritos. Pueden leer esas “columnas” dando click aquí. Tomen en cuenta que estaba chiquita, no las he vuelto a leer y las odio 🙂

El libro de hoy es uno que tuve que leer para mi clase de Figura Femenina en el Siglo XX: El huésped, de Guadalupe Nettel. La autora está cañona: es una mexicana ganadora del Prix de la Meilleure Nouvelle en Langue Française para países no francófonos de Radio France Internationale; colaboró con varias revistas francófonos e hispanoparlantes; tiene un doctorado en literatura que estudió en París; y El huésped fue su primera novela, que, además, publicó simultáneamente en castellano y francés. Conclusión: no soy nadie para hacer crítica de su obra, pero lo haré de todos modos.

No sabría ni cómo empezar a describir la historia, ya que, a mi parecer, pasan muchas cosas a lo largo de la novela. Primero vemos un poco de la niñez del personaje y más tarde nos adentra en el mundo en el que se desarrollará el resto de la historia, que aun así, tiene tantos detalles y acción que hasta el lector se cansa de ir y venir (¿o quizá soy muy perezosa?). El huésped es la historia de Ana, quien desde pequeña siente que tiene que compartir su cuerpo con un algo extraño al que llama La Cosa. En esta parte de la historia me imaginaba mil caminos que podía seguir la ficción: desde cosas paranormales hasta algo psicológico que la acongojara. Al final no supe y sigo sin saber qué caramba era La Cosa. Lo que sí sé es que Ana le temía, estaba segura que La Cosa la dominaría algún día, tomando posesión de su cuerpo y mente, haciendo entonces que Ana dejara de ser quien era para ser La Cosa. Ana luchaba para contrarrestarlo, aguantar siendo ella quien estuviera al mando lo más posible.

La Cosa, por supuesto, era algo maligno y hasta agresivo: a una niña en la escuela “…casi le arranca el cuello a mordidas…” (Nettel, pp. 21). Ana vive creyendo que fue La Cosa quien mató a su hermano menor. Eso me quitó mucho la paz a lo largo de la novela y esperé con paciencia a que se resolviera pero jamás se volvió a mencionar. Ana crece temiendo por su identidad, sintiéndose cada vez más débil ante eso que la poseía más y más con el paso del tiempo. Antes de terminar la primera parte de la novela, Ana descubre que La Cosa es ciega y nace en ella una tremenda fobia hacia las personas con esta discapacidad, que luego se transforma en determinación por aprender de ellos para poder combatir a La Cosa.

En la segunda parte Ana llega a un instituto de atención para ciegos donde ofrece leer para ellos. Conoce a El Cacho, un hombre sin pierna que usualmente huele mal, que le inquieta tanto que lo busca y termina por enseñarle su mundo: el subterráneo. Esta parte de la novela fue un portazo en la cara para las especulaciones que me había hecho sobre lo que pasaría, es inesperada. También sentí que a partir de ahí tuve que correr por toda la ciudad, ya que mucho se desarrolla en el metro y los personajes no paran de moverse. Me gusta la ciudad, me gusta viajar en metro, pero no suelo hacerlo en horas pico y procuro no ir a estaciones muy llenas porque no soy paciente y me estreso y engento en dos segundos. El huésped me trajo en metro por un buen rato, con muchísima gente y descripción de todos, incluyendo el olor. Ya se imaginarán entonces lo que lo odié. Cosa que está bastante bien, porque estuvo tan bien escrito que me asqueé y desesperé de estar allá abajo.

La historia en algún punto llegó a que ocurrieran cosas que jamás en la vida me hubiera imaginado que pasarían, dos en específico hicieron que me dieran arcadas. REAL. Leía estos pasajes con los ojos como platos, intentando no vomitar e intentando descifrar qué coño pensaba Ana para hacer esas cosas. Como ya se dieron cuenta, no odié la novela porque estuviera mal escrita o porque tuviera una mala historia, todo lo contrario: detesté lo real que la sentí y que no lograba comprender al personaje. No me identifiqué más que al principio, en la parte con el hermano menor, porque aunque viaje en metro, si está muy lleno prefiero caminar, y ésta mujer con los demás personajes, al contrario: se la vivían ahí dentro, porque LITERAL VIVÍAN AHÍ DENTRO. Perdón por gritarles.

Resumamos entonces lo que sí me gustó de la novela: lo visual que es, maneja unas descripciones increíbles y hace un retrato fiel a lo que es la Ciudad de México, su gente, sus calles, hasta su flora: “Junto la puerta, las jacarandas parecían desbordar de los árboles tiñendo la tarde con su intenso color lila, demasiado jovial para mi estado de ánimo.” (Nettel, pp. 69) Describe los olores como jamás había leído (porque no, no he leído El perfume) y me provocó el asco más grande que hubiese sentido a partir de una narración. Nettel es en verdad extraordinaria. Aunque no releería El huésped, porque no pretendo sentirme de nuevo así de infartada y asqueada, sí leeré algo más de esta grande escritora. Así que vayan, lean El huésped y por favor comenten si les gustó o no y por qué, me encantaría leer opiniones. Obvio lo hablamos en clase, aun así no me quedó claro por qué le había gustado a quienes así fue.

Gracias por leer, en serio comenten 🙂

xx linette

Bibliografía: Nettel, G. (2006). El huésped (1st ed.). México, D.F.: Editorial Anagrama, S.A.

Querida Teresita

El cuento de esta semana es una carta que pensé que para nada funcionaría y resultaría cursi, pero la amaron 🙊 ¡No se olviden de comentar! 😌⭐️✨


Querida Teresita

Por Linette Cozaya Otto

¡Hola abuelita! He perdido la cuenta de las cartas que te he escrito. No es queja, sabes que lo hago con todo gusto y todo el amor del mundo. Estoy por terminar el tercer semestre de la maestría. Estoy encantada y súper cansada. Muero porque termine y a la vez, sé que cuando lo haga, la extrañaré muchísimo. Es tarde ahora, escribía un ensayo sobre existencialismo que no creo que esté nada bien hecho, lo quemaré cuando lo califiquen y me aseguraré que nadie en la vida lo lea. No te creas. Puedes leerlo si quieres, o te lo leo yo, pero toma en cuenta que lo hice a las súper prisas y que tanta reunión familiar nomás no ayuda a ser productivo en fin de semana. Hay mucho que contar, tanto que no sé por dónde empezar. Intentaré hacerte un update por tema para que no se me vaya nada, ¿vale?

Empezaré con el pibe: ¡ya tiene un diente flojo! ¿Lo puedes creer? Está padrísimo ya la vez no tanto, porque el dude sabe que me dan ñáñaras y se la pasa mostrándome cómo se mueve. Lo único bonito de eso es que se muere de risa, y es de las cosas que más me gusta escuchar en la vida, como a ti silbando cuando coses adornos navideños con lentejuela y chaquira… ¿o es shakira? No, ¿verdad? Aquella es la cantante cuyas caderas no mienten (hahaha). Ya, perdón. Bueno, ahora no nada más lo llevo a clases de Tae Kwon Do, oh no, ahora llenamos la semana y no tengo ni un respiro: salgo corriendo de la escuela o el trabajo para comer, ir con Poo por Santi, hacer tarea y lanzarnos a la actividad del día. Lunes y miércoles toca fútbol, martes y jueves Tae, viernes descansamos poramordedios y sábados lo llevo al ballet. Sí, ballet. El muy desatinado dijo el otro día que también quería ballet y como teníamos clases de Tae que reponer, nos dijo la chica de la escuela que podíamos reponerlas con ballet, y henos ahí.

Está feliz, siempre sonriente y siempre lindísimo. Es súper tolerante con las mil cosas que tengo que hacer yo, así que disfruta que lo acompañe a ver una película mientras trabajo, por lo menos. Los viernes son favoritos porque son los días que sí me pongo a jugar con él, cocinamos juntos, vamos al parque, bajamos a nadar o nomás nos acostamos en mi cama a mimar a Pookie. Creo que es un niño feliz. Espero que lo sea. Seguro vas a querer saber qué tal come, así que aquí va: horrible. ¡Come muchísimo, me va a dejar en la ruina! Y además, hace combinaciones rarísimas: pollo desmenuzado con leche de chocolate, Marías, y Coca-Cola rebajada con agua. Blegh. Pero come, que es lo importante. Cuando está de humor, prueba cosas, cuando no, no hay fuerza en el mundo que lo haga comer algo nuevo. Ahora es fan del Peperami y de revolver cereales, que es algo que aparentemente heredó de mí y yo cero me acordaba. Papá y mamá me han contado que también ellos lo hacían, así que es una tradición milenaria, por lo que escuché. ¿También lo hacías tú? Me encantaría saber qué combinaciones raras hacías si no era con el cereal.

Sigamos con Sisi, anda de lo más tranquila. Bueno, de pronto sabes que se vuelve medio loca y nos odia a todos, pero es nomás a ratos y creo que de hecho, pasa con menos frecuencia. Es la única que ha estado ejercitando como se debe, ya ves que adora ir a box, y pues está muy ruda la niña, han incrementado sus reflejos y la tonificación de sus músculos. Me los presume a cada rato. Además me da mil risa que usa vendas diferentes, es decir, no tiene el par, literal perdió el par como si fueran calcetines. En fin, todo bien en su trabajo, ya ves que es súper ñoña y se pone la camiseta del sitio donde labore. Entonces lo termina amando y sabiendo todo del lugar, que obvio no es perfecto y a veces vuelve muy tarde y cansada a casa, pero sí se nota que predomina su amor por lo que hace por las cosas negativas, o no tan padres. Ahora le ha dado por mirar documentales y leer artículos sobre calentamiento global, y aun así no ha visto Earthlings, que sé que la hará llorar. La verdad no sé qué espera de tener toda esa información y de las mil imágenes feas que luego utilizan esos medios. Es decir, ¿para qué torturarse viendo que la causa principal del calentamiento global es el consumo de carne y segmentos de cómo maltratan a los pobrecillos como si estuvieran a nuestra disposición si de todos modos ella ya es vegana y no es como que va a cambiar la opinión o postura de nadie? Cuando habla del tema, que obvio ella nunca saca pero siempre tiene que salir, termina apasionándose, tirando datos, hechos, que de todos modos el que la está provocando no escucha. ¡Es frustrante! Si no quieren escuchar cómo están jodiendo el mundo, no pregunten y ya. Ignorance is bliss. ¿Qué no? Perdón, sabes que también yo me apasiono, pero procuro no discutir, porque al final, sé que estoy haciendo todo lo posible por hacer el menor daño y, aunque eso no sea suficiente, lo estoy intentando.

Pasemos a mamá, mejor. Está re linda con el corte nuevo que se ha hecho, además que se puso unos mechones más claros que le dan una luz padrísima en el rostro. Termina viéndose mucho menos pálida de lo normal. El corte le acomoda un montón también para la no cepillada y la no peinada, no sé por qué le da tanta pereza eso, pero creo que así tiene una relación más sana con su cabellera. Sisi y yo estamos felices y orgullosas de ella porque ya dejó el pollo y la carne, ¡es una linda! Además, trata de arreglarse más día con día. Sisi y yo también, entonces vamos juntas a que nos depilen las cejas y el bigote, y a ella le ponen Gelish en las uñas, que es un barniz súper hardcore que dura como tres semanas o más. Está cañón. Me parece que es feliz, a pesar de lo cansado de su trabajo y de las ocasionales peleas con Sisi o conmigo, o con Santi… Lo adora con todo su ser y se la pasa consintiéndolo. No sé si estarías peor tú que ella en ese tema. Es la más orgullosa, como seguro estás tú también, de que lea en español, inglés y francés, de que canta, baila y juega, y de que es lo más gritón en este mundo. Ahora anda muy emocionada porque será la cena navideña de la oficina y compró muchos regalos súper padres para todos. Otra ñoña. Ha adoptado a tu hija menor, Teremoon, que siempre siempre está en la luna. Aunque creo que mamá la ha hecho aterrizar un poquito. La ayuda muchísimo. Está por hacer su examen de la preparatoria, luego irá a estudiar una licenciatura. Parece niña chiquita.

Ya para terminar, te cuento que llegué a los 27, que celebré como loquita, que me la vivo exhausta y presionada con mis mil cosas que hacer, pero estoy contenta. Amo lo que hago, amo lo que estudio, amo mi familia, no me falta nada. Por cierto, Pookie es un perfecto gordo: le compré una pechera tamaño grande y ¡no le quedó! Estábamos muertos de risa por ello, pero sacando las croquetas de dieta también. Y bueno, ya, hasta aquí te dejo, Abue, que me marcho a dormir. Espero todo esté fantástico contigo y que no nos extrañes demasiado, nosotros a ti sí. Te amamos mucho, mucho, mucho. Te mandamos besos todos, hasta Pookie. Besos, Linette.

xx linette

Sobre privilegio, belleza y odio mal enfocado…

Un ensayo que escribí para mi amada clase de Figura Femenina en el siglo XX. No se olviden de comentar 🙈💙✨


Sobre privilegio, belleza y odio mal enfocado…

Por Linette Cozaya Otto
Abril 09, 2018.

Dimos lectura a dos obras literarias contextualizadas en lo que podría ser una de las posiciones menos privilegiadas antes y, tristemente, también actualmente: ser una mujer con piel de color oscuro. Qué Blanca Más Bonita Soy es literatura infantil, escrita por el holandés Dolf Verroen; Ojos Azules es una novela, de la ganadora del Premio Nobel: Toni Morrison. Aunque ambas obras tratan sobre personajes negros y cómo viven, lo hacen desde diferentes puntos de vista, mientras Verroen escoge ser la voz de la pequeña y blanca Maria, una niña privilegiada que recibe un esclavo negro para su doceavo cumpleaños, Morrison trata el tema visto desde los ojos no azules de Pecola, aunque cambie de personaje, es siempre desde la perspectiva de personajes afroamericanos.

En clase ahondamos en el tema del privilegio, concluyendo que privilegio es todo aquello que te coloca en una situación de poder sin que tú hayas hecho algo al respecto. Qué Blanca Más Bonita Soy demuestra la ceguera que tenemos, que vivimos, cuando estamos en posiciones privilegiadas: Maria no puede ver más allá del problema, no lo mide porque ni siquiera representa un problema para ella, es su realidad, su día a día, así tratan sus tías y su madre a los negros, es lo común en la sociedad en la que vive: ver y tratar a la gente de color como “el otro”, haciéndolos menos, humillándolos, normalizando el maltrato que sufrían día con día. Maria acepta fácilmente la posición de privilegio en la que ha nacido, sin detenerse a pensar si su forma de vida es correcta o no, respetuosa o justa, es más fácil seguir la corriente que ponerse a cuestionarla.

No podemos medir jamás lo que otros viven, por más empáticos que seamos o pretendamos ser, las situaciones jamás van a ser iguales, menos si queremos entender a alguien que no ha nacido con los privilegios que nosotros, podemos imaginarlo, pero hasta ahí, el sesgo que traemos no nos dejará jamás sentir la desesperanza, la soledad, la tristeza, el sentimiento de inferioridad… Lo más triste es que todo esto lo vivieron, fue real, y que sigue pasando en muchos sitios, que se trata con inferioridad al que no es igual, y no debería ser. “Todas las personas en esta historia han sido inventadas y, sin embargo, todo sucedió verdaderamente”, escribió el autor en el epílogo del libro, concluyendo que podrían cambiar los nombres de los personajes, y aun así, el cuento sigue retratando una realidad que vivieron muchísimos.

Morrison también trata el tema del privilegio, nos habla sobre los problemas que enfrentan los personajes, en una sociedad donde predominan los blancos, con sus reglas, que entonces los dejan relegados, los dejan marginados, en segundo plano. Todo el tiempo habla sobre el odio que se tienen ellos a ellos mismos, antes de darse cuenta que a quienes odian en realidad, es a los blancos, por estar en posiciones privilegiadas y hacer caso omiso de las vidas que llevan los que están debajo de ellos. Claudia y Frieda odian a sus compañeras blancas, a los personajes blancos famosos, los envidian, los admiran, pero quien más odio tenía, a mi parecer, era Cholly. Cholly con la experiencia que tuvo cuando murió su tía, y en el momento pensó sólo en el odio que tenía hacia la pobre niña con la que vivió esto, hasta que se dio cuenta que no había sido culpa de ella, ni de él, que la humillación que había sufrido, había sido de parte de los dos hombres blancos con lámparas.

En el cuento de Verroen también habla sobre interseccionalidad, que es cuando se unen varias características que te hacen no estar privilegiado, en este caso, las mujeres del cuento: Ula y La Cicatriz son perfecto ejemplo de este término, siendo de piel oscura y además, mujeres, viven sufriendo el abuso no nada más físico y psicológico de sus “dueños”, oh no, además sufren abuso sexual del que no pueden quejarse, y los niños que lleguen a parir, tendrán el mismo horrible destino, si es que los dejan vivir, porque, faltaba más, es decisión del patrón eso, no de la mujer que lo ha tenido.

Ambas obras literarias tratan, además, el tema de la belleza, en Qué Blanca Más Bonita Soy, Maria está obsesionada con lo blanca y bonita que es y con el tamaño de sus pechos: quiere senos prominentes como los de su madre. No puedo creer este tipo de pensamiento en una niña de doce años, es decir, lo puedo creer, pero me parece terrible, que una nena de esa edad esté preocupada por esas banalidades. Además, habla sobre lo “guapa” que está la amante negra del papá, a quien luego la madre deja una cicatriz en la cara, para luego burlarse de que no es guapa ya, muy probablemente arruinándole la mejor situación de esclavitud que había vivido, haciendo que luego fuera vendida de nuevo en el mercado.

Pero, ¿qué es belleza? ¿Quién decide si una es bella o no? Pecola definitivamente no se sentía bella, al contrario, se sentía y se juraba fea. Claudia y Frieda no se quedaban atrás, como mencioné anteriormente, envidiando a las niñas rubias del colegio al que asistían, preguntándose qué es lo que les hacía falta para ser tan lindas como ellas. Dijo Morrison en la voz de Claudia: “Si ella era bonita, y por encima de toda sospecha lo era, entonces nosotras no lo éramos. ¿Y qué significaba eso? Que nosotras éramos inferiores. Más simpáticas, más listas, pero a pesar de todo inferiores. Podíamos destruir las muñecas, pero no podíamos destruir las voces melosas de padres, madres, tíos y tías, la sumisión perceptible en los ojos de nuestros semejantes, el fulgor marrullero en los ojos de nuestros profesores cuando encontraban a las Maureen Peal del mundo. ¿Cuál era el secreto? ¿Qué nos faltaba? ¿Por qué era importante? ¿Y qué?” Lo que la sociedad cree que es bello está en constante cambio y aun así hay niñas y niños que no se sienten bonitos jamás en la vida, ¿cómo revertir eso? ¿El daño colectivo que hemos causado inconscientemente en tantos pequeños? ¿Cómo hacerles ver que la belleza no es algo que se pueda medir o calificar? Lo más triste, en el caso de Pecola, es que todo el mundo la consideraba fea en serio, y jamás entendí cómo podía ser así, ya que, en mi cabeza, todos tenemos gustos y opiniones distintas, entonces, ¿por qué no había ningún personaje que la considerara bonita? ¿O normal, por lo menos?

Me encantó leer el prefacio de Ojos Azules porque la autora habla sobre una amiga de la infancia que se odiaba a sí misma, no se aceptaba cómo era y envidiaba a las chicas blancas y rubias, así como los personajes en la novela, la chica ésta quería tener ojos azules, la autora se preguntaba por qué querría algo así, tan fuera de lugar, tan “rompedor”, si así como estaba, era perfecta. Fue así como llegó a Pecola, esa pequeña que soñaba con tener los ojos más azules, y rezaba por ellos, rezaba por escapar de su realidad, una realidad de la que desaparecía, según ella, en la que su padre alcohólico golpeaba a su madre mayormente ausente, donde su hermano Sammy prefería huir, y donde ella perdió toda inocencia a manos de su padre.

A Pecola le toca vivir cosas feas, desde el episodio con el gatito del niño nefasto que la invita a su casa, hasta el asesinato del perrito viejo cuya existencia molestaba a Soaphead, o sea, la niña no tenía descanso en la vida, si no era acosada en la escuela, o violada en casa, le pasaban este tipo de cosas. No me gustó su historia, me dieron ganas de abrazarla y decirle que estaría todo bien, así que no entiendo por qué nadie lo hizo en toda la novela. Me enterneció que por lo menos Soaphead se esmerara en hacerla feliz, llevándome a las lágrimas con el siguiente párrafo: “Soaphead frunció los labios y se tocó con la lengua un diente de oro. Pensó que estaba ante la petición más fantástica y al propio tiempo más lógica que jamás había recibido. Allí tenía a una niña fea pidiendo belleza. Una oleada de amor y comprensión amenazó con arrebatarle, pero fue rápidamente reemplazada por la ira. Ira por ser impotente para ayudarla. De todos los deseos que la gente le había transmitido —dinero, amor, venganza—, aquél le parecía el más conmovedor y el que más merecía ser satisfecho. Una niña que quería salir del pozo de su negrura y ver el mundo con ojos azules.” Y lo logró, logró que Pecola se viera con ojos azules, por lo menos su realidad no era tan triste ahora.

Otra de las escenas que me impactó en Ojos Azules, fue la de la madre de Pecola corriendo a las niñas de la cocina en la casa que trabajaba, porque el amor que tenía la mujer por esa casa, por esa familia, es algo que aparentemente jamás dio por la suya, y que lo dejara tan claro, tan descaradamente claro frente a Pecola y sus amigas, me rompió el corazón. Pecola ni siquiera la llamaba mamá, no, era Mrs. Breedlove, y en esta casa hasta apodo tenía, cuidando y amando a una niña blanca que no era suya, tratándola como jamás trató a Pecola o Sammy. Otro ejemplo de violencia psicológica, de parte de la madre a Pecola, y de odio de parte de la madre hacia su raza, hacia lo que era ella, lo que era su familia, ¿cómo se llega a guardar tanto odio? Me pareció muy triste, la inexistente relación madre-hija, el desinterés de la primera por la segunda, que le metiera una paliza al enterarse de lo que Cholly había hecho, la falta de amor entre todos ellos. Era de esperarse que Pecola terminara como lo hizo.

No entiendo muchas cosas en el mundo, las que más me molestan, son las que nos afectan a todos, como los temas aquí tratados. No entiendo por qué hubo segregación, por qué el color de piel te hace mejor o peor, por qué tienes más o menos voz dependiendo de tu género, y sobre todo, por qué todos estos problemas siguen vigentes. Tan fácil que sería respetarnos a todos, no tenemos que amarnos, pero nada nos cuesta ejercer nuestra libertad hasta donde empieza la del otro, y me cuesta trabajo, pero tengo la esperanza de que algún día así sea.

Bibliografía:

  • The Bluest Eye. Toni Morrison. 1970. United States of America. Vintage International.
  • Qué Blanca Más Bonita Soy. Dolf Verroen. 2007. España. Lóguez Ediciones.

xx linette