Escape

(Pintura: Christina’s World, de Andrew Wyeth)

Teníamos que escribir un cuento explicando lo que ocurría en alguna de las pinturas propuestas en clase… ¿Comenten, quizá? ☺️🍃✨


Escape

Por Linette Cozaya Otto

El viento soplaba fuerte. Agitaba con furia su cabello, golpeándola en las mejillas y nariz. Ella seguía corriendo. Sus piernas jamás se habían sentido tan potentes. Corría entre praderas, en un campo abierto que parecía no tener fin. No sabía qué día era. Tampoco conocía la hora, ni el mes. El encierro la había acostumbrado a escasa luz, y ahora, fuera, se sentía ciega y torpe. Corría casi con los ojos cerrados. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado ahí? Lo ignoraba. Sólo tenía claro que debía seguir, que detenerse significaba regresar a la oscuridad.

Su último recuerdo, antes del encierro, era de la última vez que comió helado: había salido a pasear con sus amigas, juntas, riendo, jugueteando, comprando. En la heladería les habían hecho un descuento porque al chico de los helados le gustaba alguna de ellas. Ese día pudo ser perfecto. Soleado, templado, de esos días que puedes andar con el vestido sin medias, sin demasiado frío ni calor. ¿Qué había pasado con sus amigas? Recordaba la separación cuando ninguna pudo acompañarla al sanitario, ella se había manchado con el helado y necesitaba limpiarlo. Fue ahí cuando sucedió lo que jamás pensó que le pasaría. Mientras limpiaba la mancha en su vestido, una mano se posó sobre su nariz y boca. Una mano que llegó lista, con la intención de dormirla en seguida. Recuerdos borrosos de una camioneta con olor a cerveza y orines, sombrío, con basura, manchas y rasguños. Luego, la oscuridad y el frío de lo que sería su celda, hasta antes de escapar.

No había palabras para la vida que se vivía en aquel sitio. Entraba poca luz durante el día, sin embargo, pudo reconocer su espacio y contó los días, rascando en la pared. Por las noches no podía dormir. Le habían proporcionado un sucio, maloliente y delgado colchón. Pero eran los llantos de otras como ella, los que la mantenían despierta. Se acomodaba en una esquina y abrazaba sus piernas, esperando que no le hicieran daño. La comida no contaba como comida: le servían una especie de puré, insípido y precario que sólo venía una vez al día. Al tercer día un hombre, alto y robusto, entró a revisarla. La llevó a que le dieran un baño con agua helada y luego a una habitación con una cama, donde la sentó para explicarle que si no cooperaba, la matarían. Le ordenó sacarse la ropa y acostarse en la cama. Se puso encima de ella y la penetró sin decir más. Las lágrimas bajaban hacia su oreja, su cabello y el colchón de la cama. Pensaba si su madre estaría buscándola, si padre estaría llorando desconsolado, si su hermano menor estaría poniendo atención en clase. ¿Y a su abuelita, le estarían dando el consuelo que seguro necesitaría? Pensó en volver a casa, si había sido culpa suya que esto le estuviera pasando, si algún día saldría de allí.

Cada día era un hombre distinto. Algunos eran clientes regulares, y la visitaban asiduamente. Los mejores días eran los que no tenía clientela. Días así le servían para escuchar, pensar y planificar. Había contado cinco guardias desde su celda hasta las habitaciones donde ella y otras quién, sabe cuántas, eran violadas todos los días. Desde las habitaciones se veía la salida principal, una vez había coincidido que alguien iba saliendo, y fuera, se veían automóviles estacionados y el sol. Sabía que era arriesgado, que quizá le costaría la vida, pero, ¿tenía otra opción?

Le sudaban las manos y le temblaba el cuerpo. No tenía armas, contaba solamente con el elemento sorpresa. Cuando el tipo que tocaba ese día le ordenó quitarse la ropa, ella se acercó a él como si fuera a besarlo. Después de recibir un rodillazo en los testículos y un piquete de dedo en cada ojo, el hombre se retorcía en el suelo. Aun así, decidió patearlo dos veces más antes de abrir la puerta. Una vez fuera de la habitación, corrió a la puerta principal. Corrió con la poca energía que tenía, corrió sin mirar atrás. Escuchó barullo, automóviles arrancando el motor. Tenía la piel erizada, pero sus piernas no se detenían. Se metió en lo que parecía un bosque y siguió avanzando lo más rápido que podía.

Estaba segura que habían pasado horas ya. No había bebido ni comido en mucho tiempo, empezaba a sentir que el mundo a su alrededor daba vueltas y que caería en cualquier momento. El viento soplaba fuerte. Agitaba con furia su cabello, golpeándola en las mejillas y nariz. Corría entre praderas, en un campo abierto que parecía no tener fin. A lo lejos, una casa, o lo que parecía ser una casa. ¿Es que por fin estaría a salvo? Tropezó y miró hacia donde se dirigía. Sí, una casa, con un granero. Miró hacia atrás, por primera vez: nadie venía persiguiéndola. Se levantó, observó sus manos pálidas, sus delgadas piernas. Nada importaba ya, pediría ayuda y volvería a casa. Todo estaría bien. Ojalá fuera así de fácil, para las personas que no han sido inventadas en una hoja de papel.

xx linette

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Estrés postraumático

A todos en clase les pareció que el personaje principal tenía “demasiado movimiento”. Lo escribí así porque, según yo, todo el tiempo nos estamos moviendo. Recomendaron que lo escriba en primera persona ahora, pero se los dejo como había pensado originalmente, con mi reto personal que era mostrar lo que sentía el personaje sin decirlo. Por favor, comenten sobre todo esto 😪 ¡Gracias! 💙✨


Estrés postraumático

Por Linette Cozaya

“Día cinco”, se leía en la hoja de la máquina de escribir. A su lado, una taza de café frío a medio beber. La mesa en donde se encontraban, era un desorden de papeles, pinceles manchados, plumas y cables. Se escuchaba el agua de la regadera. La habitación no tenía más movimiento que el de una tortuga que nadaba en su gran pecera de vidrio, sobre una repisa junto a la ventana. La escena parecía congelada en el tiempo, hasta que se movió el cerrojo y la puerta fue empujada. Alina miró la habitación con desinterés y entró. –¿Natalia?–, llamó. Se asomó al pasillo, de donde venía el sonido del agua corriendo, asintió, se encogió de hombros. Se acercó a la ventana y saludó a Pancracio, la tortuga, dejándole un poco de migas de pan.

Comenzó a ordenar los papeles del escritorio donde se encontraba la máquina de escribir. Puso la taza y los pinceles en el fregadero. De una bolsa, sacó manzanas, una papaya y una penca de bananas. –¿Nat?­­–, dijo inclinándose hacia el pasillo, ahora sí, esperando respuesta. Nada, sólo el agua cayendo. Caminó aprisa hacia la puerta del baño. Llamó con los nudillos. –¿Estás ahí? Contesta, please.– Giró la perilla al no obtener respuesta. Dentro, el agua caía detrás de la cortina azul transparente. Alina sintió el corazón pesado y un hoyo en el estómago. Corrió la cortina. No estaba. Cerró el grifo y salió del baño. –¿NAT?– Se apresuró a la habitación principal. Nada.

Alina tenía los ojos muy abiertos, su piel, antes bronceada, se veía pálida. Sus pecas se habían decolorado y su cabello se notaba agitado. Sacó su teléfono de la bolsa trasera de su pantalón y marcó. Continuó revisando cada rincón del pequeño apartamento. –¡Carajo, contesta!–, buzón de voz. –¡Puta madre!–. Se sentó en la silla del escritorio, mirando de lado a lado la habitación. Se asomó a la ventana. Volvió al asiento y marcó otro número. –Hola. Sí. Bien. Bueno, no. ¿Te llamó Natalia… o algo? No. Es que no está. ¿Si te marca me dices? Vale. Gracias. Sí, sí. Estoy tranquila. Gracias. Bye.­– Exhaló mientras se rascaba el brazo. Aventó el teléfono y se llevó las manos al cabello. De ser una gran melena de cabello negro pasó a una coleta apretada, que luego fue soltada. Se tapó los ojos con las manos, que luego bajaron hacia la boca. Sus ojos tenían lágrimas atrapadas que luchaban desesperadas por salir.

Se abrió la puerta. Entró una mujer en pants y sudadera, con el cabello castaño, raspones y manchas de tierra en todo el cuerpo. –¿DÓNDE COÑO ESTABAS?– Natalia la miró con paciencia y sonrió como si mirarla así le causara pena. –Hola, amor.– Alina se levantó y llegó frente a Natalia en un segundo. –¿Te costaba mucho mandarme un maldito mensaje?–, –Lo hice, amor, te juro.–, Natalia sacó su teléfono y mostró el mensaje enviado y recibido. –Oh.– Alina se quedó ahí parada, con los hombros caídos y las lágrimas bajando silenciosamente por sus mejillas. –Tranquila, amor, no ha pasado nada, ¿vale? No es como que a una se la puedan llevar dos veces.– Alina se aferró a la cintura de Natalia, ésta la llenó de besos en la frente. –Ojalá estuvieras aquí…– Dijo Alina, cayendo sobre sus rodillas frente a la puerta cerrada. El sonido del agua cayendo en la regadera empezó de nuevo.

xx linette

El Bosque

¡Holi! Tarde, pero bueno, acá les dejo un mini cuento… MUY mini 😛🌲🌳🌲🌳🌲🌳


El Bosque

Por Linette Cozaya Otto

Abrió los ojos. Se encontraba en medio de un sitio en el que jamás había estado: un bosque. Un gran, oscuro y frío bosque. El viento, agresivo, revolvía su cabello, su ropa. Sentía cómo se erizaba su piel. Los árboles lo miraban desde lo alto, desdeñándolo, haciéndolo sentir pequeño con sus grandes copas y retorcidas ramas. La luna se ocultaba entre las nubes, proyectando las más extrañas sombras. Lo envolvían el olor a pasto y tierra mojada, a animal muerto y hojas echándose a perder. El viento chillaba, los lobos aullaban. Sólo quería salir de ahí. Comenzó a correr, pero era inútil: el bosque se iba haciendo cada vez más estrecho, más oscuro. Sentía que cada vez veía menos, la neblina era espesa, los árboles se burlaban de él. Estaba cansado, le costaba respirar, su corazón brincaba como si quisiera salirse de su sitio, tenía el cabello empapado en sudor, pegado a su frente y cuello, le temblaban las manos. Necesitaba encontrar la salida. Tomó aire y siguió corriendo. Las ramas de los árboles le arañaban la cara, y, de repente, nada bajo sus pies. Comenzó a caer, gritó como nunca. El estómago revuelto y la falta de aire lo obligaron a callar. Buscó desesperado algo de dónde aferrarse. Una luz muy fuerte lo golpeó en la cara. Había amanecido.

Él

¡Holi a todos! Traigo un nuevo cuento: una historia de amor, porque #febrero. Espero les guste, lo compartan y comenten mucho ☺️ ¡gracias por leerme! 🙊💙✨

Él

Por Linette Cozaya Otto

Me gustaba verlo sonreír. Su sonrisa era especial porque estaba chueca, como si un hilo la jalara más de un lado que del otro. Además, un hoyuelo aparecía cuando lo hacía, pero sólo uno: del lado izquierdo. Y si se reía, abría la boca como si fuera a dejar caer la quijada, echando la cabeza para atrás. Reía con ganas, reía feliz. Al cantar se esforzaba, aunque tenía una linda voz, para poder llegar a notas difíciles, sin dejar de jugar a que daba un concierto. Las ventanas abajo, el viento jugando con nuestro cabello, la música a tope y nosotros cantando. Fueron los mejores días de mi vida.

La vida su lado era fantástica al principio: escucharlo hablar de lo que le apasionaba era el cielo. Podíamos pasar horas escuchando álbum por álbum de sus bandas preferidas y me contaba detalles que no entiendo dónde se guardaba: cómo se había formado la banda, cómo habían hecho ese álbum, si tal o cuál canción había sido dedicada o escrita específicamente para algo o alguien. Nunca dejaré de admirar la gran memoria que tenía. Si no estábamos en eso, nos encantaba jugar videojuegos, representaban: horas y horas de nervios y asombro. Mirarlo de reojo mientras peleaba, era un deleite, ¡se concentraba tanto! También nos gustaba salir a comer. Íbamos por la vida buscando las mejores malteadas, la mejor cerveza y la mejor hamburguesa. Aunque tenía sus preferidas, y las visitábamos cada que podíamos.

No sé en qué momento dejó de ser el hombre fantástico que amaba y admiraba. Un día, de la nada, empezaron las peleas. Peleas que subían cada vez más de tono, que me dejaban con la sensación de ser el peor ser humano del mundo. De ser una pareja feliz, pasamos a ser una pareja que nada más fingía: en cualquier evento social, se comportaba como el caballero del que me había enamorado, fuera del evento, volvíamos a que me odiara por no cooperar, por no ser lo que él quería, por no poder tener el tiempo del mundo y por no haber salido con él antes en nuestras vidas. Absolutamente todo era problema, si no había problema, se lo inventaba. Había veces que no quería contestar a sus mensajes de la ansiedad que me provocaba. Me amenazaba entonces porque, ¿dónde iba yo a conseguir a alguien que me quisiera como él lo hacía? Debía estar agradecido por tenerlo, por verlo cada vez menos y que hiciera espacio en su apretada agenda para vernos. Debía cumplirle cada capricho porque él hacía todo por nosotros. Nunca supe a qué se refería con “todo”. Me dolían sus palabras, me dolían sus mentiras.

¿En qué momento dejó de quererme? ¿Qué fue lo que hice mal? Uno da todo de sí: tiempo, amor, confianza… Y termina pisoteado, con el corazón en la mano y planes rotos. Solíamos ser de las parejas felices en redes sociales y la vida real. Ya no éramos felices en ninguna. Si lo etiquetaba en algo, en alguna red social, jamás me contestaba, era más fácil imaginarme que lo había visto cuando compartía contenidos aún sin contestarme. De hablar todo el día, pasamos a cinco mensajes: los “ya salí” y “ya llegué”, los “te amo”, “te extraño”, que ya tampoco contestaba, y los “¿te voy a ver mañana… o algún día?” que enviaba cuando me armaba de mucho, muchísimo valor. Todo para recibir un “sí”, sin hora, lugar, ni plan. A veces me animaba a pedir esa información: resultaba en pelea. Cuando no lo hacía, ¿qué pasaba? Pelea también. No había forma de ganar con él.

El momento del fin fue inesperado, jamás pensé que sería la última vez. Quedamos de vernos en el café de siempre. Nos gustaba beber la mitad sentados y la otra mitad caminando en el parque que se encontraba justo enfrente. Llevábamos semanas peleando, sabía que algo no andaba bien. Aun así me arreglé para él: zapatos bonitos, cera en el cabello, suéter lindo y loción. Llegó tarde, una hora tarde, no hubo ni disculpa ni pretexto. Se sentó frente a mi sonriendo mientras preguntaba cómo estaba. Enfadado, por supuesto. ¿Le costaba mucho enviar un mensaje para avisar que venía retrasado? Al parecer sí. Y, como siempre, era culpa mía por no ser lo suficientemente comprensivo. Me tomó de la mano y pidió que pasáramos un buen rato. Honestamente no creo que a nadie en el mundo se le pase rápido un enojo de ese tamaño, así que dije que lo intentaría: mala respuesta. ¿Para qué quería verlo si íbamos a estar de mal humor? Supuse que tenía razón y entonces pregunté, con afán de charlar, cómo había ido su día y por qué había llegado tarde. Acto seguido, reclamaba de nuevo lo mal que manejo mis emociones. Estaba a punto de llorar, de rabia y tristeza. Perdí el piso en algún punto de la relación y creía todo lo que él decía. Entonces sí, estaba arruinando la cita.

Se levantó abruptamente y amenazó con irse. Mi corazón saltó como nunca antes. Rogué que no se fuera. Dejó que lo hiciera, preguntaba por qué debía quedarse, humillándome todavía más. Y, pendejo yo, le seguía contestando, le seguía implorando. Decidió que nada de lo que dijera lo haría quedarse ni un minuto más conmigo. Cogió su chaqueta y dijo adiós. No supe qué hacer. Me quedé ahí sentado mientras la gente a mi alrededor iba y venía. ¿Era un sueño acaso? Me sentí mareado. Después de un rato logré reunir la fuerza para levantarme y caminé a casa. Miré el teléfono en mi mano: cero mensajes, cero llamadas. ¿Qué estaba pasando? ¿Quería decir esto que jamás lo volvería a ver? Llegué a casa y me tiré en la cama. Encendí la televisión y lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté al otro día tenía, por fin, un mensaje suyo. Un mensaje como cuando nos escribíamos los buenos días: como si nada hubiera pasado el día anterior. No era la primera vez que pasaba esto. Contesté desconcertado si todo estaba bien. Y sí, según él, todo en orden. Esto no podía ser. Después de todo lo que había pasado, después de ayer, que me escribiera de esta forma, no estaba bien. Se lo dije, con miedo, con duda. Por supuesto yo estaba en un error y yo tenía que ofrecerle disculpas por el trato horrible que le había dado. No quise. No era justo. Compuse el mensaje más largo que he enviado en WhatsApp, tenía mucho que decir, desde lo que sentía que había estado mal, hasta lo mucho que lo amaba. Le deseé bonita vida, salud y felicidad, a él, a su familia amigos. Envié el mensaje y lo bloqueé. Jamás tendría de nuevo sus labios, su piel, sus abrazos, jamás sentiría sus dedos entre los míos, no jugaría ya con su cabello, ni robaría besos a su nariz, no cantaríamos ni viajaríamos, no veríamos todas las películas que existen, pero tampoco me sentiría usado, triste, ansioso y enfadado con cosas que no había hecho yo. Aprendí que nadie tiene por qué hacerme sentir mal, y que quien me ame, estará feliz y agradecido de estar conmigo. Quien me ame, lo va a decir con hechos, estará presente, estará feliz. Quien me ame no me dejará esperando, no me dejará llorando. Y mientras eso pasa, me dedicaré a reconstruirme, a buscar los pedazos de mí que me obligó a dejar tirados, a invitarme a mí mismo al cine y sacarme a bailar al ritmo de los muchos álbumes que descubrí con él.

xx linette

The Last Showdown

El siguiente es un texto que escribí hace cinco meses, espero no lo odien. No se olviden de comentar 😌💙✨


The Last Showdown

You are not fair. Not one bit. I am crying my eyes out since you left. Don’t you dare telling me you love me. Cause you don’t. I don’t believe a word you say. When you love someone, you take care of them, you hug them and kiss them and you tell them everything will be alright. When you love someone you try everything to be ok with that person, and if you see him/her trying, you try with them, you don’t leave!! When you love someone, you make the most of EVERY SECOND. If that someone is apologizing, you stay, you accept the apology and work it out, if that someone is begging you to stay, to hug them, to be there for them, YOU FUCKING DO, BECAUSE THAT’S WHAT LOVE IS ABOUT. About giving everything. About caring for each other. About working out every fight. About forgiving. About SHOWING YOU LOVE THEM. Not about leaving. Not about making the “loved one” cry. You don’t leave. You stay. You WORK IT OUT. Because if it really is love, you cherish every moment, if it really is love, you give everything, to be happy with that person, to see her/him smile. To feel him/her near to you, to feel her/his touch.

Tonight you broke my heart. Again. And I hate myself for letting you do this to me. And sometimes I wish I had closed that door, I wouldn’t be crying right now, I wouldn’t be hurting. I really think I don’t deserve to be treated this way. Yes, I was angry when you got here, yes, i told you about it. But I thought I was being mature by speaking out, by telling you what was bothering me. And I wasn’t? Am I a bitch for wanting to be with you ? For expecting you earlier because YOU said we were going to have dinner???? Am I a bitch for wanting a simple two second “let’s reschedule” text??!!!?!?!? Am I crazy for thinking that my time is equally important and that is rude to make someone wait?????????????????? AGAIN??!!!? Please, if someone thinks I’m being irrational, i beg, let me know, because as far as I know, making someone wait on you, just cause, is rude.

Anyway. I didn’t think you’d leave. I even hurt my arm trying to keep you here… ugh. Sorry for that. I’ll never ever do that to anyone, I just thought we could talk about it, or kiss and fix it… but you didn’t even touch me. Once again you proved me that I can’t make you want me, I can’t make you love me, I can’t make you want to stay, I can’t force anyone, for that matter. And I shouldn’t even try. But the saddest part here, is that you wanted to leave, that you don’t want me, you don’t want to hold me or be anywhere near me, and that any excuse will work for you. You don’t love me, and I can’t make you love me… I was so excited about today. I was happy about dinner with you… I was expecting it, with my heart full of joy and wishing lots of pictures and maybe a little bit of wine… I was wishing for laughs and kisses… and all I have now is swollen eyes, a broken heart, fucking cramps and my arm that hurts… I can’t stop crying. I can’t believe you left. You ever threaten me… Holy fuck….. I don’t know what to think about that…

You broke me. Yet again… Stupid me. Stupid, stupid, stupid me. But I tried. I tried to fix it. I tried to be ok and have a nice time, I offered an apology and I kissed you goodbye. I tried. Because I do love you, because I do care, about this, about you… I would never put you at the bottom of my list, and I would never leave if you asked me to stay… I’ve done everything I can to show you I’m here for you, that I care, that I love you to the moon and back… And all I get is… This. A non-relationship where I can’t even talk about the things I want nor the things that bother me… Because then I’m a bitch and I’m ungrateful… Right? And that’s not fair. I’ll stop crying, because this too shall pass, I’ll be ok, and you don’t deserve my tears. You left. I didn’t. I’m still here and I’m not afraid to say I love you… But I ain’t got no more tears for you. I’m done.

xx linette

Lena

¡Holi a todos! Antes que nada, necesito que sepan que con este cuento no pretendo promover nada, sólo necesitaba escribirlo. Es algo que he cargado por muchos años ya y que a veces aún siento que me persigue. No se olviden de comentar. Gracias por leerme 💙🌙💫


Lena

Por Linette Cozaya Otto

Era muy fácil engañarlos a todos, aparentemente nadie se daba cuenta de lo que pasaba en la vida de Lena. ¿El motivo? Se odiaba. Se detestaba y se daba asco. Mirarse en el espejo era la peor parte del día, aunque luego buscara desesperada su reflejo para revisar qué tan mal se veía, porque nunca se veía bien. ¿Cómo podía verse bien alguien con su peso? ¿Con toda esa grasa asquerosa encima? Vestirse también era complicado: siempre mangas largas, si no hallaba una blusa con esas condiciones estaba condenada a no sacarse el suéter en todo el día. No importaba mucho, casi siempre tenía frío, así que funcionaba. Jeans, por supuesto, se había rendido con las medias, eso de andarse por la vida con las piernas temblando como gelatina no era opción. No le gustaba amarrarse el cabello, se le vería la cara y eso la hacía sentir desprotegida. La mochila era siempre la misma y la elección de zapatos era fácil también: cómodos, para poder andar sin problema.

La acababan de cambiar de escuela. Una compañera del anterior colegio había informado a la prefecta lo que Lena hacía con el desayuno al llegar a clase. La prefecta había llamado a la madre y todo se había ido a la mierda. Ahora Lena tenía que comer frente a su madre y tenía prohibido utilizar el baño después de terminados los alimentos. ¡Qué putada! ¿Así cómo llegaría a su peso ideal? Era una vaca, una asquerosa vaca grande y fea. Y así la querían seguir manteniendo: como pinche vaca. Se rehusaba a ser esa vaca, así que comía lo menos posible, de todos modos le entraba poco. Era bastante cómodo que pasaba muchas horas en la escuela, cosa que facilitaba gastarse el dinero en cigarros y café. Lo difícil eran los fines de semana. Siempre juntos todos, siempre en reuniones familiares, siempre comiendo. Por más pendeja que se hiciera Lena, terminaba rebasando su límite de calorías. El horror.

Las consecuencias de pasar esa línea no eran bonitas, de hecho, eran hasta peligrosas: alguien podía cacharla. Lena esperaba a que todos en casa durmieran. No era difícil esperar ese momento, ya que en cuanto llegaba la noche, la invadía una ansiedad que le hacía temblar, sudar frío y lagrimar. Una vez que el silencio inundaba la casa, sacaba a sus filosas amigas, sus manchados pañuelos desechables y hacía llorar a su piel. Su lugar favorito y más cómodo era el brazo izquierdo, ya que Lena era diestra, pero era incómodo para cualquier cosa que requiriera sacarse las mangas, así que a veces optaba por el muslo, la cintura o la pierna. Bajaba su pantalón, seguido de su ropa interior y empujaba la navaja contra su piel hasta que se separaba un lado del otro y brotaba suavemente el líquido que nos corre a todos por el cuerpo. Tenía que acomodar el pañuelo estratégicamente debajo de donde caerían las gotas para no manchar sus sábanas. Castigar esa área era más sencillo cuando lo hacía levantada, así atoraba el pañuelo en la ropa interior y pantalón que no bajaba completos. Entonces cortaba más veces, repasaba para que se hicieran más profundas las tajaduras. Se sentía bien. La sangre, al bajar hasta el pañuelo era fría, el aire que le entraba en los cortes parecía acariciarlos, queriéndolos sanar.

¿Cuántas veces había hecho esto antes? Al principio no era tan sencillo: los cortes eran delgados, breves, tímidos; sanaban pronto y traían poca satisfacción. Mientras más penetraba las grietas que se hacía, más placer sentía, más perdonaba por haber tragado como hipopótamo, por haberse comportado como cerdo famélico. Conforme pasaban los días, crecían las cicatrices en tamaño y cantidad. A veces ni siquiera era necesario el pretexto de las calorías. Después de hallar el consuelo en su sangre, limpiaba las heridas con el mismo pañuelo húmedo, que luego dejaba como barrera entre su cuerpo y la ropa, escondía las navajas y podía dormir por fin. Era inexplicable el placer que le causaba despertar y tener que despegar el pañuelo ya seco que se aferraba a su piel. Reabría las llagas, escondía el pañuelo ensangrentado y se metía a bañar. Pasaban los días, se repetía la secuencia, a nadie le importaba.

La sensación de satisfacción duraba lo que duraban sus sueños. Una vez limpia, en su habitación, se sentía más sucia que nunca. Avergonzada, patética. No nada más era una bola gigante de grasa, también estaba llena de marcas. Por más meticulosa que fuera con la comida, siempre quería más. Si comía, se arrepentía y se obligaba a vomitar. El deleite de devolver lo comido nunca era suficiente, era más grande la repulsión por haber comido en primer lugar. ¿No tenía control acaso? ¿No era fuerte como las niñas magníficas que veía en todos lados? ¿Por qué Lena no había nacido bendecida con un cuerpo delgado y perfecto? Caminaba todo lo que podía caminar aunque le faltara el aire o se sintiera desmayar. Ejercitaba en su habitación, en silencio, buscando quemar las pocas calorías que ingería en el día. ¿Chocolate? Se compraba uno al día, lo guardaba en la mochila y lo cargaba todo el día hasta esconderlo en su cajón de tesoros. Cada chocolate guardado representaba todo un logro. La hacía sentir orgullosa ver cómo se iba llenando el cajón de comida que jamás se comería.

Tenía muy bien trabajado el asunto de la devolución de comida. Era bastante sencillo, de hecho, una vez que lo dominabas. Lo que más facilitaba a Lena el trabajo es que había aprendido a hacerlo en silencio. Podía entonces provocárselo en cualquier baño sin temor a que alguien preguntara si se encontraba bien. La preparación venía desde la ingesta: al comer debía beber cuánta agua pudiera. Mientras menos agua intercalara con sus alimentos, más rasparía su garganta. En cuclillas frente al inodoro, se olvidaba de todo el asco que pudiera provocar estar tan cerca del sitio donde otros mean y defecan: era más grande el asco que sentía por ella misma y por todo lo que traía en la barriga. Inhalar, meterse el dedo y sentir las contracciones en el estómago que comenzaba a mandar todo para arriba. Nunca encontró un método que no le ensuciara la mano utilizada, así que estaba acostumbrada a sentir el vómito tibio al salir. Quitaba la mano y lanzaba todo lo que traía la primera arcada. La clave era meterse el dedo de nuevo justo al final, para poder seguir sin que la tráquea bajara todo el esfuerzo logrado. Lena sabía identificar cuando no había más comida ya. Cogía papel para limpiarse la mano, la cara, las lágrimas. Era preciso bajar la palanca y esperar a que se llenara de agua para hacerlo una segunda o tercera vez, no podía dejar evidencia. Lavarse la cara y enjuagarse la boca para luego saborear una Halls de miel y poder volver a la vida como si nada hubiera pasado.

La manera de comer también ayudaba a vomitar fácilmente y controlar las cantidades. Lena tenía todo un sistema: además de tomar agua entre cada bocado, la comida tenía que ser partida y repartida en partes iguales. Si el plato constaba de tres cosas distintas (pollo, arroz y ensalada, por ejemplo), no podía terminarse una antes que otra. Lena cortaba todo lo que había en el plato y comía en orden: un bocado de pollo, una cucharadita de arroz, un poquito de ensalada. Así sucesivamente hasta dejar mínimo un cuarto del total. No debía haber tortilla, pan y, mucho menos, postre. El agua tenía que ser simple. Algunas niñas, en los blogs que leía, utilizaban Coca Zero o de dieta, a Lena le parecía que era una tontería y prefería beber café, sin azúcar, sin leche, por supuesto. Tenía una lista larga de comidas prohibidas, que incluía desde las papitas Sabritas hasta la pizza y los condimentos. Lo que más le daba asco en la vida, además de su cuerpo, era la mayonesa, al grado que le provocaba arcadas si le llegaba el olor.

Nadie te cuenta en ningún lado lo asqueroso que puede ser guardar secretos así. Nadie habla sobre el lanugo, sobre la amenorrea, sobre el olor ácido en la boca, sobre los dientes astillados. No vemos a las niñas bonitas de revistas, televisión, Tumblr e Instagram llorando todas las noches, odiando sus cuerpos, desgarrando su piel. ¿Por qué ellas eran perfectas y Lena no podía lograrlo? Cuidaba su piel, su cabello, sus uñas, sus calificaciones, pero no dejaba de ser un fracaso. No dejaba de ser una maldita vaca. ¿Cuánto tenía que dejar de comer para poder verse linda en un suéter holgado? ¿Para poder sentirse segura con el tamaño de sus brazos? ¿Para que sus piernas no rebotaran a cada paso? Cada día estaba más cansada. Cada día menos cerca de su meta, que se alejaba conforme ella avanzaba.

Su peso más bajo fueron los 45kg. Pa-té-ti-ca. Ni siquiera pudo llegar a los 42 que esperaba ese mes. Lena nunca se vio como quiso. Estaba tan obesa que sus esfuerzos no dieron frutos. Ningún “oye, has bajado de peso” ni “¿estás comiendo bien?”. Tampoco tuvo desmayos (salvo una vez que casi le pasa después de una presentación de porras, pero he ahí el detalle: casi). No estuvo jamás debajo de su peso, ni tan pálida ni frágil que parecía que se rompería. La ropa XS le quedaba bien, no aguada, como debería ser y la barriga no se le inflamaba por tan solo haber bebido agua. Nació siendo una vaca y murió siendo una vaca. Tan triste su situación que ni siquiera murió a causa de lo que ella misma se hacía. Una decepción total para todas las Ana y Mía. Lo único positivo fue que Lena quería morir y por fin lo consiguió. Su sueño había sido que le quedara grande el ataúd, y no lo logró. Tirada en el asfalto, con el conductor gritando escandalizado y la gente reuniéndose al rededor del accidente, derramó su última lágrima de odio a ella misma y dejó que sus heridas sangraran sin cesar. Pensó en el chocolate de ese día, que jamás llegaría a su cajón. Pensó en su mamá, que seguro no pararía de llorar. Nada había valido la pena. Nadie la podía salvar ya.

xx linette

El camino a la luna

Quería un cuento que no tuviera final feo. No se olviden de comentar. 🌙☄️💫✨
Sugerencia de lectura: escuchar Lunar Sea de Camel:


El Camino a la Luna

Por Linette Cozaya Otto

Fetia miraba las estrellas antes de irse a dormir. Su madre la dejaba admirarlas con la ventana abierta, siempre que no lloviera. Le gustaba que el cálido aire acariciara su cara y despeinara su castaño cabello. Tenía los ojos grises, grandes, brillantes, reflejaban toda la inocencia que una niña de cinco años puede tener. De piel suave y mejillas rosas, tenía el cuerpo menudo e inagotable energía. Apagaba la luz para encontrarse de frente con la luna, su habitación se sumía en una oscuridad interrumpida solamente por las estrellas fluorescentes que tenía pegadas en el techo. Hablaba con las estrellas, mandaba besos a la luna y se marchaba a dormir.

Vivía en un apartamento amplio, al que le entraba mucha luz de día y nada de noche. Tenían dos gatos traviesos con los que jugaba por las tardes: Inti y Lúa, el primero blanco con la nariz rosa, un ojo verde y uno azul; la segunda, negra con las patitas blancas, como si trajera botines. Fetia también hablaba con ellos, le contaban historias de todo tipo: dónde vivían las brujas, por qué no les agradaban los perros, el origen de la vida o de qué trataban las canciones de los grillos. La historia que más le gustaba escuchar era la del camino a la luna.

Para llegar a la luna, lo que una tenía que hacer era charlar con las estrellas, hacerse su amiga, contarles chistes y secretos. Una vez que consiguieras la amistad de ocho estrellas, podías pedirles que se alinearan para usarlas de escalera y, entonces, llegar a la luna. A Fetia le emocionaba mucho la idea, es por eso que cada noche se acercaba a ellas y les contaba sobre el camino de piedritas que había acomodado en la maceta del balcón para llevar a las hormigas a las migas de pan que les dejaba cada mañana; les contaba sobre el rincón en el armario de mamá donde se escondía para ver brillar el reloj que le había regalado abuelita Aurora; también sobre los amigos que hacía cuando jugaba en el parque, y de las veces que daba las sobras de comida a Inti y Lúa, sin que la viera mamá.

¿Cuánto tiempo era necesario para entablar una buena amistad con una estrella? No importaba, en realidad, lo hacía con gusto, no conocía a nadie más que tuviera amigas estrellas… No conocía a nadie más que hablara con ella. En el colegio, las niñas eran malas con Fetia, no la invitaban a jugar y le enseñaban la lengua; los niños, en cambio, la empujaban, le hacían caras y le cantaban “qué fea que es Fetia, qué fea que es Fetia”. No importaba, era feliz quedándose en el salón con Miss Lulú, la ayudaba a repartir los materiales que utilizarían al terminar el recreo y se sentaba a dibujar a sus amigas estrellas.

No había momento en el día que le gustara más a Fetia que la hora de ir a dormir. Su mamá cepillaba sus largos bucles mientras cantaban alguna canción de cuna y, por fin, la dejaba sola para que pudiera poner al tanto a sus estrellas de lo que había aprendido en la escuela. Cada vez las veía y sentía más cerca, la luna más grande, las estrellas más brillantes. ¿Sería que se acercaba el momento de visitar a la luna? Inti y Lúa venían a acurrucarse con ella. “Casi es hora, Fetia”, le decían, y su corazón se llenaba de luz y calor, electricidad corría por su cuerpo y saltaba a la cama para arrullarse con la luna mirándola desde su sitio.

Los viernes eran los días que hacían manualidades en el colegio. Cosas sencillas como pintar una cartulina o más elaboradas como adornos para la casa. Fetia pensó en hacer un regalo para sus amigas las estrellas, ese día trabajan con cartón y pinturas, una gran estrella con diamantina dorada sería un gran detalle para ellas. Trabajaba con ahínco en la hazaña pensada cuando alguien la tomó del cabello, que ese día alzaba en una coleta. En un segundo lo sintió liberado, puso la mano en la nuca, ya no estaba el gran moño que la había adornado. Al voltear, Sebastián, sonriendo victorioso agitaba el gran mechón de cabello en la mano. Gotas gordas rodaron por las mejillas de Fetia. Miss Lulú los llevó a ambos fuera del salón, llamaron a ambos padres y decidieron un castigo para Sebastián. El regalo a las estrellas se había arruinado con las lágrimas.

Estaba decidido, Fetia preguntaría a sus amigas estrellas si podía visitar ya a la luna. No quería mirarse al espejo, mamá había llorado al verla después de la escuela, seguro que se veía horrible. Quería irse a casa, tardaron en salir, tuvo que escuchar los muchos gritos de su madre a Miss Lulú. Después de jugar y leer cuentos, por fin era la hora de dormir. Dientes lavados, cabello cepillado (lo poco que quedaba), beso de mamá y persiana abierta: estaba lista. Inti y Lúa vinieron a acompañarla, saludaron a las estrellas y Fetia pidió que se alinearan para ella. ¡Lo hicieron! Su sonrisa era gigante, sus ojos brillaban más que nunca. Abrió la ventana, la noche era cálida. Extendió el presente que había hecho para ellas, las estrellas brillaron con más intensidad.

“Muchas gracias por el hermoso regalo que nos has traído”, dijo la estrella que más se acercó. Se acomodó debajo de la ventana para que Fetia pudiera salir y pararse sobre ella. Inti y Lúa la siguieron. Los tres en la estrella se elevaron. Veían cómo las casas se alejaban, cómo ondeaban las cortinas de la vecina de enfrente y a Sansón ladrándoles desde el jardín de doña Julia. El aire era tibio y acariciaba con amor las mejillas de Fetia. Llegaron a donde se encontraba la segunda estrella, “buenas noches”, saludaron todos. Agradecieron a la primera y pasaron a la siguiente. La segunda estrella era todavía más brillante, les habló sobre lo bello y cálido que era el sol y sobre los planetas que a veces visitaba, Saturno con sus anillos, bailaba como loco cuando iba a verlo, en cambio Plutón era frío y se la pasaba ofreciendo té calientísimo y disculpas por el clima.

La tercera estrella se llamaba Ti, le gustaba el olor del chocolate y el pan recién horneado. Confesó que era una espía secreta de los humanos: fan de mirarlos cuando más lo hacía, cuando se relajaban y se rascaban la nariz, dejaban inflar la barriga y se miraban en el espejo para hacer caras graciosas o tener conversaciones que con nadie más tenían. Los humanos eran algo extraño y fascinante para Ti, apuntaba todo en un diario y luego le contaba a sus amigas estrellas, que la escuchaban atentamente. Estrellina era la cuarta, ¡sí, como la famosa del cuento! Y el nombre le quedaba perfecto, era igual de intensa y traviesa. La diferencia es que Estrellina jamás se había extraviado, era muy apegada a su familia, rara vez se separaba de su hermana: la quinta estrella con ella conversaron sobre el horrible día que había tenido Fetia. Inti y Lúa estaban enfadados con el niño que le había hecho daño, pero sabían que Fetia era muy fuerte y que ese niño no merecía ocupar ni un segundo de rencor en sus corazones.

La sexta y séptima estrella venían tomadas de la mano. Eran estrellas fugaces: viajeras por excelencia, las hadas madrinas del cielo. Fetia les pidió sólo un deseo: que mamá y papá estuvieran bien y no se preocuparan por su ausencia. Ellas podían con cualquier deseo. La octava estrella, Fi, era la menos platicadora, así que Fetia se puso a cantar con ella hasta que subieron tan alto que la octava estrella los dejó justo encima de la luna, que esa noche era cuarto creciente.

Saludaron a la luna con una reverencia, ella batió sus pestañas y saludó insinuando una sonrisa. Su voz era profunda, sensual y suave a la vez. Era enorme, brillante, elegante, preciosa. Inti y Lúa no paraban de embarrarse contra ella y ronronear. Fetia no podía creer que la tuviera tan cerca, podría hablar con ella toda la noche. Hablaron sobre la escuela, Fetia era una excelente estudiante, sacaba diez en todas sus planas y dibujos. Sus maestras la querían mucho, la dejaban comer junto a ellas cuando las niñas de la clase le cerraban el círculo. Fetia le contó el vacío que sintió gracias al nuevo corte de cabello, cómo le había dolido como si hubiera sido un brazo o una pierna. Explicó cómo se había echado a perder el regalo que había hecho a las estrellas, que aún así ellas habían amado. Le dijo sobre su abuelita, que silbaba mientras cocinaba, sobre cómo reía su mamá y cómo roncaba su papá. Después de horas y horas de charla, se acomodaron en la luna como si fuera una cuna, y ella los meció hasta que se quedaron dormidos. Fetia se sentía por fin en casa.

xx linette