La Bestia

Cuento con muchos fragmentos de mi niñez 😌🍃 No se olviden de comentar 💙✨


La Bestia

Por Linette Cozaya Otto

Jugaba con mi hermana todo el tiempo. Éramos las mejores amigas. Tenía dos años menos que yo. Era bonita, de largo cabello lacio y negro, llena de lunares por aquí y por allá. De brazos frágiles, pero piernas fuertes. Era una niña feliz. Corría a lo largo de la cancha, el sitio donde solíamos jugar cuando nuestra abuelita nos cuidaba por las tardes, y por los pasillos enmarcados de árboles, que hacían del sitio un húmedo, frío y misterioso bosque. Nos trepábamos en las paredes inclinadas de piedra que separaban cada bloque de edificios y ella lloraba cuando le daba miedo bajar. A veces la molestaba, pero siempre la cuidaba.

Muchas batallas se libraron en esos sitios. Muchas aventuras, que luchamos también dentro del apartamento de abuelita. Mis primos también venían a jugar entre semana: otro par de hermanos, otros dos años de diferencia entre uno y otro. Carla y Bruno, ella, la mayor. Podría decirse que estábamos siempre juntos. Comíamos, hacíamos la tarea y jugábamos horas y horas. A veces dentro de casa, a veces fuera. Luego veíamos caricaturas mientras esperábamos que nuestros padres nos recogieran para ir a casa. Comprábamos a la señora que gritaba “¡el paaaaaaan duuuuuuuuuul-ceeeeeeee a peso!” y cenábamos con chocolate del que compraba abuelita y no era Chocomilk.

A veces nos dejaban solos, era divertido y terrorífico a la vez. Abuelita no podría llevarnos a todos a la tienda, era un desorden, así que nos encerraba y confiaba en que no destruiríamos la casa. Era cuando comenzaban los gritos: sin falta, en cuanto abuelita cerraba la puerta, se escuchaba a una persona gritar nuestros nombres. Tenía la voz de mi tía, la mamá de Carla y Bruno, y gritaba como si estuviera enfadada, primero uno, luego otro, y así hasta gritar los cuatro y volver a empezar. Nos daba tanto miedo que nos encerrábamos en la habitación de abuelita y nos subíamos a la cama. Si a alguno le daban ganas de hacer pipí, íbamos todos al baño, nos metíamos en la regadera los tres que no usaríamos la taza y así podía proceder el del problema.

Los gritos no eran lo único que nos espantaba. Del piso de arriba escuchábamos canicas caer, pasos de niños corriendo, que no sabíamos si eran niños, pero eso nos imaginábamos. Todo el día, todos los días. El departamento de donde provenían los sonidos, estaba deshabitado, así que un día decidimos visitarlo. Carla y yo éramos las más grandes, y, por lo tanto, las más valientes, así que entramos primero. Era un sitio húmedo y frío, descuidado, se notaba en las paredes la marca de muebles que habían permanecido por mucho tiempo en su lugar. Dibujaban una mesa, un sillón, un librero. Se escuchaba agua corriendo y música de esas de cajita musical, que puede servir para arrullarte o asustarte. Avanzamos hacia las habitaciones, en la primera encontramos una bolsa cerrada de canicas. En la segunda una caja musical abierta con una bailarina rota que ya no bailaba. El baño tenía la llave del lavabo abierta, así que la cerramos. Todo estaba sucio, desolado, triste. Cerramos el grifo, la cajita de música y pusimos las canicas de la primera habitación en una esquina.

Carla y yo salimos a avisar que no había nada, que podían entrar y ver por ellos mismos. Anna y Bruno no quisieron entrar solos, así que los acompañamos. Escalofríos me recorrieron al entrar, se escuchaba la cajita musical y el agua corriendo. Miré a Carla, estaba blanca y rígida, no dijo nada, pero entendí que estábamos pensando y sintiendo lo mismo. Avanzamos con nuestros hermanos, descubrimos en la primera habitación que las canicas se encontraban justo en medio de la pieza. En la segunda, la caja de música. En el baño el grifo abierto. Carla y yo gritamos y salimos corriendo, nuestros hermanos nos siguieron sin entender, pero probablemente más espantados que nosotras. Cuando recuperamos el aliento, explicamos lo sucedido y decidimos no volver ahí jamás.

Los fines de semana eran feos cuando no veíamos a nuestros primos, así que a veces los invitábamos a dormir. Jugábamos todo el día en la habitación que compartía con Anna y aun así no se acababa nuestra batería. Mamá se enfadaba y se paraba en el marco de la puerta con los brazos cruzados y nos vigilaba hasta que nos quedábamos dormidos aguantando la risa. Cuando nuestros primos no venían a pasar la noche, a Anna y a mí nos costaba trabajo conciliar el sueño. Teníamos un vecino que, estábamos seguras, no era humano, sino, una bestia come niños. Por las noches podíamos escuchar sus aullidos y rugidos, nos escondíamos bajo las cobijas y deseábamos que no nos llevara.

En el invierno las noches se hacían más largas, eternas. La bestia no paraba de aullar y moríamos de miedo al escuchar cómo rasgaba las paredes del edificio intentando subir a nuestra ventana. Anna se acurrucaba en mi cama y pedía que le contara historias para poder dormir. Una mañana, Anna no despertaba, por más que le insistía yo que jugaríamos a lo que ella quisiera, no importaba que fueran las Barbies yendo de día de campo otra vez. Papá entró a la habitación y pidió que llamara a mamá. Un rato después, papá se la llevó, dijo que irían al hospital. Mamá lloraba en el sillón, la tomé de la mano y lloré con ella. Había sido la bestia, estaba segura. Le expliqué a mamá mi teoría y me abrazó.

Mi mejor amiga no volvió y yo jamás perdoné a la bestia. Nada fue igual después. Ningún juego con Carla y Bruno era divertido ya. La cancha era muy corta, los pasillos con árboles muy normales. Ningún grito de tía enojada me asustaba, ni las canicas del piso de arriba. Me sentaba a la mesa a ver cómo cosía abuelita, o cómo hacía sus cuadros de repujado.

Me prometí buscarla y traerla de vuelta, pero no he sabido por dónde empezar. Busqué en pasillos oscuros y en los baños de la escuela, porque todos decían que ahí habitaba una niña fantasma, quizá ella sabía algo de la bestia. Algunas veces intenté volver al apartamento embrujado, pero siempre estaba cerrado. ¿Dónde más podía buscar? Mamá decía que la podíamos visitar en la iglesia, pero no creí que estuviera ahí, no la sentía y a ella tampoco le gustaba ese lugar.

Abuelita me llevaba a pasear cuando no venían Carla y Bruno. Caminábamos entre pasto recién cortado y árboles que hacen mucha sombra. Es el tipo de lugar que le gustaba a Anna. Le cantaba, esperando me escuchara, para que volviera, y abuelita silbaba para acompañarme. En la escuela no vi a la niña del baño, pero siempre preguntaba en voz alta si había visto a Anna, por si me estaba escuchando. Pasaron los días y me aplastaba el peso de su ausencia. ¿Por qué no quiso llevarme a mí la bestia? Mis muñecas estaban tristes, nadie las había cepillado, el juego de té y la comida, se empezaban a llenar de polvo. Me dolía el pecho y no tenía ganas de comer, no tenía ganas de jugar, de correr.

Una noche escuché de nuevo el rugido de la bestia: había despertado. Mi corazón latió más fuerte que nunca, guardé silencio, cerré los ojos y esperé. Cuando los abrí de nuevo, Anna estaba ahí, sonriéndome, me había estado esperando. Nos abrazamos y corrimos en el gran sitio en el que nos encontrábamos, era justo como a Anna le gustaba: verde, con muchos árboles, el cielo claro y las nubes gordas. Le conté todo lo que había pasado en su ausencia, le dije lo mucho que la había extrañado. Papá y mamá no estaban ahí, pero sí nuestros juguetes, nuestra habitación y la cocina, repleta de comida. Peluches y muñecas perfectamente peinados nos saludaron con sus sonrisas permanentes y los sentamos a todos a beber el té que Anna ya había preparado. No volví a llorar jamás.

xx linette

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Perdida.

Un cuento más. No lo odien, sí comenten. Gracias por leer 💙


Perdida

Por Linette Cozaya Otto

No sé cómo empezar esto. Pensé que los muertos no hablaban. Yo sí hablo. Y bueno, ¡quién iba a pensar en un muerto escribiendo! Pero heme aquí, lista para contar lo que pasó, aunque nadie en el mundo lo lea. Tengo, bueno, tenía doce años cuando empezó todo. Era una niña feliz: tenía muchas amigas en el cole, con las que salía al cine, a la plaza y a pijamadas. Era parte del equipo de volibol y del grupo de coro. Me gustaba la escuela: tenía mucho sol y plantas, risas y juegos. El uniforme era lindo: una falda verde que repetíamos tres veces a la semana, con medias azules, zapatos negros, una playera blanca súper casual y suéter azul oscuro. Los dos días restantes usábamos pants azul marino con la misma playera.

Solía ser bonita, o así me consideraba yo. Tenía pálida piel con lunares, facciones finas, cabello oscuro y abundante, ojos grandes, dientes también, que a veces amaba y a veces odiaba: podía ser una conejita bonita e interesante o una ñoña y fea. Me gustaba peinarme de mil formas distintas, a veces me hacía coletas, luego lo llevaba suelto; el peinado preferido era trenzado. Sí, solía ser bonita. Ahora soy una piltrafa. Mi piel se cae a pedazos, mi cabello está seco. Me desmorono y lo odio. Estoy sola en un sitio tan frío como me figuro que es la Antártida. Escucho y siento roedores y gusanos y no puedo hacer nada para sacármelos. Seguro se preguntan cómo he llegado aquí. Se lo preguntarán aun cuando termine de contar la historia.

Todo comenzó con mi tío. Sí, leyeron bien. Mi tío. Era un hombre alto, guapo, gracioso y divertido. No había persona que no lo adorara. Cuando llegaba a visitarnos, me lanzaba a sus brazos para que me diera vueltas hasta casi vomitar. Vivía fuera de la ciudad, sus visitas eran de varios días, en los que nos desvelábamos todos jugando dominó y póker. Lo consideraba mi mejor amigo, le contaba mis sueños y pesadillas, mis juegos favoritos y lo que quería ser de grande. Él era lindo conmigo, me escuchaba con atención. Siempre fue tan cariñoso que no supe en qué momento dejó de ser el cariño de un tío. ¿Y cuál es el cariño de un tío? No lo sé, no sé ni entiendo nada ya.

Lo corrieron de su trabajo, cuando yo tenía, como les platicaba, doce. Vino a la ciudad y mamá le dijo que se hospedara en casa el tiempo que necesitara. Estábamos todos muy felices, imagínense, tener a un mejor amigo como roomie, nada más mágico que eso. ¿Verdad? Pues no. La primera vez que sentí que algo no andaba bien fue extraña y fugaz. Me alistaba para ir al colegio, era día de falda. Cogí una rebanada de pan y me paré al lado de mi tío, que estaba sentado a la mesa bebiendo café y mirando cosas en el móvil. O eso pensé yo. Me miraba a mí. E hizo más que mirar: puso la mano en mi pierna y la subió hasta rozar mi ropa interior. No dejó de sonreír mientras me deseaba un buen día en la escuela. Estaba congelada, confundida. ¿Por qué sonreía de esa forma si sabía que eso no estaba bien? ¿Papá no veía lo que estaba pasando? Y si lo veía, ¿no me iría peor a mí? Mamá gritó desde la puerta que era hora de irnos y salí volando como corredor que escucha el disparo. No miré atrás e intenté no pensar más en lo que había sucedido. Ese día no comí. No estaba segura de lo que había pasado, si había sido bueno o malo. Si yo había sido buena o mala. No llegué a ninguna conclusión.

Llegar a casa iba a ser difícil: quería que mamá o papá estuvieran presentes. Sabía que las probabilidades de que eso pasara eran pocas. Me quedé charlando un rato más con mis amigas después del entrenamiento, quizá si tardaba, llegarían antes que yo a casa. Y no. Sonó mi teléfono. Que si ya había salido de clase, mi tío podía darme un aventón. Había ido a una entrevista cerca del cole y el acomodo de tiempos no podía haber sido más perfecto. Según él. Descubrí que estaba nerviosa, así que intenté calmarme pensando que había sido un malentendido. Él estaba como si nada, y así nos fuimos todo el rato: como antes, como si lo de en la mañana jamás hubiese pasado. En casa también estuvo normal, pasado un rato, me tranquilicé y fue como cualquier otro día: vimos pelis, comimos galletas y luego me fui a dormir.

Todo anduvo normal después de ese día. Me convencí de que había sido un error y que no volvería a pasar. No lo hablé con nadie, ni siquiera con él. Lo “normal” se fue al caño una semana después, cuando tocó mi espalda mientras leía en la sala. Se erizó mi piel y levanté la mirada bruscamente, para encontrarme con que se había puesto en cuclillas frente a mí, de manera que sus ojos quedaban al nivel de los míos. Preguntó si había besado a algún chico ya, me sonrojé y negué. ¿Cómo se atrevía a preguntarme esas cosas? Dijo que ya era edad para que habláramos de chicos y de las cosas que hacen. Quería levantarme y esconderme en mi habitación. Se rio echando la cabeza hacia atrás, se levantó y me dejó ahí. Como siempre, sin entender nada.

Pregunté a mis amigas, al otro día, si habían besado chicos ya. Algunas sí, otras no. Dijeron que no era la gran cosa y dejamos el tema de chicos a un lado. Esa tarde estuve muy distraída. Ahora que puedo analizarlo, me doy cuenta que fallé en notar cómo me miraba mi tío, cómo me seguía por la casa. Entró a mi habitación y se acostó a mi lado. No pude concentrarme más en el libro que tenía que terminar para el siguiente día. Tocó mi pierna, y como aquella mañana, intentó subir la mano. Lo detuve y pedí que se marchara. Sonrió y dijo que era sólo un juego, que me enseñaría cómo besar chicos para que no hiciera el ridículo. No quería y aun así me besó. Me tocó e hizo que lo tocara. Se fue después de un rato, recordándome que si decía una sola palabra, me iría terrible: papá sentiría asco de mí, mamá estaría tan decepcionada. No abrí la boca. Lloré en silencio hasta que me quedé dormida.

La siguiente tarde pasó por mí. Otra entrevista cerca. Ya no le creía. Me hizo cosas horribles. Estaba adolorida y triste. Me daba asco mi propia piel, y por más que apretara mis uñas contra ella, no podía arrancármela. Jamás había tardado tanto en un baño, no quería cerrar el grifo, no dejaba de estar sucia. Y era todo mi culpa, por ponerme falda para el cole, dijo mi tío. Yo lo había provocado con todas las sonrisas, por treparme en él y pedir que me cargara. El tiempo ya no pasaba. Dejé de entrenar. La comida ya no me importaba. Mi tío pasaba por mí justo después de clases y me hacía lo que quería. ¿Qué pensaría papá de todo esto? Seguro me desheredaba. Mi tío decía que me amaba, que era lo más importante en su vida y que entonces no podía dejarlo nunca. ¿Y qué pasaba si lo dejaba? Tenía miedo. Mamá y papá me odiarían por hacer tan infeliz al tío, y no quería que me odiaran.

Un día en clase decidí que ya no aceptaría más. Llevaba noches pensando que no quería seguir con esto. Pensé en lo mucho que me odiarían papá y mamá, pero no podía con el asco de mirarme al espejo antes de ir a dormir. Temblaban mis manos cuando mi tío pasó por mí. Le pedí en el carro que no me tocara más. Una bofetada fue la respuesta. ¿Cómo se me ocurría semejante tontería? ¿No sabía cómo me iría si mis padres se enteraban? La amenaza era clara: les diría en el segundo que yo no quisiera más estar con él. El camino a casa era sinuoso: justo después del último semáforo, pasábamos al lado de barrancas con frondosos árboles. Llegamos al último cruce, estaba en rojo. Bajé del auto y corrí.

Corrí como jamás lo había hecho. Me dolían las piernas y pensé que me explotarían del esfuerzo. No veía bien, las lágrimas nublaban el camino. Tropecé y caí. Sentí que fueron horas. Golpeándome aquí y allá, la rodilla, el antebrazo. Luego, el golpe mortal en la cabeza. Seguí rodando abajo, ya sin aire en los pulmones, sin pulso en la muñeca, ni señales en el cerebro. Y quedé escondida entre la naturaleza, disfrazada por el lodo y la sangre, la tierra y las lágrimas. No sé si mamá y papá me buscaron. No sé si alguna vez se enteraron. Los extraño y quiero volver a casa. Llegamos al principio: yo escribiendo esta historia para ustedes. ¿Aprendieron algo? Y si yo lo hice, ¿me sirve de algo? No hay nada ya que pueda hacer. Gracias por leerme. No sé tampoco cómo terminar.

xx linette

Lo. Lee. Ta.

Un ensayo que escribí para mi clase de American Writes, perdonen mi inglés 🙈💙


By Linette Cozaya Otto

American Writers’ Partial Exam

Dr. Vivian Antaki

Lolita, a love story according to many, a disturbing novel, concurring with my friends in class. It is more like an obsession tale: a forty-year-old man fixated on his twelve-year-old daughter. It is Vladimir Nabokov’s most famous work, considered the greatest novel of the 20thcentury by many authors. Published in 1955 in France, arrived to America in 1958 and quickly became a cultural icon, attaining a classic status. The novel was adapted into a film twice: first, in 1962 by Stanley Kubrick; then, in 1997 by Adrian Lyne.

Let us talk about the story: Humbert Humbert is our protagonist, the man tormented by loving the ones he cannot have: nymphets. “Between the age limits of nine and fourteen there occur maidens who, to certain bewitched travellers, twice or many times older than they, reveal their true nature which is not human, but nymphic (that is, demonic); and these chosen creatures I propose to designate as ‘nymphets’.” (Lolita, Nabokov). Dolores Haze, Lolita, is the nymphet he has wanted the most, being the daughter of his landlady, he would do anything to see her, to stay close. Including marrying this woman, who, of course he does not even care about, he actually kind of loathes her. H. H. is constantly criticizing everything the Haze woman does, to the point that one, as a reader, dislikes her too.

To Humbert’s (good) fortune, Charlotte Haze finds his diary, reads it and faces death while trying to send some letters. Just like that, he can have Lo for himself, so he takes her on a yearlong road trip, visiting motel after motel; they take the road and leave everything behind. Humbert rapes her regularly, Dolly cries for her dead mother, and herself, I guess. What is it about Lolita that feels so attractive to readers all over the world? “It is the horrific rather than the comic aspect of the novel that has captured critical attention.” (Lo, the Poor Nymphet, Donald Malcom), the human necessity to learn about morbid affairs, the astonishment of learning someone else’s thoughts, not regular or acceptable ones.

In 1962 Nabokov wrote a screenplay for Kubrick’s film, which was not used because it was way too long, so Kubrick and Harris rewrote it, omitting parts of the book, such as the sexually implicit innuendos, or the sexual relationship between Lolita and Humbert, which is implied but never depicted on screen, because of the strict censorship in the 1960s. Starring fourteen-year-old Suellyn Lyon, James Mason as Humbert Humbert and Peter Sellers (of course) as Quilty, Lolita polarized the critics: many of them seemed uninterested while others gave it glowing reviews.

It is a great film, it has great music, composed by Nelson Riddle, although the main theme was by Bob Harris. Frames are of course perfect, the Kubrick way. The movie is so good it was nominated for a number of awards: An Academy Award for Best Adapted Screenplay, an Outstanding Directional Achievement in Motion Pictures, the Venice Film Festival for Best Director; the actors were nominated too for the Golden Globe Award for Best Motion Picture Actress (Shelley Winters) and Actor (James Mason), and won a Golden Globe for Most Promising Newcomer which went to Sue Lyon.

In 1997 Adriane Lyne directed the second screen adaptation of Lolita. Written by Stephen Schiff, it stars Dominique Swain as Dolores Haze, Jeremy Irons as Humbert Humbert and Frank Langella as Clare Quity. This version is more faithful to the text of the novel than Kubrick’s one: “Right from the beginning, it was clear to all of us that this movie was not a “remake” of Kubrick’s film. Rather, we were out to make a new adaptation of a very great novel. Some of the filmmakers involved actually looked upon the Kubrick version as a kind of “what not to do.” I had somewhat fonder memories of it than that, but I had not seen it for maybe fifteen years, and I didn’t allow myself to go back to it again.” (An Interview with Stephen Schiff, Schiff).

Lyne’s Lolita had trouble finding an American distributor, hence its premiere in Europe before being released in America. The film was The New York Times “Critics Pick” on July 31, 1998, with its critic Caryn James saying, “Rich beyond what anyone could have expected, the film repays repeated viewings… it turns Humbert’s madness into art.” (Television Review: Revisiting a Dangerous Obsession, Caryn James).

I also found a comment by Charles Taylor comparing the film and the novel: “[f]or all of their vaunted (and, it turns out, false) fidelity to Nabokov, Lyne and Schiff have made a pretty, gauzy Lolita that replaces the book’s cruelty and comedy with manufactured lyricism and mopey romanticism”. (“Recent Movies: Home Movies: Nymphet Mania”, Charles Taylor). Extending Taylor’s observation, Keith Phipps concludes: “Lyne doesn’t seem to get the novel, failing to incorporate any of Nabokov’s black comedy—which is to say, Lolita’s heart and soul.” (“Lolita”, Keith Phipps). I have to differ with both of them, I do feel the film represents the novel, even better than Kubrick’s version, because we are indeed seeing what Humbert wants us to see. Lolita is pictured like that, with super tight and short clothes because H. H. sees her like that. Just like in the novel, we only learn about hisfeelings, hispoint of view and hisperception about everything.

The novel is using a technique that we have to talk about (and applaud): mise en abyme, literally meaning “placed into abyss”, is the presentation of a representation in a mirror, the copy of an image within itself, the story inside a story. It is used to make the spectator think about the way something has been made. In Lolita, we have a frame that leads us to meet the protagonist through his lawyers eyes first. This we don’t have in any of the films, it jumps right to Part One of the book, and I think it was important to know that Nabokov is mocking all of us, that he is writing a satire where Humbert Humbert is just an invention and J. R. Jr., the one who “writes” the foreword is also a joke. He is not trying to teach us anything, or give a significance to the story: “Lolita has no moral in tow. For me a work of fiction exists only insofar as it affords me what I shall bluntly call aesthetic bliss, that is a sense of being somehow, somewhere, connected with other states of being where art (curiosity, tenderness, kindness, ecstasy is the norm.” (pp. 315, Lolita, Nabokov).

Lolita is also a road novel, and both of the films are consequently, road movies: film genre in which the main characters leave home on a road trip, typically altering the perspective from their everyday lives. In both the films and the novel, the characters start at one point, with a point of view, with some specific dreams, and end up somewhere else, somewhere unexpected and different: Lolita lives with her mother, a really difficult relationship, yet a good life for both, she does not know what to expect from life apart from happiness and fulfilled whims; in the end she is nowhere near that Lolita we knew when it all started. Humbert is a man with really creepy desires (needs?), thinking he will not be able to satisfy them; he ends up having Lo for himself for more than two years.

Nabokov describes the road, the places Lo and H. H. visit with such grace and musicality, that one forgets he is reading a story of abuse. There is so much of the writer in his novel: the tennis, chess games, the background of Humbert is similar to his, a nomad, relearning all about this new place: “I was faced by the task of inventing America.” (pp. 312, Lolita, Nabokov), and he did. Pages and pages of America through his eyes were printed: “I have never seen such smooth amiable roads as those that now radiated before us, across the crazy quilt of forty-eight states. (…) There might be a line of spaced trees silhouetted against the horizon, and hot still noons above a wilderness of clover, and Claude Lorrain clouds inscribed remotely into misty azure with only their cumulus part conspicuous against the neutral swoon of the background.” (pp. 152, Lolita, Nabokov). He paints motels and their runaway journey so beautifully that one may think he was born and raised there, however, he was just trying to be an American writer.

Lolita is more like a tragedy, where the artist, the poet, is also the criminal, thus, he ends up being limitless, free to do and think whatever he wants, unafraid of being judge, he does not even care about being judge. He can see through all of this, outside of human condition. “His tone, however, is not the characteristic whine of the penitent but an artful modulation of lyricism and jocularity that quickly seduces the reader into something very like willing complicity.” (Lo, the Poor Nymphet, Donald Malcom). But we must not let the novel seduce us, we must not abandon reason, better said in Nabokov’s words:“That my novel does contain various allusions to the physiological urges of a pervert is quite true. But after all we are not children, not illiterate juvenile delinquents, not English public school boys who after a night of homosexual romps have to endure the paradox of reading the Ancients in expurgated versions.” (pp. 316, Lolita, Nabokov). We can read and be participants on Humbert’s actions, and that does not mean we are agreeing nor applying it to our lives too.

“Literature is a wonderful toy” said Nabokov, and it is. It led a marvellous novel to deliver two great films too. Even though they are both so different from each other, the heart-breaking story lingers: a girl abused over and over, psychologically, sentimentally and physically by this man, the manipulation is almost palpable, for example: “I am not a criminal sexual psychopath taking indecent liberties with a child. (..) I am your dadum, Lo. Look, I’ve a learned book here about young girls. Look darling, what it says. I quote: the normal girl – normal, mark you – the normal girl is usually extremely anxious to please her father. (…) While I stand gripping the bars of various dwelling places, all more or less the same, the correctional school, the reformatory, the juvenile detention home, or one of those admirable girls’ protectories where you knit things, and sing hymns, and have rancid pancakes on Sundays. You will go there, Lolita – my Lolita, this Lolita will leave her Catullus and go there, as the wayward girl you are.” (pp. 150-151, Lolita, Nabovkov).

And we can actually see that: terrorized Lolita, in both films and novel, trying to find herself within the four walls she knows: “At the hotel we had separate rooms, but in the middle of the night she came sobbing into mine, and we made it up very gently. You see, she had absolutely nowhere else to go.” (pp. 142, Lolita, Nabokov). It doesn’t matter how flirty the kid was, we must not forget the story in all three outputs is through the stalker’s point of view. Dolly cries every night, she is not happy, she is lost, sad, and all alone.

The novel didn’t save Lolita, nor Humbert, but it ended up freeing Nabokov: after its success, he was able to focus on his writing. To pursue his passion for butterflies, making road trips, discovering new species, he said: “Every serious writer, I dare say, is aware of this or that published book of his as of a constant comforting presence. Its pilot light is steadily burning somewhere in the basement and a mere touch applied to one’s private thermostat instantly results in a quiet little explosion of familiar warmth.” (pp. 315, Lolita, Nabokov). And though he had to explain he was not H. H. and had no interest in nymphets whatsoever, I feel he was proud of his work, with its resonance and cultural meaning it has reached.

“In her washed-out gray eyes, strangely spectacled, our poor romance was for a moment reflected, pondered upon, and dismissed like a dull party.” (Lolita, Nabokov), reads the novel, still leaving the reader with a sour taste. How many girls go through similar situations? How many boys? Abused, tortured, deprived of their freedom? We should not feel sorry for Humbert. We should be aware and share that awareness about abusive relationships, they are real, and they are happening right this very moment. How are we going to make the difference?

Bibliography:

  • “Lolita” by Vladimir Nabokov. Second Vintage International Edition, June 1997.
  • “Lo, the Poor Nymphet” by Donald Malcom on The Newyorker’s 1958 issue (https://www.newyorker.com/magazine/1958/11/08/lo-the-poor-nymphet)
  • “An Interview with Stephen Schiff” by Suellen Stringer-Hye. Penn State University Libraries, 1996.
  • “Television Review: Revisiting a Dangerous Obsession”. The New York Times.
  • “Recent Movies: Home Movies: Nymphet Mania” by Charles Taylor, Salon.
  • “Lolita” by Keith Phipps, The A.V. Club (2002-03-29)

xx linette

Back to basics

This one I wrote a long time ago, it was an English class’ homework. Don’t hate it.


Back to basics

By Linette Cozaya Otto

Oh dear little girl

I’ve really missed you

How could you go away?

Please don’t leave me anymore,

You know you need me

We are meant to be

Now stop teasing me

Come here cutie, please

Let me hold you tight

Let me make you smile

I’m gonna be your friend

Your very best girl

I know how you feel

I know why you cry

I know what you want

So, take it from me

Do not be afraid,

You are in control,

But I want you to know

I won’t ever let you go.

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xx linette

Otra taza de café

Holi, les dejo un cuento nuevo, el tema, escogido en clase, fue el día de muertos… Salió esto. ¡Espero les guste! Se vale comentar 🙂


Otra taza de café

Por Linette Cozaya Otto

La habitación se encuentra perfumada: montones de flores de cempazuchitl se acomodan alrededor de la mesa. Las velas iluminan pobremente las blancas paredes, las fotografías viejas que miran sin mirar, la comida fría que descansa esperando ser comida. En medio, la foto más grande muestra a una mujer de ojos grandes, color miel, cabello con cortos caireles castaños que enmarcan su pálido rostro. Arrugas se acentúan con la sonrisa insinuada y sincera, otras, se asoman al lado de cada ojo. Su nariz, fina, tiene la justa medida.

“Hola Teresita”, dice Victoria entrando con una taza de café. La pone frente al retrato. “¿Este año sí vas a venir? No le puedes decir que no al café. También te he traído pan dulce: conchas y donas.” Es una chica chaparrita, tiene el cabello castaño, casi negro, ojos cafés, pestañas chinas, la misma piel pálida. Se sienta en el suelo, delante de la ofrenda, saca de su bolso un libro y se pone a leer en voz alta. Lee sólo un párrafo, levanta la mirada.

“¿Te acuerdas de aquella vez que lloré porque no había entendido el libro ese de la secundaria? Algo de un Doctor Leñaverde… Te dije lo mucho que lo había detestado, te narré con santo y seña lo que no me había parecido… Y nomás para que me dijeras: Pues, ¿qué no entendiste? ¡Me lo has contado todo perfectamente!” Victoria ríe, poco a poco se serena. “Tenías razón, lo entendí perfecto y me chocaba que no había tenido ningún sentido en mi cabeza.” Cierra el libro y se acerca más a la mesa, mira la foto de frente. Se levanta y sale de la habitación.

Victoria vuelve, trae otra taza de café, la envuelve con ambas manos. Se sienta frente al retrato y levanta la bebida con ademán de brindis. “Mejor así, ¿qué no? Debo contarte mucho. Te has perdido de tantas cosas. Primero, mi hermano ha terminado la carrera, con honores, como era de esperarse. Se fue a estudiar un rato a otro sitio y nos manda postales increíbles. A veces llama para comer conmigo, aunque a mí me toca el desayuno, el punto es que charlamos mientras comemos. Estarías orgullosa. Mamá hace lo que siempre ha hecho: intensearse con el trabajo, aunque ha mejorado, ya se da tiempo para cositas suyas, se arregla las uñas, bueno, paga para que se lo hagan, y le depilan las cejas, le peinan el cabello. Está feliz, aunque a veces la escucho hablándote, buscándote. Cuando tiene malos sueños la despierto y le digo que le mandas besos.”

“Te has perdido la mejor parte de mi vida. No es reclamo. Sólo digo. Que si no te hubieras ido, estarías pasándolo bomba con nosotros, y no quiero presumir, pero también estarías orgullosa de mí.” Bebe dos tragos de café, inhala y descansa la taza en su regazo. “Ayer fuimos a un sitio súper lindo. Te extrañamos. Hablamos de lo que te hubiera gustado, y recordamos el último domingo que pasamos juntos. La última vez que nos contaste sobre aquel perico que tenía tu tío, me encantaba tu sonrisa al imitarlo con su – ¡TerequeTerequeTere! -.” Suspira. “Todos los demás están bien. Tías y tíos, primas y primos… Tenemos sobrinos nuevos. Parece ser que estamos repoblando el cacho de suelo donde solíamos sentarnos para el intercambio navideño. Creo que ninguno te ha superado.”

El fuego de las velas baila como si el viento hubiera pasado. El café en la mesa se consume, poco a poco, como si le estuvieran dando pequeños sorbos, quedan tres cuartos de café. “¿Te ha gustado? Creo que lo preparo más fuerte de lo que solía. ¿Te acuerdas la navidad que te rompiste el brazo? Viéndolo ahora, ha quedado como una buena historia, pero en el momento todos estábamos que nos moríamos. Parecías la señora Potts con el brazo permanentemente levantado.” Ríe y baja la mirada. Bebe otro sorbo de café. “El mes pasado nos dio por volver al teatro, te hubiera encantado lo que vimos. Aunque ningún musical ni obra de teatro guarda un espacio tan grande como el que amabas porque tenía boleros: Bésame Mucho, ¿te acuerdas?” Toma una bocanada de aire y canta. “Aquellos ojos verdes de mirada serena dejaron en mi alma eterna sed de amar, anhelos de caricias, de besos y ternuras, de todas las dulzuras… “ Su voz se quiebra, pone el café sobre la mesa y se cubre la cara con ambas manos.

Jala las mangas para que sobresalgan y con ellas limpia su rostro. Coge de nuevo su taza y la recarga en el regazo. El café de la mesa disminuye otro poco. “Veo que te ha gustado, me alegra.” Bebe de la taza, se acomoda el cabello. “Soñé contigo, el otro día, viniste a visitar, ¿verdad? Estuvo muy acertada tu aparición. Me he aferrado al abrazo que me diste en ese sueño, y he estado muy tranquila, dijiste que todo estará bien y te creo. ¿Viste que mi tía me regaló una foto tuya de cuando íbamos a Veracruz? Te ves feliz, mucho. Esos días eran lo mejor, entre naipes, comida, playas y la casa llena tan de gente que nos amontonábamos para dormir.” Se extingue el café en la mesa. Victoria mira la fotografía. “¿Vendrás pronto a visitar? ¿Por favor? ¿Lo prometes?”

Se escuchan inquietos pasos fuera de la habitación, se abre la puerta, se asoma un niño de ojos grises y cabello despeinado: “¿Mami? ¿Ya podemos ir al parque? Ya me lavé las manos.” Un perro lo empuja y se mete a la habitación, se acerca a Victoria y lame las lágrimas de sus mejillas. “Sí amor, dile adiós a tu bisabuela. Comper, perro.”, dice Victoria mientras se levanta. Coge la taza vacía de la mesa y la acomoda junto a la suya en la mano izquierda. “Gracias por venir. Te amo, te extraño.” Se vuelve hacia la puerta, toma de la mano al pequeño y salen del cuarto. Victoria siente el viento tibio y suave de hace un rato. Las velas bailan de nuevo. Sonríe y cierra la puerta.

xx linette

XIV

El último cuento que he escrito, que hizo sentir mal a mamá y a la gente preguntarme si acaso me desmayé en mis XV años… 🤔😒 ¡No olviden comentar!


XIV

Por Linette Cozaya Otto

Mamá está planeando todo para la fiesta. Una gran fiesta. Una gigantesca fiesta que a mí no me interesa. Para mis pocas amigas tampoco es un asunto importante. “Es que te juntas con niñas muy amargadas”, dice mamá. Me junto con ellas nomás para no estar sola. Sé que en un futuro no seremos amigas ya, que no nos veremos después de la secundaria y que ni sus nombres voy a recordar. No me interesan. Nada me interesa.

Me encanta ir a casa luego de clases. Vivo cerca de la escuela, así que camino sola cuatro cuadras y listo. Paso toda la tarde imaginando lo que se sentirá ser una de las chicas populares, o cómo sería tener pene en lugar de vagina. ¿Y qué si fuera muy requetegorda y tuviera problemas para caminar? Las posibilidades son infinitas, pero eso sí no. Eso jamás. Aun así, soy quien soy y estoy como estoy: ni “muy muy”, ni “tan tan”. Y no me gusta. Así que ensucio un poquito un sartén, embarro cátsup en un plato, hago bolita una servilleta y queda perfecta la ilusión de que he comido.

La secundaria no es difícil, no como en las películas y programas gringos que veo por la tarde. En esas escuelas se ve que sufren por las divisiones que hay entre grupitos, y me pregunto si será así de exagerado. Acá les vale, o sea, no es que uno sea un loser y otro un popular y te molesten en los casilleros. Sí hay losers y sí hay populares, pero a cada uno le viene valiendo un pepino el otro, y ya. Entonces también hay muchos invisibles, como yo, que puedo ir por la secu sacando calificaciones promedio, yendo a una que otra fiesta nomás, saltando el almuerzo y nadie se da cuenta.

Estoy en el grupo de teatro, nos obligan a tomar una materia “selectiva” cada ciclo escolar, y, de “porras” o “jazz” a teatro, prefiero mil veces ésta última, así no estoy en escrutinio total. No me siento la gran actriz, nunca he tenido un estelar, pero me gusta usar los vestuarios chistosos de las obras que se inventa el profesor y decir mis pocas líneas. Paso desapercibida y todos felices.

Como mencioné hace rato, tengo pocas amigas: o sea dos. Y somos amigas porque les gustan las mismas cosas que a mí: el agua, las Halls y no hablar mucho. Claudia prefiere las de menta, Sol, las moraditas… ¿Son de uva? Mis favoritas son las de miel, las que come mi abuelita. Compramos un paquete cada una los lunes en el receso y con eso nos va bien para el resto de la semana. Auque a Claudia le encanta también gastar en Coca Cero, le digo que es una tontería, no hace caso. Sol en cambio, es fumadora, huele feo y se ve amarilla. Pero cada quién.

Mamá llega con las invitaciones para la fiesta: cien invitaciones. CIEN. ¿De dónde voy yo a sacar a cien personas? Hace una lista enorme de la pura familia, cuenta tíos, primos y sobrinos. Me siento menos abrumada. Luego añade a sus colegas del trabajo a la lista y queda en que puedo tener treinta invitados. No tengo treinta amigos y nadie en la escuela me agrada, salvo mis “amiguitas”, así que decido invitar a todo aquel que se me cruce y fin.

La parte más nefasta de una fiesta así, es la compra del vestido. Un maldito vestido. Tiendas y más tiendas con atuendos ridículos que no me quiero probar. Cuando mamá me obliga a meterme en uno me dan ganas de vomitar. Colores horribles, telas baratas, diseños nada favorables. Estoy tan enfadada. Mamá halló uno no tan feo, es durazno y nada enorme de la parte de abajo, lo mejor: ¡me esconde la barriga y los brazos! Ella feliz, yo aliviada, estúpida búsqueda, por fin terminó.

Lo malo: no han acabado las sorpresas por parte de mi querida madre, oh no. Me consiguió un par de mozos galantes para bailar el vals conmigo, ahora ensayo lunes y miércoles por la tarde después de la escuela. Como toda persona positiva, encontré cosas a las que sacar provecho de esta deplorable situación. La primera, y más gratificante: mamá me da dinero para comer fuera, cerca de donde tengo que bailar al son de Strauss, así que me ahorro cien pesos más por día. La segunda: no tengo que ensuciar platos ni hacerme mensa tirando cosas del refrigerador en el bote de basura del vecino. La tercera: la quema de calorías, ahora no solamente mueren las de la caminata de ida y vuelta al colegio, leí en algún sitio que el baile sirve de excelente cardio.

Me encanta lo bien que está saliendo todo, como mucho menos de lo que solía y ahorro mucho más de lo que alguna vez me hubiera imaginado. No sé qué hacer con todo ese dinero, pero es lindo pensar que quizá puedo comprarme algún vestido caro, un MP3 nuevo (aunque en realidad amo el que uso)… ¿Una cámara? ¿Maquillaje? ¡Una báscula nueva! Así sigo mi rutina, mi preciosa rutina: agua, escuela, Halls de miel, agua, teatro, caminata, agua, ensayo, casa, agua, tarea, agua, dormir, repetir.

La fiesta está aquí, mi “presentación en sociedad”. Es una semana antes de mi cumpleaños, pero eso no importa. Mamá me ha permitido no comer en todo el día. “Te verás más linda en el vestido”. Ya lo sé. Me maquillan y me peinan, me ponen una tiara “divina” y me dicen lo linda que estoy. No me siento linda. Porque no soy linda, pero claro que me veo mejor que todas éstas gordas. Las capas de maquillaje no logran borrar mis ojeras, ni el rubor hacerme ver más viva. Tengo ganas de vomitar y de irme a casa a dormir. No me dejan, ahora debo meterme en el vestido. Me queda holgado, más me valía que así quedara. Mamá no puede del orgullo y me toma mil fotos. Iremos en un carro negro a la misa, de ahí al salón. ¿Cuántas calorías tiene el vino que le embarran a la ostia?

Bailo el Walzer Kaiser, porque así lo quiso mamá. Soy la peor bailarina y sé que hago el ridículo con mis piruetas mafufas, no me importa, se sienten bien porque el mareo se queda conmigo. Los invitados aplauden, siento que no conozco a nadie, tienen caras y voces borrosas, se vuelven monstruosos al reír, al aplaudir. ¡Tengo que salir de aquí! Me siento a la mesa y mamá no deja de hablar con cualquiera que se acerque, asiento y sonrío, o por lo menos eso juro que hago, pero no estoy segura de nada ya. La gente me mira y todo da vueltas. ¿Agua? No, gracias, estoy bien. ¿Y esas luces tan lindas? ¿Por qué se paró la música? ¡Callen esa sirena! ¡No la soporto! ¡Déjenme en paz! ¡No me toquen! ¡No me toquen! ¡Que no me toquen! ¡¿Por qué nadie me escucha?!

xx linette

Me voy a pie.

Por Linette Cozaya Otto

Papilla Estelar, Remedios Varo.

Mariposas hechas polvo,

Estrella sin foco,

Me quito el sombrero, 

Te ha salido perfecto.

No baila más el astro,

La música me ciega…

¿Acaso te hice daño?

Me voy a pie,

Me voy ahora.

Riega, por favor, la flor que te di,

Sacude la arena que se ha regado…

¡Te salió perfecto!

¡Ya! Apaga la luz.

Come tu papilla,

Navega feliz.