Ojepse

¡Holi a todos! La tarea que me trajo a escribir este… ¿ensayo? Consistía en escribir sobre un objeto que viera diario. Esto es lo que salió. Gracias por leer y no se olviden de comentar ☺️💙


Ojepse

Por Linette Cozaya Otto

“Mirror, mirror, on the wall, who in this land is fairest of all?”, solía preguntarme antes de partir a la secundaria. No, la verdad no. Pero poco me faltaba. ¿Qué será que tiene un espejo que necesita una su aprobación antes de hacer cualquier cosa? Un espejo es una “tabla de cristal azogado por la parte posterior, y también de acero u otro material bruñido, para que se reflejen en él los objetos que tenga delante”, según la Real Academia Española. El mío está empotrado en la pared sobre mi tocador. Lo veo al entrar y salir de mi habitación. A veces aparezco dentro de él, a veces no. Pero siempre está ahí, observando, día y noche, lo que hago o, incluso, lo que alcanza a ver de la ventana. Puede que lo mire de reojo cuando me acerco al tocador para ponerme crema o perfume. Puede que lo mire de lleno cuando depilo el bigote o intento quitarme un barro. Hemos tenidos buenos y malos momentos, pero siempre está aquí.

Cuando era pequeña, mis padres tenían un espejo de cuerpo completo en su habitación. Era tan grande que le llegábamos apenas a la mitad: espejo gigante. Era parte de un mueble de madera que, además de ser tocador, servía de cómoda. Mi hermana y yo pasamos horas jugando frente a él, haciendo muecas, mirándonos, descubriéndonos. Mamá nos peinaba frente a él cada mañana. Papá secaba nuestro cabello cada noche, también en el reflejo. Nunca tuve problemas con mirarme ahí. El espejo era divertido e intrigante, un misterio por descubrir. Podía escribir cosas en el vaho, dejar besos en él plantados, decorarlo con plumones y estampas. No me di cuenta en qué momento pasó de ser agradable a ser una obsesión.

El mueble en cuestión, con todo y espejo, se fue casi al mismo tiempo que se fue papá. Fue entonces reemplazado por uno más nuevo, más ligero y que no traía tanta cosa encima (el espejo, no papá). En el nuevo espejo me veía distinta. Donde antes había descubrimiento y diversión, ahora veía defectos y cosas que urgía arreglar. Forjé con él una relación de amor-odio, en la que necesitabade él para mirarme aunque me respondiera con imágenes que no me agradaran. Por la mañana, sin ningún alimento en la barriga, me veía más delgada. O, como decía el espejo: menos gorda. Por las noches, la imagen era insoportable: grasa y gordura en todos lados. Lo positivo de esto último era que servía de motor para hacer un poco de ejercicio y disminuir la ingesta de calorías al otro día.

Por las noches soñaba que entraba en el espejo y me cambiaba por la versión mejorada, la que quería ser y no lograba alcanzar. Ni un gato tenía tanta curiosidad como yo a querer conocer lo que había del otro lado. Y es que, para muchos, los espejos son puertas. Si no, por lo menos mágicos. Millones de historias sobre espejos han sido contadas: en cine, cuentos, cortometrajes. Desde la Reina Malvada en Blancanieves y los Siete Enanos, con el Espejo Mágico, hasta películas basadas enteramente en el protagonismo del espejo, como Oculuso Mirrors. Estas últimas son de horror, y vaya que un espejo puede causar terror: los espejos, o la metáfora del espejo es querer develar verdades, sueños y deseos. Existe (y, sí, está en Netflix) una serie británica increíble cuyo título tiene que ver con espejos: Black Mirror. Es llamada así porque alude a los incómodos reflejos que encontramos en objetos como la fría pantalla negra de la televisión, el monitor de la computadora, monitor o teléfono móvil. ¿Y qué es lo que reflejan ellos si no la incómoda verdad de lo que somos? No me veo igual en el reflejo de la televisión que en el de un espejo hecho y derecho.

Pero probablemente, de las cosas que busca develar un espejo, los deseos son los más intimidantes y penosos. Como el Espejo Oesed, en Harry Potter. No es central en la trama, pero es importante, intrigante, interesante y hasta peligroso. Es un espejo, mágico, por supuesto, en el que uno puede ver reflejado sus más grandes deseos. Dumbledore dice algo como “no se trata de algo real y es fácil perderse en esa realidad. Resulta torturador tener que ver todo eso que deseas, pero que no puedes tener en la vida real.” Y así era mi vida con el largo espejo en la habitación de mamá: me miraba como me gustaría ser, deseaba y lloraba para ser así, sin lograrlo.

Un día dejé de mirarlo, dejé de mirarme. Decidí que no era importante ya la opinión del espejo en mi habitación. Nuestra relación, entonces, mejoró. Aún hay veces que no reconozco a quien se para frente a mí a acomodarse las cejas, ponerse sombras chuecas y colores intensos en los labios. ¿Es esta mi nariz? ¿Así son mis ojos? ¿Así mi ven los demás? No entiendo cómo le va mejor o peor un atuendo de lo que a mí. Pero le sonrío y le deseo un buen día. Al final, él no tiene la culpa de cómo decida interpretar lo que me ha dicho.

xx linette

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Lo. Lee. Ta.

Un ensayo que escribí para mi clase de American Writes, perdonen mi inglés 🙈💙


By Linette Cozaya Otto

American Writers’ Partial Exam

Dr. Vivian Antaki

Lolita, a love story according to many, a disturbing novel, concurring with my friends in class. It is more like an obsession tale: a forty-year-old man fixated on his twelve-year-old daughter. It is Vladimir Nabokov’s most famous work, considered the greatest novel of the 20thcentury by many authors. Published in 1955 in France, arrived to America in 1958 and quickly became a cultural icon, attaining a classic status. The novel was adapted into a film twice: first, in 1962 by Stanley Kubrick; then, in 1997 by Adrian Lyne.

Let us talk about the story: Humbert Humbert is our protagonist, the man tormented by loving the ones he cannot have: nymphets. “Between the age limits of nine and fourteen there occur maidens who, to certain bewitched travellers, twice or many times older than they, reveal their true nature which is not human, but nymphic (that is, demonic); and these chosen creatures I propose to designate as ‘nymphets’.” (Lolita, Nabokov). Dolores Haze, Lolita, is the nymphet he has wanted the most, being the daughter of his landlady, he would do anything to see her, to stay close. Including marrying this woman, who, of course he does not even care about, he actually kind of loathes her. H. H. is constantly criticizing everything the Haze woman does, to the point that one, as a reader, dislikes her too.

To Humbert’s (good) fortune, Charlotte Haze finds his diary, reads it and faces death while trying to send some letters. Just like that, he can have Lo for himself, so he takes her on a yearlong road trip, visiting motel after motel; they take the road and leave everything behind. Humbert rapes her regularly, Dolly cries for her dead mother, and herself, I guess. What is it about Lolita that feels so attractive to readers all over the world? “It is the horrific rather than the comic aspect of the novel that has captured critical attention.” (Lo, the Poor Nymphet, Donald Malcom), the human necessity to learn about morbid affairs, the astonishment of learning someone else’s thoughts, not regular or acceptable ones.

In 1962 Nabokov wrote a screenplay for Kubrick’s film, which was not used because it was way too long, so Kubrick and Harris rewrote it, omitting parts of the book, such as the sexually implicit innuendos, or the sexual relationship between Lolita and Humbert, which is implied but never depicted on screen, because of the strict censorship in the 1960s. Starring fourteen-year-old Suellyn Lyon, James Mason as Humbert Humbert and Peter Sellers (of course) as Quilty, Lolita polarized the critics: many of them seemed uninterested while others gave it glowing reviews.

It is a great film, it has great music, composed by Nelson Riddle, although the main theme was by Bob Harris. Frames are of course perfect, the Kubrick way. The movie is so good it was nominated for a number of awards: An Academy Award for Best Adapted Screenplay, an Outstanding Directional Achievement in Motion Pictures, the Venice Film Festival for Best Director; the actors were nominated too for the Golden Globe Award for Best Motion Picture Actress (Shelley Winters) and Actor (James Mason), and won a Golden Globe for Most Promising Newcomer which went to Sue Lyon.

In 1997 Adriane Lyne directed the second screen adaptation of Lolita. Written by Stephen Schiff, it stars Dominique Swain as Dolores Haze, Jeremy Irons as Humbert Humbert and Frank Langella as Clare Quity. This version is more faithful to the text of the novel than Kubrick’s one: “Right from the beginning, it was clear to all of us that this movie was not a “remake” of Kubrick’s film. Rather, we were out to make a new adaptation of a very great novel. Some of the filmmakers involved actually looked upon the Kubrick version as a kind of “what not to do.” I had somewhat fonder memories of it than that, but I had not seen it for maybe fifteen years, and I didn’t allow myself to go back to it again.” (An Interview with Stephen Schiff, Schiff).

Lyne’s Lolita had trouble finding an American distributor, hence its premiere in Europe before being released in America. The film was The New York Times “Critics Pick” on July 31, 1998, with its critic Caryn James saying, “Rich beyond what anyone could have expected, the film repays repeated viewings… it turns Humbert’s madness into art.” (Television Review: Revisiting a Dangerous Obsession, Caryn James).

I also found a comment by Charles Taylor comparing the film and the novel: “[f]or all of their vaunted (and, it turns out, false) fidelity to Nabokov, Lyne and Schiff have made a pretty, gauzy Lolita that replaces the book’s cruelty and comedy with manufactured lyricism and mopey romanticism”. (“Recent Movies: Home Movies: Nymphet Mania”, Charles Taylor). Extending Taylor’s observation, Keith Phipps concludes: “Lyne doesn’t seem to get the novel, failing to incorporate any of Nabokov’s black comedy—which is to say, Lolita’s heart and soul.” (“Lolita”, Keith Phipps). I have to differ with both of them, I do feel the film represents the novel, even better than Kubrick’s version, because we are indeed seeing what Humbert wants us to see. Lolita is pictured like that, with super tight and short clothes because H. H. sees her like that. Just like in the novel, we only learn about hisfeelings, hispoint of view and hisperception about everything.

The novel is using a technique that we have to talk about (and applaud): mise en abyme, literally meaning “placed into abyss”, is the presentation of a representation in a mirror, the copy of an image within itself, the story inside a story. It is used to make the spectator think about the way something has been made. In Lolita, we have a frame that leads us to meet the protagonist through his lawyers eyes first. This we don’t have in any of the films, it jumps right to Part One of the book, and I think it was important to know that Nabokov is mocking all of us, that he is writing a satire where Humbert Humbert is just an invention and J. R. Jr., the one who “writes” the foreword is also a joke. He is not trying to teach us anything, or give a significance to the story: “Lolita has no moral in tow. For me a work of fiction exists only insofar as it affords me what I shall bluntly call aesthetic bliss, that is a sense of being somehow, somewhere, connected with other states of being where art (curiosity, tenderness, kindness, ecstasy is the norm.” (pp. 315, Lolita, Nabokov).

Lolita is also a road novel, and both of the films are consequently, road movies: film genre in which the main characters leave home on a road trip, typically altering the perspective from their everyday lives. In both the films and the novel, the characters start at one point, with a point of view, with some specific dreams, and end up somewhere else, somewhere unexpected and different: Lolita lives with her mother, a really difficult relationship, yet a good life for both, she does not know what to expect from life apart from happiness and fulfilled whims; in the end she is nowhere near that Lolita we knew when it all started. Humbert is a man with really creepy desires (needs?), thinking he will not be able to satisfy them; he ends up having Lo for himself for more than two years.

Nabokov describes the road, the places Lo and H. H. visit with such grace and musicality, that one forgets he is reading a story of abuse. There is so much of the writer in his novel: the tennis, chess games, the background of Humbert is similar to his, a nomad, relearning all about this new place: “I was faced by the task of inventing America.” (pp. 312, Lolita, Nabokov), and he did. Pages and pages of America through his eyes were printed: “I have never seen such smooth amiable roads as those that now radiated before us, across the crazy quilt of forty-eight states. (…) There might be a line of spaced trees silhouetted against the horizon, and hot still noons above a wilderness of clover, and Claude Lorrain clouds inscribed remotely into misty azure with only their cumulus part conspicuous against the neutral swoon of the background.” (pp. 152, Lolita, Nabokov). He paints motels and their runaway journey so beautifully that one may think he was born and raised there, however, he was just trying to be an American writer.

Lolita is more like a tragedy, where the artist, the poet, is also the criminal, thus, he ends up being limitless, free to do and think whatever he wants, unafraid of being judge, he does not even care about being judge. He can see through all of this, outside of human condition. “His tone, however, is not the characteristic whine of the penitent but an artful modulation of lyricism and jocularity that quickly seduces the reader into something very like willing complicity.” (Lo, the Poor Nymphet, Donald Malcom). But we must not let the novel seduce us, we must not abandon reason, better said in Nabokov’s words:“That my novel does contain various allusions to the physiological urges of a pervert is quite true. But after all we are not children, not illiterate juvenile delinquents, not English public school boys who after a night of homosexual romps have to endure the paradox of reading the Ancients in expurgated versions.” (pp. 316, Lolita, Nabokov). We can read and be participants on Humbert’s actions, and that does not mean we are agreeing nor applying it to our lives too.

“Literature is a wonderful toy” said Nabokov, and it is. It led a marvellous novel to deliver two great films too. Even though they are both so different from each other, the heart-breaking story lingers: a girl abused over and over, psychologically, sentimentally and physically by this man, the manipulation is almost palpable, for example: “I am not a criminal sexual psychopath taking indecent liberties with a child. (..) I am your dadum, Lo. Look, I’ve a learned book here about young girls. Look darling, what it says. I quote: the normal girl – normal, mark you – the normal girl is usually extremely anxious to please her father. (…) While I stand gripping the bars of various dwelling places, all more or less the same, the correctional school, the reformatory, the juvenile detention home, or one of those admirable girls’ protectories where you knit things, and sing hymns, and have rancid pancakes on Sundays. You will go there, Lolita – my Lolita, this Lolita will leave her Catullus and go there, as the wayward girl you are.” (pp. 150-151, Lolita, Nabovkov).

And we can actually see that: terrorized Lolita, in both films and novel, trying to find herself within the four walls she knows: “At the hotel we had separate rooms, but in the middle of the night she came sobbing into mine, and we made it up very gently. You see, she had absolutely nowhere else to go.” (pp. 142, Lolita, Nabokov). It doesn’t matter how flirty the kid was, we must not forget the story in all three outputs is through the stalker’s point of view. Dolly cries every night, she is not happy, she is lost, sad, and all alone.

The novel didn’t save Lolita, nor Humbert, but it ended up freeing Nabokov: after its success, he was able to focus on his writing. To pursue his passion for butterflies, making road trips, discovering new species, he said: “Every serious writer, I dare say, is aware of this or that published book of his as of a constant comforting presence. Its pilot light is steadily burning somewhere in the basement and a mere touch applied to one’s private thermostat instantly results in a quiet little explosion of familiar warmth.” (pp. 315, Lolita, Nabokov). And though he had to explain he was not H. H. and had no interest in nymphets whatsoever, I feel he was proud of his work, with its resonance and cultural meaning it has reached.

“In her washed-out gray eyes, strangely spectacled, our poor romance was for a moment reflected, pondered upon, and dismissed like a dull party.” (Lolita, Nabokov), reads the novel, still leaving the reader with a sour taste. How many girls go through similar situations? How many boys? Abused, tortured, deprived of their freedom? We should not feel sorry for Humbert. We should be aware and share that awareness about abusive relationships, they are real, and they are happening right this very moment. How are we going to make the difference?

Bibliography:

  • “Lolita” by Vladimir Nabokov. Second Vintage International Edition, June 1997.
  • “Lo, the Poor Nymphet” by Donald Malcom on The Newyorker’s 1958 issue (https://www.newyorker.com/magazine/1958/11/08/lo-the-poor-nymphet)
  • “An Interview with Stephen Schiff” by Suellen Stringer-Hye. Penn State University Libraries, 1996.
  • “Television Review: Revisiting a Dangerous Obsession”. The New York Times.
  • “Recent Movies: Home Movies: Nymphet Mania” by Charles Taylor, Salon.
  • “Lolita” by Keith Phipps, The A.V. Club (2002-03-29)

xx linette

Mi Giganta

El siguiente es un ensayo que escribí para mi clase de Literatura Femenina en la Narrativa del Siglo XX, impartida por Christel Guczka en Casa Lamm, junio 2018.


Vengo de una familia grande, teniendo mi madre cuatro hermanas y tres hermanos, crecí rodeada de primos, primas, tíos, tías y mi abuelita: la Giganta de la casa. No vivíamos con ella, pero la veíamos a diario, ya que “nos cuidaba” a mi hermana y a mí por las tardes. De niñas sí nos cuidaba, más tarde más bien nosotras a ella. Mi abuelita nos cocinaba lo que sabía que comeríamos, éramos un par de niñas consentidas que por ningún motivo aceptaban verduras, cosas con chile, ajo o cebolla que no estuviera muy bien escondidito. Jugábamos Viuda y Continental, siempre apostando no más de cinco pesos, la ayudábamos a ensartar agujas, desmenuzar el pollo, rellenar el repujado, abrir frascos, atravesar la calle, porque nadie le había enseñado que debía usar los cruces peatonales por su seguridad y a nosotras nos habían dado en la primaria clases de educación vial. Nos sentábamos con ella a ver sus novelas en el Canal de las Estrellas y a escucharla silbar cuando se paseaba por la casa con las manos en la espalda. Era feliz, era plena y disfrutaba todo lo que hacía, no se estaba quieta, y, aunque no necesitaba trabajar, porque mi mamá y tíos le pagaban todo, le gustaba hacer sus artesanías para vender, sentirse útil y capaz. Mi abuelita fue la giganta más giganta de la familia. A los de mi generación no nos tocó verla de otra forma que de ésta, pero hubo muchas cosas antes.

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Mi abuelita, Teresita, nació en Autlán, Guadalajara, en el seno de una bella casa de familia acomodada, con cuatro hermanos y una hermana. Tenían gente a su servicio, aun así, le enseñaron a pelar papas y hacer tortillas. No hablaba mucho de su niñez, salvo de un perico en casa de un tío que le gritaba “¡Tere que Tere que Tere que Tere…”, así que no sé mucho de esa etapa, pero sé que luego conoció al abuelo, Carlos, hijo de alemanes que vivían en México. Se casaron, pero no vivieron felices para siempre: la familia del abuelo no estaba de acuerdo con el matrimonio y despreciaba mucho a mi abuelita y a los primeros tres hijos que le conocieron. El abuelo tenía problemas de alcohol, así que no estuvo muy presente en la vida de mis tíos y tías. Mi abuelita también cayó en la enfermedad, sin abandonar a sus hijos, hacía como podía para darles de comer y mandarlos a la escuela. Los mayores la apoyaban vendiendo chicles, periódicos y empanadas en la calle y cuidando a los más pequeños. La mayoría estuvo interno en las escuelas donde estudiaban. En algún punto de la historia, el abuelo intentó matarse, hecho que lo llevó a ser interno en un hospital psiquiátrico, del que escapó, nunca se supo más de él. La familia paterna le dio la espalda a mi abuelita, quien tuvo que seguir adelante sola. Nunca dejó de trabajar, nunca dejó a sus hijos, lo que sí dejó fueron el alcohol y el cigarro, y de ahí todo mejoró. Es por eso que la historia con la que mejor me identifiqué, la que sentí más cercana, más real, fue La Giganta, de Patricia Laurent Kullick. Que a mí no me tocó ver así a mi abuelita, pero pude imaginarme lo que sufrió, lo que vivió.

En La Giganta tenemos a una mujer sin nombre, fuerte, imponente, maravillosa, que ha caído en el alcoholismo. Tiene diez hijos, una pareja ausente, un bajo ingreso y mucha desesperación. Se imagina métodos diferentes para matar a sus hijos, a lo largo de la novela lo intenta sólo una vez, es detenida por el segundo hijo, Efraín. La novela trata varios temas, todos difíciles y fuertes: mestizaje, la figura materna, alcoholismo, prostitución, la idea de amor romántico, la violencia que sufre en su posición no privilegiada, la cosificación.Temas que muchas veces se evaden, por lo delicados que son, pero que Laurent trató sin tapujos y, a mi parecer, con mucha honestidad.

Por otro lado, tenemos El Peso, un cuento escrito por Margaret Atwood, publicado en el 2013 en una compilación titulada Un día es un día. En el relato tenemos a otro personaje sin nombre, la narradora, quien nos cuenta entre guiños al pasado y el presente, lo que hace y por qué lo hace. Es una mujer que está consciente de su falta de privilegio, al ser mujer y no hombre: “…sabíamos que teníamos que ser el doble de buenas que los hombres para acabar siendo menos que ellos…” (M. Atwood), dice el personaje hablando de que ella y su mejor amiga Molly tenían esforzarse mucho más para sobresalir en la carrera que estudiaban, derecho, en un mundo de hombres.

Privilegio es todo aquello que coloca a una persona en una situación de poder sin que haya hecho algo al respecto, en el caso de El Peso y La Giganta, los personajes principales, así como las narradoras carecen del privilegio de haber nacido hombres. En La Giganta, la narradora, además de ser mujer, es pobre y es una niña, por lo que encontramos interseccionalidad: se da cuando se unen varias características que te hacen no estar privilegiado. Hablaremos también de resistencias: una resistencia es cuando alguien en posición no favorable, no privilegiada, utiliza los medios que están a su alcance para sobrevivir, ésta no se da entre pares.

La mujer que buscaba dinero para la casa de acogida para mujeres maltratadas (Molly’s Place), usaba sus resistencias para lograrlo, saliendo a cenar con hombres que podían contribuir a la causa. Así no había comenzado su historia, ella y Molly pretendían cambiar el mundo: “Íbamos a quebrar las normas, a eludir la trama de amiguismo de los hombres, a demostrar que las mujeres podían lograr lo que fuera. Íbamos a enfrentarnos al sistema, a conseguir mejores sentencias de divorcio, a luchar por la equiparación de los sueldos. Queríamos justicia y juego limpio. Creíamos que para eso servía la ley.” (M. Atwood), eran mujeres que tenían ideas a favor de la libertad e igualdad de género. Muy triste el final de Molly, desgarrador el presente de la narradora.

El amor romántico es un constructo social. Según la Real Academia, el amor es “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca la unión con otro ser.” (RAE)Partiendo de esa premisa, debemos asumir que necesitamos de alguien más para sentirnos completos, de ahí que el modelo de amor que conocemos y nos enseñan, fundamenta el matrimonio monogámico y las relaciones de pareja estables en las culturas modernas, principalmente en los occidentales.

El amor no es igual para hombres y mujeres, los primeros siempre tienen la posibilidad de encontrarlo, si no es con una mujer, será con otra, son los sapos que con un solo beso se convierten en príncipes, la bestia de la que se enamora la princesa en poco tiempo, no importa qué, para el hombre no es difícil ser el que las mujeres esperan y desean. Las mujeres, por otra parte, tienen como meta en la vida, encontrar el amor en un solo hombre, deben ser bellas y perfectas para poder conquistarlo y mantenerlo, compiten con todas las demás y están dispuestas a cambiar por ser la que él escoja. Las mujeres están educadas para creer que el amor es incondicional.

En ambos textos encontramos retratadas estas ideas sobre el amor romántico, en El Peso, dice la narradora: “Una vez al mes me despierto por la noche empapada de terror. Tengo miedo, no porque haya alguien en la habitación, en la oscuridad, en la cama, sino porque no hay nadie. Me da miedo el vacío, que yace a mi lado como un cadáver.” (M. Atwood), a pesar de su posición de rechazo hacia los hombres, sigue sintiendo que tener una pareja es necesaria para sentirse completa, sigue teniendo miedo de estar sola. En La Giganta, sufre porque no tiene quién la ame, digo, tiene diez hijos, pero no tiene quién la ame como mujer, no como madre, se siente triste, vacía y decepcionada por la ausencia de Etienne, el padre de sus hijos, y es triste leer esta línea que resume tan bien su sentir: “…sabes, Giganta, que al final, nadie te ha querido más que tu imaginación.” (Laurent Kullick). No creo que La Giganta encontrara al amor de su vida al final de ésta, espero que no sufriera más por ello, que se enfocara en lo importante y dejara de esperar que alguien la quisiera tan específicamente como ella esperaba. Al final de la vida de mi abuelita, no necesitó de ninguna pareja, creo que tenía las manos (y el corazón) bastante llenos con todos sus hijos, sobrinos y nietos, y eso bastaba.

En la realidad en la que vivimos, en la que la mujer no es privilegiada solamente por su sexo, encontramos formas de poder, en el caso de ambos textos es un patriarcado: el sistema de poder manejado por hombres, donde el discurso, acciones y costumbres, dan ventaja al hombre. El poder es tradicional o moderno dependiendo de quién lo ejerce y quién lo recibe: el poder tradicional es de manera vertical, el poder moderno se ejerce entre pares, línea horizontal, casi siempre entre los no favorecidos. Aunque el feminismo ha reacomodado la sociedad hegemónica, en los textos que estamos tratando, y en la realidad, el poder sigue siendo vertical.

Donde hay poder, usualmente, hay violencia: una forma de abuso de poder, generalmente ejercida por la gente privilegiada sobre la que no lo es, con la intención de someter o dominar. La violencia es cualquier comportamiento (palabra, acto u omisión) que pretende ocasionar daño o lastimar, y buscar someter o no respetar los derechos del otro. Existen muchos tipos de violencia: física, psicológica o emocional, económica, patrimonial, sexual, contra los derechos sexuales y reproductivos. La cosificación también es violencia, ya que se convierte al cuerpo en objeto quitándole el ser, se deshumaniza, esto lo vemos claramente en la falta de nombre para los personajes femeninos más importantes del cuento y la novela, ni La Giganta, ni la narradora tienen nombre.

En el patriarcado en el que vivimos, tenemos también tipos de violencia específicos en contra de los no privilegiados, como los feminicidios, que es la violencia que se aplica contra las mujeres, únicamente por la razón de ser mujeres. Esto no lo vemos en La Giganta, pero El Peso se trata principalmente de la violencia que se ejerce contra el género y cómo intentan contrarrestarlo. Molly, la mejor amiga de la narradora fue asesinada a manos de su pareja: “<<Víctima>>, dijeron en los periódicos. Molly no fue ninguna víctima. No estaba indefensa, ni tampoco desesperada. Estaba llena de esperanza. Fue la esperanza lo que la mató.” (M. Atwood)¡Pobre Molly! Encima de todo, confiaba en su pareja y en que las cosas irían mejor entre ellos, podemos volver aquí a la idea que tiene la mujer sobre el amor romántico: incondicional e infinito.

Aprendimos en el curso a identificar las muchas formas de violencia de género con las que convivimos a diario, y que existen en diferentes niveles, desde el feminicidio hasta el machismo. De acuerdo con Google, ya que la RAE no tiene definición, el machismo es una actitud o manera de pensar de quien sostiene que el hombre es por naturaleza superior a la mujer. Existen diferentes tipos de machismo: principalmente, los mircromachismos y los neomachismos. Los primeros son violencias de género culturales invisibilizadas y cotidianizadas que sirven para someter y controlar. Tanto así, que nos parecen normales y no las sentimos como violencia. Desde decir “haces algo como niña”, hasta las tareas y los roles en casa: esperar que el hombre barra, lave los trastes o cuide de los niños no es un rol común  y solemos verlo como algo anormal.

Los neomachismos son los que usan el discurso de género, aparentemente abogando por las mujeres, teniendo actitudes machistas, pero disfrazadas. Dentro del neomachismo entra el gaslighting, que es probablemente lo que hacía Curtis a Molly: manipular, descalificar y confundir a la víctima, al grado que ésta cree que es ella quien está en el error y no el abusador, de esta forma ella no lo abandonó y se quedó con él, literal, hasta la muerte.

Me parece, que nos queda mucho camino que recorrer de aquí a que alcancemos la igualdad de género. Empezamos el curso con la pregunta: ¿qué es una mujer? Mi respuesta fue y sigue siendo que una mujer es un ser humano, tan simple como eso, porque todos somos diferentes, sin importar nuestro sexo, nuestro género, nuestras creencias ni preferencias. Creo que no deberíamos etiquetarnos de ninguna forma, ya que estamos en constante cambio, descubrimiento y aprendizaje, nuestro y del mundo. No somos niños, mujeres, pansexuales o cristianos, somos seres humanos que podemos cambiar de opinión, probar cosas y quedarnos con las que mejor nos acomoden. Me gustó mucho lo que dijo Margaret Atwood en la carta que escribió dirigida a la Universidad de la Columbia Británica: “Mi posición fundamental es que las mujeres son seres humanos, con toda la gama de comportamientos santos y demoníacos que esto conlleva, incluidos los criminales. No son ángeles, incapaces de hacer maldades. Si lo fueran, no necesitaríamos un sistema legal.” (M. Atwood), porque justo esto somos: cometemos errores, como La Giganta, a quien se le cuestiona su forma de ser, su maternidad, a lo largo de la novela; como en El Peso, que el personaje sabe que quizá la forma de conseguir lo que necesita no es la mejor, pero le funciona, como en tantas otras novelas y filmes que leímos y vimos en el curso, donde las mujeres no son perfectas, se descubren a ellas mismas, mienten, lloran, sufren, son reales.

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El final de La Giganta es desgarrador, un intento más de suicidio por su parte, y donde uno cree entonces que ella ya no volverá: “Otra vez no lo lograste, Giganta. No fue suficiente la dosis.” (Laurent Kullick). Más tarde, La Giganta regresa, triunfante, para permanecer, para estar presente: “Entonces, mi corazón hace muchas cabriolas que lo sacan fuera de su ritmo: escucho tu voz que viene de afuera. Me pides ayuda porque vienes con las bolsas cargadas de alimentos. Yo corro, Giganta, a recibirte en la acera mientras tú esbozas para mí, la más amada de las sonrisas.” (Laurent Kullick). Eso es lo que me quedo del curso: quizá la travesía es difícil, quizá tome muchos años lograr el cambio: que seamos todos iguales, que luchemos por las mismas causas, que entendamos que no somos perfectos, que, justo por eso, nos respetemos unos a otros… pero llega, eventualmente, como La Giganta, con una sonrisa y dispuesto a quedarse.

xx linette

Bibliografía:

Atwood, Margaet. “¿Soy una mala feminista?” The Globe and Mail 2016.

Atwood, Margaret. “El Peso.” Atwood, Margaret. Un día es un día. México: Random House Mondadori, S. A., 2013.

Laurent Kullick, Patricia. La Giganta. Ed. S.A. de C.V. Tusquests Editores México. Primera edición en Andanzas. CDMX, 2015.

RAE. Real Academia Española. n.d. <http://www.rae.es&gt;.